Recuperar al menos una razón | Ecos del Balón

Recuperar al menos una razón


La fuerza colectiva del Fútbol Club Barcelona ha recaído esta temporada en dos factores, los cuáles convivieron durante un tramo concreto de temporada para hacer despegar a un equipo que nacía tras la marcha de Neymar, en un escenario táctico y anímico realmente complicado de dominar. Fue Ernesto Valverde el principal nombre que puso sobre la mesa las virtudes que han marcado y dado forma a su trayectoria y a su estilo para hacer del Barça un equipo que basara su día a día en los factores apuntados: juntar una presión intensa en campo contrario con un rigor posicional con balón que le permitiera transitar defensivamente sin que la altura del mediocentro quedara desguarnecida.

El rigor posicional, con más hombres por detrás de balón, clave

En ese equilibrio entre dos ideas aparentemente contrarias, o cuanto menos contradictorias, se formó un equipo muy sólido, preparadísimo para competir y ganar en los 19 campos de Primera, que tuvo algunos conflictos con la posición de Suárez y otras alegrías por el rol de Paulinho, pero sobre todo, porque el Barça transmitía la sensación de que había encontrado acomodo compartido entre individualidades e ideas. El rendimiento de Ter Stegen, Piqué, Umtiti, Rakitic, Alba y Messi, la columna vertebral, rozó el sobresaliente en los mejores meses del colectivo. En ese camino, además, Valverde respondió con firmeza a la pregunta “¿cómo de buena es una plantilla?”. De la duda nacida entre la calidad y profundidad de la misma y el trabajo realizado para activarla, darle sentido y hacerla larga, el ‘Txingurri’ se había hecho responsable de todo el potencial de sus hombres.

De ahí surge un dato tan revelador como demoledor, que habla del Barcelona como un equipo que soluciona problemas en la segunda mitad con una facilidad inusitada y desconocida. El Barça sumaba muchísimos puntos en las segundas partes, tras realizar cambios. Tal y como recoge ‘Fútbol Avanzado’, los azulgrana sumaban +/- 3.5 goles por cada 90 minutos después de cada cambio realizado en marcadores empatados o con un solo gol de diferencia. Una nueva circunstancia que, unida a los párrafos anteriores, resumía lo fundamental: Valverde había conseguido una rutina en el que el Barça se mirara a sí mismo para sacarse todo el jugo. Dejó de recordar lo perdido, de preguntarse sobre sus carencias y miraba al campo para llegar a febrero ensamblado y despegado.

El Barça echó en falta un punto de locura y desborde en ataque

En ese camino, no obstante, el Barça tuvo que mirarse a sí mismo de otra manera, necesitando algunas herramientas relacionadas con el desborde y la profundidad que evidenciaron que lo anteriormente construído necesitaba de más escalones para dicha ascensión. La presión había perdido eficacia y relevancia, y el rigor posicional seguía teniendo el mismo valor, también la contraprestación de no encontrar versos sueltos que implicaron un cambio de dibujo y sistema. El mes posterior al de las eliminatorias de Copa fue especialmente significativo.

Lo que vino después escapaba de la normalidad y explicación táctica, pues lo de Roma no se esperaba por más que en la ida y en las semanas adyacentes el problema estaba latente. En busca del invicto tras una final de Copa digna de la altura e inspiración de sus gigantes individualidades, recibe al Real Madrid con la necesidad de activar, al menos, una de las tres razones más convincentes del primer año de Valverde: la presión incesante, el rigor y lo compacto de sus líneas y la capacidad competitiva para de sus mejores hombres para constar en días señalados.

 
 

Foto: Stuart Franklin


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