Mohamed Salah, Sadio Mané y Roberto Firmino han sembrado el pánico en toda Europa. El tridente del Liverpool, que pugnará con el Real Madrid por hacerse con la Champions League, es responsable de vapulear a varios rivales de distinta enjundia durante su camino hacia Kiev; además de ser el segundo equipo que más tantos ha realizado (84) en la presente Premier. Los dos extremos y el delantero, avezados del juego con espacios, comandan, a día de hoy, el contragolpe más atroz del viejo continente: son rápidos, seguros y muy determinantes. A lo que hay que añadir que, en los últimos meses alguno ha desarrollado un crecimiento paralelo con otro tipo de costumbres, como es el caso del egipcio; que en absoluto guarda parecido alguno con el futbolista que en 2016 se midió con la Roma al equipo blanco. Es tal el grado de intimidación que provoca la línea ofensiva de este Liverpool que hasta el mismísimo Madrid de Ramos, Varane y Casemiro deberá hilar muy fino si quiere salir indemne ante el azote ‘red’.
Así las cosas, será responsabilidad de Zinedine Zidane y Jürgen Klopp garantizar, para con sus intereses, que el duelo entre el triángulo de uno y el tridente del otro midan sus fuerzas donde más le complace a cada equipo. Velocidad, anticipación, lectura y precisión serán, sin duda, los ingredientes de una coctelera que genera expectativas de todo tipo de cara a la gran final. Y no solo en la forma con la que uno y otro traten de superarse individualmente, sino también por la manera en la que los dos sectores se relacionen con su entorno para conseguir el objetivo. En este sentido, el esperadísimo duelo entre Ramos y Salah es extrapolable a otro aspecto que, en cierta medida, se responsabilizará del destino que adopte la Copa de Europa: la aptitud que el Madrid muestre en su transición ataque-defensa para lidiar con el conjunto que mejor rédito ha sacado del camino exactamente inverso: al contragolpe.
El contraataque del Liverpool ya hizo mucho daño a City y Roma; dos contextos muy diferentes
El Liverpool de Jürgen Klopp ha llegado a esta final tras avasallar por el camino a Manchester City y Roma a golpe de corneta. En Anfield, ante los de Pep Guardiola, se bastó de 19 minutos a pleno pulmón para firmar, en un abrir y cerrar de ojos, un tres a cero contra el que no hubo oposición alguna; y ante Di Francesco, justo después, el marcador contabilizó un cinco a cero en solo 33 minutos. Esa, como demostró en cuartos y semifinales, así como durante toda la temporada, es la naturaleza de este equipo. Cuando entra en su arrebato, hay muy poquitos equipos –y menos fórmulas aun- de hacer frente a la agresividad de este Liverpool. Ya que, en muy pocos toques, es capaz de atravesar todo el campo de un lado a otro, y aun así conservar la frescura y lucidez necesarias para, a pesar del enorme esfuerzo, no fallar delante del portero. Por esa razón la adaptación y el entendimiento que han venido mostrando sus tres delanteros son los mejores garantes de que la propuesta haya sido un éxito hasta este momento.
El desconcierto que genera esta salida en tromba para todos sus rivales es, visto de otra forma, directamente proporcional a la lectura e interpretación de sus actores principales. La sociedad entre Salah, Mané y Firmino funciona como una sola. Hasta el punto que, a lo largo de todo el curso, ha sido algo muy común el hecho de que los tres delanteros se hayan intercambiado en numerosas ocasiones tiempo, roles y espacios. Esto viene a decir que el Liverpool no siempre cumple con un mismo patrón a la hora de lanzar la transición, sino más bien todo lo contrario. El reparto, con independencia de quién y dónde reciba, es coherente en cualquier caso. Nunca, bajo ningún concepto, egipcio, brasileño y senegalés han llegado a pisarse entre ellos; cuestión que detalla lo bien construido que está el equipo desde la pizarra y lo bien interiorizados que tiene sus movimientos. Porque, dicho de otra forma, en este Liverpool no siempre lanza(n) y recogen los mismos. La cosa está en que todos, a toda velocidad, tienen la suficiente agudeza para ver, entender y ejecutar qué pide cada acción cuando pueden salir corriendo.
El Liverpool es el equipo de la Champions que más goles lleva anotados hasta este momento (40)
Los datos son de lo más sintomáticos: el Liverpool es, a estas alturas, el 11º equipo que más tiempo ha tenido el balón en esta Champions (51,91%), tan solo unas décimas por encima del Atlético de Madrid y por debajo, en cambio, de otros como el Sevilla (4º), Benfica (6º) o United (7º); pero por otro lado reina, con una diferencia de hasta diez goles con su perseguidor más cercano (Real Madrid), el registro de tantos (40). Sin embargo, hay dos guarismos más que definen a este Liverpool: lidera, y con mucha distancia con respecto al resto, el hecho de ser el conjunto que más pases erráticos ha acumulado en campo rival (964; 220 más que la Roma, segunda en esta clasificación). Y es el cuarto (237) que más falla en su propia mitad. Unos números que, correctamente contextualizados, podrían arrojar ciertas pistas acerca del dibujo, la cota y las piezas –así como la actitud de estas- que escoja Zinedine Zidane.
A pesar de lo mucho y muy bien que se mueve y ofrece Jordan Henderson, al Liverpool, dentro de la Premier, le ha costado mucho sacar el balón limpiamente desde atrás. Su posesión, en el momento que esta debe partir desde más abajo, no cuenta con los automatismos ni la calidad (individual) suficiente como para dominar desde el pase. Y muy poco probable parece que lo logre ante un Madrid que, presumiblemente, reunirá sobre la zona a Casemiro, Kroos y Modric. Lo suyo, a tenor de lo que ha venido enseñando a lo largo de todo el curso, es presionar arriba y hacia delante –un contexto que, este sí, potencia el ímpetu de Henderson y del tridente-, para recuperar lo más alto posible; y castigar en ese instante en el que el rival y el escenario, como sucede en todos los encuentros, habiliten esos espacios.
El Liverpool exige un desgaste físico y mental muy superiores a los de la media; ya que castiga como pocos el error ajeno. Y, en base a ello, Mohamed Salah no guardan parecido con el de hace dos años. El extremo egipcio, con Firmino y Mané a su misma altura dentro del sistema 4-3-3, ha visto cómo, pudiéndose acercar –en sintonía con sus otros dos compañeros- unos metros más cerca del pico del área, ha ganado un tiempo y un espacio que ahora, con más energía en sus piernas que cuando estaba en Roma, le ha permitido mejorar en otros aspectos como el regate y la finalización en los últimos metros. Porque, en resumen, este Liverpool no solo corre muy bien hacia el ataque, sino que Firmino, moviéndose lejos del área rival, es lo más parecido a un centrocampista que juega como delantero; Mané, que arranca desde fuera, le ha cogido gusto a eso de cruzarse hacia dentro; y Salah, a diferencia de su paso por la capital italiana, no solo galopa, también controla, respira, levanta la cabeza y después, en función de donde reciba, decide si echa a correr, pasar o entrar al área regateando. Esa, sintetizando, es la verdadera amenaza de este Liverpool: todo el mundo conoce a Salah, Firmino y Mané pero nadie, salvo ellos mismos, sabe dónde localizarlos. Y, sin ello, no hay una fórmula que pruebe cómo detenerlos.


AlanAlberdi 18 mayo, 2018
Esta vez sí que parece imprescindible Casemiro para frenar contraataques. ¿O ven alguna chance de que no sea 4-3-Isco-2?