Ousmane Dembélé es un futbolista especial. A sus 20 años recién cumplidos, se trata de uno de esos jóvenes talentos que acaparan miradas, generan murmullos y giran estados de ánimo cuando entran en contacto con el balón. Es un torbellino sobre el verde; el chico quiere ayudar siempre, cree que puede hacerlo y transmite con su juego lo que siente. Mira, piensa y actúa como aquellos que persiguen ser el mejor. Quizá algún día alcance cotas cercanas, pero no es algo que esté escrito. Al revés que Neymar, no es una apuesta segura, pues aparte de la experiencia, carece de otros recursos importantes para ser con firmeza lo que la Champions exige a sus cracks en el presente. Así que paso a paso. Un gran inicio para Ousmane sería, por ejemplo, consolidarse como un valor que, desde un rol secundario, facilitase al FC Barcelona el construir un sistema ganador. Pocos chicos de su edad están en facultad de ello. Él, sí.
La marcha de Neymar JR fue un golpe durísimo. Sin embargo, dentro de lo malo, ofrecía a la dirección deportiva azulgrana un margen de maniobra que se perdió cuando llegaron el brasileño y Suárez. Con la MSN en liza, practicar el juego posicional típico de Can Barça era imposible o poco recomendable; sin la MSN, había que tomar una decisión entre recuperar el modelo de Cruyff o mantener el formato del tridente. La primera pista que se obtendría sobre la elección estribaría en el mercado de fichajes, y una vez concretado uno de los relevantes, el de la prometedora gacela de Francia, se invita a deducir que se ha optado por la segunda opción, la del tridente, que es la que se ajusta bastante más a las bondades de la nueva incorporación. No obstante, para cubrir todas las variantes, se empezará analizando qué se podría esperar de Dembélé si, aun así, el deseo de Ernesto Valverde pasara por volver a lo abandonado.
Ousmane Dembélé es nervioso con y sin balón; sus desmarques no son típicos del juego de posición.
En un juego de posición propio de la escuela del Barça, el extremo cumple un obediente rol táctico cuya base primaria consiste en renunciar al anhelo de acercarse el balón, asumir que sin él se puede ayudar al equipo y esperar pacientemente a recibirlo -o a trazar el desmarque diagonal- en una posición abierta y muy adelantada. En síntesis, el extremo es la chincheta que marca la altura y la anchura del sistema. Esto es parte de lo que instó a Luis Enrique a abolir estos principios cuando le tocó entrenar a Neymar; pues remitirse a ellos implicaba una reducción artificial del futbolista que le condenaría a la desilusión y a su consecuente pérdida de nivel. Y en el caso de Dembélé, la situación es idéntica. Ousmane, por no ser, ni siquiera es un extremo, sino un segundo punta que requiere de absoluta libertad de movimientos y que influye sobre los partidos desde el desorden que provoca recibiendo el balón en los lugares más inesperados. Recuerda al Demonio de Tasmania, en parte, por el caos posicional que representa. Para su rival… y para su propio equipo. El Dembélé más diferencial es aquel al que ni los suyos ni los otros saben dónde esperar. Pocos atacantes hallarían más problemas que él para asimilar la paciencia táctica que exige el modelo tradicional de los azulgranas. Sobre todo, porque el sacrificio no sería privarse de un capricho, sino renunciar a su mejor nivel. Él, en un juego de posición puro, tendría mucho más difícil desarrollar su potencial. Como Ney, sentiría que no estaría dando lo que lleva dentro. Se desencantaría.
Pese a que sólo colase seis goles en su primera Bundesliga, se le percibe un potencial goleador notable.
Dicho lo cual, ahora mismo no podría estar más encantado. Acaba de cumplir el sueño de su vida y se adaptará a aquello que se le demande con la más amplia de las sonrisas. Así pues, veamos qué podría ofrecer circunscribiéndose a ese hipotético papel táctico.
En un juego de posición construido en torno a Messi, a un extremo se le mide en dos situaciones: en el desmarque diagonal a la espalda de la zaga y recibiendo abierto para generar desde el uno contra uno. Para lo primero, a Ousmane se le advierte capacidad. Es cierto que en el Borussia Dortmund la mayoría de sus desmarques fueron de apoyo y se localizaron entre líneas, pero tiene instinto para hacer daño y una velocidad impresionante de cara a atacar los espacios. En principio, debería aprender a quedarse solo delante del portero tras un pase de Messi. Una vez se halle encarando al guardameta, se está ante un definidor irregular pero con cierto potencial. Por descontado, carece de la finura y la frialdad de Ney, pero se le intuyen recursos suficientes como para no extraer grandes conclusiones de que apenas haya marcado seis dianas en su primer curso en la Bundesliga. Porque además, la grandeza la posee: su precipitación no nace en el miedo, sino en que es un niño precipitado, sin más. Y eso lo cura el tiempo. Dembélé, si nada se tuerce, superará con regularidad la barrera de la docena de goles antes o después.
Su eficacia superando rivales depende de si va en carrera y del espacio que haya tras su defensor.
Más delicado resulta indagar en qué sumará cuando controle abierto y encare a su defensor. Aunque sus estadísticas revelan una naturaleza eminentemente regateadora en él, donde Dembélé sobresale no es en el regate, sino en el desborde. Provisto de una aceleración, una rapidez y una elasticidad sólo comparables a las de Neymar, y aderezando dichos dones con una condición total de ambidiestro que duplica la salidas de sus conducciones, el francés se muestra casi imparable cuando arranca con espacios y eliminar rivales es un ejercicio de mera velocidad: se echa la pelota larga y llega a por ella antes que ninguno. Por eso es tan dado a los eslalons, donde ya se erige como una referencia mundial, y por eso gusta de retrasarse a recibir la pelota cuanto más abajo mejor. Su eficacia aumenta a medida que las defensas rivales cubren una mayor distancia vertical y cada zaguero que sale a por él tiene a su espalda o a su costado un hueco vacío donde Dembélé pueda echarse el balón largo para, luego, girar su sprint hacia esa nueva dirección. Neymar a un lado, hoy, nadie desborda como él en la élite europea.
Pero el regate en espacios reducidos es otra cuestión. El control que tiene Dembélé sobre el esférico es un tanto irregular. En las jugadas en el pico o dentro del área -que es donde se marca la diferencia-, él no lleva la pelota cosida al pie como, no digamos un Messi o un Neymar, sino un Hazard, un Mbappé, un Douglas Costa o un Di María. Sus toques son más largos y, por tanto, su conducción menos dúctil allá donde los huecos se reducen porque detrás o al lado de un defensor hay otro cerquita esperando para saltar a la ayuda. En clave Barça, cargar el juego sobre Messi para luego cambiar de lado y propiciar una jugada personal de Neymar suponía un recurso ultra ganador que abrió innumerables latas, pero Ousmane no va a darle continuidad a esto. Y menos, en los encuentros más estudiados, donde se ajuste más sobre él. Las acciones decisivas de Ousmane se producen cuando, a esa altura, ya llega en vuelo para sortear a un lateral que le espere. Recibiendo en seco y tratando de penetrar en el área, ni siquiera ante puntos débiles individuales tan marcados como el ex-madridista Danilo supo significar un filón. No obstante, esta irregularidad/imprecisión puede deberse, parcialmente, al vértigo que hasta ahora ha aplicado a su fútbol. Quizá, en un ataque más aposentado, se muestre más dueño de sus intenciones, y más técnico, y aumente su eficacia en esta situación tan importante para el juego del FC Barcelona. Pero no hay que descartar que, en este ámbito, le suceda algo parecido -aunque no tan acentuado- a lo sufrido por Alexis Sánchez en su día, que pasó de ser el driblador más prolífico de la Serie A a un regateador guadianesco una vez se vistió de azulgrana. En cualquier caso, ante defensas cerradas, en un rol posicional, Ousmane no se va a esconder y va a encontrar la forma de aportar. Su suma más fiable radicaría en recibir muy, muy abierto -en pos de obtener más espacio-, ganar línea de fondo y centrar a los rematadores, cosa que hace muy bien. Justo el centro al área es uno de los gestos técnicos que le convierten ya, con 20 añitos, en un asistente TOP (repartió seis en la última Champions).
En su única temporada en el Borussia Dortmund, el chico promedió un modestísimo 67% en el pase.
Para cerrar el apartado de su contribución a un juego de posición, falta la incoherencia más peligrosa: Ousmane es el Demonio de Tasmania por lo que hace sin balón, pero también por lo que hace con él. Estamos ante un futbolista que viene de promediar un 67% de acierto en el pase en la Bundesliga (o sea, falló uno de cada tres), y que es proclive a la pérdida del balón en sus jugadas individuales. Más allá de que técnicamente no sea -ni vaya a ser- alguien supremo, el dato no obedece a sus limitaciones en este sentido, que ni mucho menos son para tanto, sino al ritmo que imprime a su fútbol y lo equívoco que resulta tomando decisiones. En este caso, se dio una circunstancia durante su periplo bajo la tutela de Thomas Tuchel que merece mención: cuando él jugó de extremo, el equipo presionó peor. ¿Razón? Que bajaba a recibir, empezaba sus conducciones y, cuando llegaba arriba, estaban él y Aubameyang solos. Separaba al grupo. En pos de mejorar la presión colectiva, lo que hubo de hacer el gran técnico alemán fue fijarle como mediapunta y ordenar salidas hacia fuera, para retardar sus apariciones y dar más tiempo al sistema para instalarse arriba y poder presionar tras la pérdida del balón. Ahí, se erige incluso como un factor defensivo, ya que aprovecha sus descomunales atributos físicos y su fascinante hambre de gloria futbolística para vaciarse en la recuperación tanto presionando como replegando. Es el típico delantero que puede convertir un 4-3-3 ofensivo en un 4-4-2 defensivo con total sostenibilidad.
Su potencial como asistente es colosal, en parte, debido a su gran y variable ejecución del último pase.
Pero como se habrá inferido durante la lectura del texto, donde Ousmane Dembélé desata el pico de su potencial superando sus limitaciones y enfatizando sus virtudes es en los partidos más abiertos o con mayor índice de ida y vuelta. Si se revisa, todo lo expuesto refuerza la idea: sus incesantes desmarques hacia cualquier parte del ancho del campo facilitan el contacto con él, su casi inigualable eslalon le hace prácticamente invencible para los defensas adversarios en el campo abierto y la frecuencia y la espectacularidad de sus acciones le vuelven el protagonista de la película con el impacto emocional que ello infringe sobre el encuentro, y se descubren añadidos en él que en una primera instancia no deberían pertenecerle, como su fantástica visión y precisión para meter pases a la espalda de la defensa. De larga o media distancia, con la izquierda o con la derecha, por arriba o por abajo, tras conducción o al primer toque; la capacidad de Ousmane Dembélé para colar el último pase y dejar a un compañero en mano a mano contra el portero es más que notable y un auténtico valor competitivo. En Dortmund, hizo de oro a Aubameyang. En Barcelona, si Luis Suárez conserva su velocidad y Valverde da pie a este tipo de fútbol, no le andará a la zaga. Aunque se entiende que, en este punto del análisis, lo que ya vaya interesando al lector gire en torno al posible vínculo del crío con el que corta el bacalao aquí, Leo Messi.
La sociedad entre Dembélé y Messi se presume similar a la que tejieron en sus momentos más dulces el propio Leo y Ángel Di María en la selección argentina del Pachorra Sabella. La principal suma del extremo a la gran estrella residía en que, gracias a su capacidad para trasladar el balón, reducía los metros de influencia de Messi y le permitía atacar desde zonas más adelantadas y desventajosas. En ese aspecto, en el caso de que Valverde diera libertad total a Dembélé por no sujetarlo en un sistema de juego de posición, Ousmane podría ser un heredero muy fiable de las tareas creativas y de salida de balón que protagonizó Neymar durante el despegue del equipo del año pasado, cuando Luis Enrique, tras el 4-0 de París, formó un 3-4-3 y el Barça recuperó el optimismo. El hecho de que fuera Neymar, y no Messi, quien ayudara a maquillar las disfuncionalidad del centro del campo, habilitó la posibilidad de que el argentino se desligase de dicha carga, que el juego basculase hacia la izquierda y la pelota le llegara luego a la derecha con más espacio para resolver. Por supuesto, Ousmane carece de la magia y versatilidad de Neymar, así que cuanto más vertiginoso resulte el encuentro, más espacios encontrará y con mayor eficacia resolverá su misión, pero en general, el francés sería muy capaz de desempeñar esta labor en el que sería el modelo de la MSD. Eso, sobre todo, si Dembélé ocupase la banda izquierda -que es la menos buena para él aunque no le vaya mal-. En caso de que Valverde opte por un 4-2-3-1 con Dembélé en la diestra y Messi de mediapunta o por un 4-3-3 con Suárez en la izquierda, Messi de «falso 9″ y el propio Ousmane en la derecha, Leo le pillaría más cerca y estaría más demandado en lo asociativo que en la traslación de la pelota. En este contexto, perdería. Donde no va a perder nunca es interpretando que, en el Barça, cuando se gana la línea de fondo, no hay que centrar, sino aguantar, atraer a la defensa y dar el pase de la muerte a Messi, que espera en la frontal. Esto es algo que, por seguir con el ejemplo, Di María nunca asimiló y que Ousmane descifra bien desde su etapa en Rennes.
Ousmane Dembélé será una inyección de hambre e ilusión en un vestuario que necesitaba un plus ahí.
El FC Barcelona atraviesa por una crisis de autoestima y ha contratado a uno de esos jóvenes no van a conformarse con nada que no sea comerse el mundo. Ousmane Dembélé es una fuerza de la naturaleza en lo tangible y lo intangible; un chico con un potencial importante que tiene muy claro en qué consiste este deporte: en ayudar a su equipo a ganar partidos. Las posibilidades están latentes y la ilusión del Camp Nou, justificada. Pero con cautela. Ante el paladar de un público que recibió de regalo a Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo y Neymar JR en aquellos momentos en los que precisaba de un cambio de pulso como el de ahora, el atacante francés no va a representar una gran sorpresa. Quiere serlo y se siente como tal, pero no es una promesa de esa dimensión aunque haya aterrizado con honores parecidos. El folclore que ha rodeado y rodeará a su fichaje (coste, antecesor, homónimo en el rival, urgencias) tampoco le ayudará en absoluto; hay demasiadas guerras a punto de estallar en su horizonte en las que tendría muy, muy complicado salir como vencedor. Pero a su talento y a su hambre anexionará algunas otras ventajas que colaborarán con él para que triunfe ante este reto. Ernesto Valverde va a confiarle la profundidad del sistema y trabajará a consciencia sobre él para perfeccionar su repertorio, porque lo necesita. Y aunque esa ecuación que dicta que el equipo lo requiere ya pero que él precisaría de tiempo sea tan enrevesada, el vasco tiene mano para esto. Aparte, como cada jugador del Barça, gozará del paraguas protector de Messi, que es a quien apuntará cada foco tanto en la victoria como en la derrota. El demonio de Tasmania iniciará allá donde siempre quiso el capítulo tres de su carrera. Cuente con los que cuente, este será el más complejo. La Champions League y la liga española se lo van a pasar bien.
Foto: Dean Mouhtaropoulos/Bongarts/Getty Images


roumagg 29 agosto, 2017
¿Homónimo en el rival? ¿Te refieres a Asensio o sabes algo sobre Mbappé que cambiaría todo el plantemiento del mercado? 😉
Magnífico análisis, por cierto, como todos los que publicáis sobre fichajes para Madrid y Barça. Muy completo.
En un principio, me pareció el de mayor potencial de los dos franceses de 2017. Ahora dudo más, pero sigo viéndole más condiciones para hacer la jugada decisiva de más formas diferentes, a pesar de que esté a años luz en cuanto a lectura en este momento.