Leonardo Jardim ha construido uno de esos equipos que se cimientan sobre las mismas bases que sostuvieron al FC Porto de Villas Boas o el Borussia Dortmund de Jürgen Klopp; ese perfil de proyecto que enamora al continente por la frescura de su estilo y por contener una ristra de jóvenes futbolistas que, se sabe de antemano, en cuestión de unos años se dispersarán por los mejores clubes del mundo. Este tipo de aventuras duran poco justamente por eso, porque, en este caso el AS Monaco, no podrá mantener en sus filas a Fabinho, Silva, Lemar o Mbappe el tiempo que desearía, así que las oportunidades de hacer historia se reducen a una o, a lo sumo, dos temporadas. Y los del Principado han llegado a su hora.
La importancia de los movimientos de Mbappe fue acentuada.
El intento de remontada contra el Manchester City se labró desde un planteamiento de tres escalas que se construyó de arriba a abajo -desafiando los tópicos más viejos y, a su vez, asentados del fútbol-. La punta de lanza, el rapidísimo Kylian Mbappe, logró a partir de sus ultra agresivos desmarques intimidar a la zaga de Guardiola y hacer que esta y el portero Caballero se miraran a los ojos con más frecuencia de la cuenta. Dicho de otro modo, él solo se bastaba para girarla y hacerle perder la referencia del balón, con el desorden que ello crea en un sistema defensivo. La profundidad de Mendy, un hombre que discute a Jordi Alba el galardón de lateral más rápido de la Tierra, ayudaba en el menester. Pero la clave era Mbappe, y no es normal que un delantero de 18 años adquiera tal peso en el ataque de su equipo sin ni siquiera la necesidad de tocar el balón. A Mbappe le faltan bondades propias de los fenómenos más imberbes, sobre todo en lo vinculado al control del esférico, pero atesora virtudes propias de las estrellas más maduras: sabe cuánto intimida y cómo moverse para que dicha intimidación influya a favor de su equipo durante los 90 minutos de un encuentro.
Bernardo Silva controló los ritmos del 1er tiempo a voluntad.
Con el dominio territorial garantizado, aparecieron en el terreno los mediapuntas de Jardim, Silva y Lemar. Todo equipo de salvaje juventud necesita jugadores cuyo valor estético le dote de grandeza visual; dígase que, a falta del empaque que la historia otorga, se requiere que el lenguaje corporal de alguno de los suyos le relacione con algo que no esté al alcance de cualquiera. Thomas, un virtuoso, y Bernardo, que se muestra al continente como la evolución natural de su ayer oponente David, representan ese estigma. Además, el portugués derrocha lectura para determinar qué ritmo le interesa en cada instante y habilidad para instalarlo. Si Mbappe había implicado el dominio territorial, Bernardo Silva acaparó el de los tempos.
En tal contexto, lo único que precisaba Jardim para apoderarse del absoluto control futbolístico era una respuesta positiva de sus centrales y su doble pivote, y lo de los primeros en las coberturas a Sidibe y Mendy y lo de, en especial, Fabinho sujetando los excesos de Bakayoko superaron hasta lo demandado. Fabinho es ese rostro que se confunde con el de los grandes mediocentros que arman los esquemas de los campeones de la Champions. Quizá, la pieza más preparada de cuantas forman el Monaco de cara a competir ya y ahora. Es uno de los mejores de Europa en la posición que ocupa.
De Bruyne de segundo pivote disparó el ataque inglés tras el 45.
Pero no se estaba jugando un envite de Liga, donde la superioridad colectiva del Monaco, demostrada a lo largo de la mayor parte de la eliminatoria, habría puesto al City las cosas del color de un grillo. La Champions se rige por sus propias reglas porque no las hemos inventado entre todos, y estas dictan que cuando un conjunto debe remontar un marcador, se desinhibe y pone sobre la mesa el total de sus capacidades ofensivas. Y el City posee unas cuantas. Además, Pep Guardiola, a quien no le ha dado tiempo de construir un equipo que le satisfaga o describa pero que no ha perdido su don para interpretar los partidos e intentar girarlos, tomó cartas en el asunto y canjeó el 4-3-3 inicial por un 4-2-3-1 con De Bruyne y Fernandinho en el doble pivote y David Silva en la mediapunta. El belga, a modo de box-to-box, fue un torrente de fútbol continuo que aportó volumen; el español, descuartizando la desguarnecida parcela del escasamente táctico Bakayoko, asesinó al Monaco poquito a poco.
Se estaba viendo de nuevo. Quien más fútbol había exhibido había adquirido la iniciativa en el marcador y el cruce demasiado pronto, y la presión de perder lo que se tiene en la Champions le estaba hundiendo como le hundió en Inglaterra. La inercia del choque hacía presagiar clasificación skyblue. Pero entonces, la suerte se alió con los de Jardim y se tradujo en un gol por el que, en el segundo tiempo, no habían hecho nada. Todos los proyectos exigen, en algún momento, esta dosis de fortuna. Mayor es que la que bendijo al aficionado. Quedan, como poco, dos noches de Mendy, Fabinho, Bernardo Silva, Lemar, Mbappe y -quién sabe si- Radamel Falcao.
Foto: Michael Steele/Getty Images






Tinogallego 16 marzo, 2017
Proyectos como los del Borussia Dortmund o Mónaco me permiten seguir creyendo en este deporte.
Tan perfectamente imperfectos (sobre todo el BVB) y ambos tan profundamente divertidos.
Ojalá tengan ambos recorrido en esta champions, de verdad. Le pueden dar un disgusto a cualquiera. Y el Mónaco tiene a Falcao.