Sevilla y Villarreal regalaron a la Liga uno de esos partidos que se graban en DVD de material distinguido y se ponen en la entrada de la sede para que lo miren los turistas y comprendan de inmediato que no hay otro campeonato como este. En virtud de ideas casi contrapuestas pero ambas amparadas en un trato dulce y estudiado del balón -unos durante mucho tiempo; otros durante poco-, Jorge Sampaoli y Fran Escribá inspiraron 90 minutos de fascinante nivel.
El Sevilla cree incluso en el título y, en el Sánchez Pizjuán, arroja una fuerza inmesurable desde el minuto uno. Dirigido por un Samir Nasri por instantes imperial, omnipresente y que no infrautilizaba ni una sola posesión, que pensó en cómo optimizar cada uno de sus 134 contactos con la pelota, embotelló a un concentrado Villarreal que probablemente no deseaba defender tan abajo como le fue forzado.
Trigueros, brutal, anuló la influencia de N´Zonzi con y sin balón.
El ejercicio defensivo del Villarreal derrochó pulcritud. Desde el dúo Samu Castillejo-Mario Gaspar controlando al carrilero izquierdo Vitolo, hasta un Manu Trigueros que como mediapunta taponaba la línea de pase atrás hacia N´Zonzi arrebatando al Sevilla el apoyo más fácil para el cambio de orientación y obligándole a precipitar ataques más de lo que habría preferido. El choque era eso: un equipo negándole al otro su consigna, y viceversa, lance tras lance.
En dicha trama, cabe resaltar la contribución de Ben Yedder con sus desmarques a la espalda de Víctor Ruíz y Bonera. Ben Yedder es un instrumento que da pie a análisis riquísimos: carece de muchas cosas, pero de todas ellas, su Sevilla va sobrado. Y al revés. Que un punta lograse encontrar espacio en la nuca de una defensa que estaba tan cerca de su portero… es digno de elogio.
Adrián López jugó muy bien con los tres centrales de Sampaoli.
Pero mal haríamos si limitásemos la actuación del Villarreal a su proceder sin el balón. Con él, y a pesar de gozar apenas de un 33% de posesión, hizo cosas interesantísimas. En especial, apoyado en un Trigueros que por delante del doble cinco Bruno-Rodrigo se cargó la presión del Sevilla con recepciones inusuales y una protección del esférico que invocó las noches más mágicas de Iniesta. Era imposible quitarle el balón al maravilloso centrocampista amarillo, y cuantos más hispalenses iban a por él, más vacía se quedaba la zona a la que el propio Trigueros, tras zafarse de todos, enviaba la pelota. Adrián López, en su re-debut, fue quien mejor lo entendió: siempre se alejaba de Trigueros para agigantar el campo ofensivo activado por el Villarreal y dificultar al Sevilla la misión sobre la que fundamenta su fase defensiva: el robo apresurado.
«El Mudo» Vázquez viene dando al Sevilla menos que los demás.
Sampaoli tomó cartas en el asunto cuando, tras la reanudación, las salidas del Submarino duplicaron su cifra. Y como suele concluir, vio en Sarabia la posible solución a los problemas. Quitó a Mariano por él, y puso al propio a Vitolo de carrileros a pie natural. Otras veces funcionó, pero ante un Villarreal tan pétreo, el mono-recurso del centro al área alcanzó poca eficacia, sobre todo mientras Iborra no estuvo en el campo. Con Vicente, Sergio Asenjo, impresionante durante la mañana entera, hubo de multiplicar su inspiración. Sólo Nasri, que falló un penalti, propuso juego por dentro en el final del envite, lo cual desvió la mirada hacia el único tema chocante o raro que nos deja el Sevilla en las últimas fechas: ¿por qué confía tanto su entrenador en «el Mudo» Vázquez? ¿Cuál está siendo, más allá de la esperanza del gol, su aporte firme al juego de los andaluces?
Foto: JORGE GUERRERO/AFP/Getty Images






Andrés 6 febrero, 2017
El nivel de juego ofensivo, el caudal de ataque que genera el sistema ofensivo con balón del Sevilla, hablando en terminos colectivos, es que me parece algo que no veía la Liga desde el Barça de Pep, y en menor medida el Madrid de los Puentes