La eliminatoria arrancó el año pasado, cuando Pellegrini decidió encerrarse para esconder la debilidad táctica de su sistema, incluso así perdió y fue criticado por ello. La Premier League no concibe lo duramente inferior que es al Barcelona, y cupo la opción de que Manuel, sin más, no pudiese repetir un enfoque estilístico tan defensivo. Quizá sus jugadores, vigentes campeones de Inglaterra, no estaban mentalmente preparados para cambiar todo de nuevo y poner en práctica un plan menos grandilocuente que, en cualquier caso, se había saldado con un 1-4 para los azulgranas. Es decir, un plan que tampoco garantizaba nada. En base a esto, el Manchester City salió a presionar arriba. Y el Barça lo toreó. Lo toreó con una vileza preciosa. Sólo se ganó por uno, pero de los resultados de los octavos de final de Champions League, éste fue el que menos contrastó la diferencia real.
Un rebote de LS, de nuevo claveEl primer cuarto de hora fue muy raro, como si ninguno de los dos conjuntos supiera demasiado bien qué era lo que deseaba desarrollar. El Manchester City pretendía pasar cuanto más tiempo mejor en la mitad azulgrana, pero no sabía cómo conseguirlo ni cómo aprovecharlo; y los catalanes, por su parte, no cumplían ni con su actual plan de abrir a Messi y Neymar en las bandas y buscar su regate ni tampoco con el juego de posición y posesión que ya nunca practican. Fueron 15 minutos impersonales e indefinibles. La calidad del Barcelona, representada en este caso por la habilidad reboteadora de Luis Suárez, abrió el marcador, giró el signo anímico del choque y dio comienzo a 30 minutos de fútbol que, seguramente, de esa manera, sólo están al alcance del equipo de Leo.
Dani, Sergio y Andrés eran flores fecundadas por la abejita Lionel.
Messi era el sistema del Barcelona. Su libertad posicional era máxima, no ocupaba ningún sitio en concreto, iba allá donde estuviese la pelota y buscó astutamente a los tres supervivientes del Barça de Guardiola: Alves, Busquets e Iniesta. Debido a aquel trabajo incubado, Dani, Sergio y Andrés manejan unos conceptos asociativos muy por encima de la media, ellos por sí mismos saben de qué modo colocarse para abrir ángulos, crear líneas de pase diagonales y dar continuidad sencilla a posesiones rápidas y seguras, y Leo iba usándolos a modo de pivotes virtuosos para ir sumando paredes que el Etihad Stadium no había visto en directo jamás. Digamos que Messi parecía una abeja excitada, Alves, Busquets e Iniesta sus bonitas flores y los skyblues once guiris atemorizados por tan bella escena porque, al fin y al cabo, podían sufrir un aguijonazo. Era tal la supremacía técnica del visitante que los futbolistas de Pellegrini, cuya anti-competitiva desorganización colaboraba de manera imprescindible y seguramente irrepetible en el espectáculo, fueron perdiendo confianza tras cada truco-toque de su rival. Manuel reprochó a los suyos que durante el primer periodo no le habían obedecido, que él había ordenado presión en campo contrario y que ellos se habían replegado hacia atrás. Chocó, y no poco, que el chileno, tras ocho años en España, se sorprendiera de dicha reacción. Cuando el Barcelona toca a placer, representa el infierno para el oponente. Los inexpertos huyen porque descubren una cosa diferente y superior que les hace daño y no pueden evitar. Uno no empieza a insensibilizarse hasta la novena o décima vez. La Liga BBVA lo sabe. En definitiva, fueron 30 minutos de desigualdad extrema que debieron saldarse con la liquidación de la eliminatoria. No fue así porque Messi, aun divino, no pisó área y porque apenas hubo noticias sobre Neymar.
Sin nada que perder, el Manchester City sí representó un peligro.
El segundo tiempo se dividió en dos etapas. La primera estuvo marcada por el hecho de que el Manchester City ya no tenía nada que perder. Se sentía eliminado y ya no le costaba ningún trabajo asumir riesgos con convicción, así que entonces sí presionó con todas las piezas juntas y atacó con mucha gente. Además, lo hizo con éxito, por varios motivos. Para empezar, porque nadie hubiera podido evitar esa estampida. Forma parte del legendarium de la Copa de Europa y hay que aguantarla y ya está. Si un equipo con atacantes de élite se ve eliminado en su casa, quemará naves y te empujará para atrás. Luego se juntó que la capacidad de resistencia culé tampoco es que esté entre las mejores, y puede que sí pareciese algo más vulnerable de lo necesario. Le salvó que las ocasiones le cayeron a Dzeko en vez de al Kun. Y por último está el tema del cambio de chip. El Barça hasta hace nada jugaba con una grandeza que, en cierto grado y algunas veces, ahora es sumisión. Admitiendo que saltarse el huracán citizen no era posible, lo curioso fue que los culés ni siquiera lo intentaron. No trataron de hilar ninguna posesión larga para templar los ánimos que, si bien no hubieran cambiado la inercia, sí les hubiera dado un respiro. El cambio de Mathieu por Rakitic resultó sintomático. El Barça no usa su técnica como vía de escape en momentos difíciles; más bien actúa como los demás, pero probablemente con menos -o peores- escudos que el resto de candidatos. En cualquier caso, apenas cinco minutos después del gol de Agüero llegó la expulsión de Clichy y con ella la segunda etapa del segundo periodo, caracterizada por un Manchester City menos agresivo y una posesión horizontal en los azulgranas que solo aceleraba cuando estaba cantado. La acción del último minuto -penalti de Zabaleta sobre Messi- reflejó lo muchísimo que le falta a los ingleses para poder presentar batalla equitativa a los pesos pesados de la competición, pero Joe Hart la detuvo y la Champions hizo acto de presencia: pese a la diferencia que se vio, la eliminatoria sigue viva.
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Yo estuve suplicando que le supliera Xavi desde el minuto más o menos 20 ^^ No jugó mal, encima había muchos espacios y eso le mola, pero no creo que aportase nada especial, sinceramente. Me pareció con bastante el culé menos trascendente del centro del campo. 




Peter Sword 25 febrero, 2015
El fútbol inglés adolece ser tan homogéneo. La fórmula que usan entre ellos se cae cuando se encuentran ante un equipo de otra liga, y más si es el Barca, probablemente el máximo representante de ese "otro" fútbol. Lo que me choca, como bien decís en el artículo, es que todo esto deje tan desabrigado a un entrenador que ha entrenado varios años en España.
No sé, nunca he tenido una gran imagen de Pellegrini, pero es que cada vez la tengo peor (y no por este partido únicamente).
Sinceramente, si yo fuera el Manchester City, en el Camp Nou jugaría a fases. Una fase inicial de ataque y presión grandes, para intentar mover el marcador de manera que el Barca se encontrara nervioso ante la perspectiva de un nuevo gol. Luego, tranquilidad, jugar a la contra. Y en la segunda parte intentar las dos mismas fases. Yo les diría a mis jugadores que daba igual que nos hicieran un gol, porque hay que meter dos sí o sí, y así quitar presión y nervios.
Pero menos mal que no soy entrenador del City, porque seguro que les llevaba a la ruina