Falcao sin gol


El Kun será imborrable para siempre. Fue la gracia en el entierro, la esperanza en la crisis y la solución a la desventaja. Un delantero centro casi sin respuesta en los últimos 60 años de nuestro deporte, guardián y cárcel de un escondido secreto que los atléticos no ignoraron jamás: Era el tercer mejor futbolista del mundo, la estrella a rodear en pos de conquistar la utópica UEFA Champions League. Para ocupar su lugar en el rectángulo, el club tomó una decisión muy por encima del talento técnico demostrado en su pasado más reciente, fichar a Radamel Falcao. Un sensacional ariete que se desmarca de la genialidad para centrarse en perfeccionar un rol extinto, el del 9 de toda la vida. Un estilete que, desde la evidente dependencia de sus compañeros, naturaliza el reparto del espacio y el desarrollo de las sociedades. El producto más competitivo del rico fútbol colombiano no puede ser reducido al gol. Es un súper jugadorazo.

Ecos siempre ha querido dar al juego sin balón el valor justo. Rara vez un futbolista lo tiene más de 3 minutos por partido, restan 87 y hayTres amenazas para sustentar su gran valor táctico que justificarlos de alguna manera. Sin embargo, si un jugador no atesora condiciones y virtudes potencialmente dañinas para el contrario, la trascendencia de sus movimientos tenderá a ser discreta. En este sentido, Falcao cuenta con tres artes decisivas: Su extraordinaria descarga en transición, su consistente capacidad para proteger el balón en solitario y volcar las piezas del terreno hacia el lado óptimo y, por supuesto, su talento para el remate, parámetro en el que se posiciona como el nº 1 del presente. Física y técnicamente está construido para potenciar ese autóctono ramillete de acciones, germen de su diferencial valor táctico.

Radamel apenas sale en el plano televisivo, pero su posición siempre es conocida. Cuando su equipo no tiene la pelota, búsquenlo en el flanco del balón. Desde ahí niega al otro el sosiego del pase atrás, al tiempoSu colocación exponencia el nivel de sus extremos que queda habilitado para recibir inmediatamente desde el robador y administrar la transición. Nunca hará la de Agüero contra Rácing, pero ningún desmarque de uno de los suyos caerá en saco roto. Si es su colectivo el que ataca, pueden darse dos escenarios. El primero es que el juego se asiente en el carril central, a lo que responderá sujetando al eje de la zaga, aislándolo del resto de la partida. La velocidad de la cadena asociativa le dicta el siguiente paso. Si es lenta, se descolgará a espaldas de mediocentros para que el conductor pivote sobre él y reciba de cara. Si es rápida, tirará un agresivo desmarque dentro-fuera con visos de definición instantánea, preferiblemente hacia el perfil derecho, aunque el izquierdo no le es ciego. ¿Y si el ataque acaricia la orilla? Entonces sólo le distinguirán con prismáticos, porque estará lejos, lejísimos, más allá del segundo poste. Lo aterrador de su remate alerta a tres, como poco. E incalculable resulta el beneficio de estirar tanto un sistema defensivo hacia el lado opuesto al balón. En el Porto 2011 disfrazó de crack a Varela, un futbolista doloroso.

Sería inadecuado convertir nuestra pasión en una limitación. Por descontado, lo que hace a Falcao una figura imponente es su abultado expediente goleador, pero se hacía necesario describir al mejor delantero centro de la Liga BBVA más allá de la cifra. Es el no error en el juego de los errores, un cúmulo de decisiones acertadas que acaban diseñando un contexto positivo a su colectividad. Sin inventar nada, sin superar en ningún momento lo racional, sin hacer algo diferente a lo que el entrenador contrario repetirá mil veces a su equipo en las sesiones de entrenamiento previas al choque. No lo necesita. Ni para influir como crack, ni para ser un futbolista de culto. Atlético de Madrid, respétate este año, por favor. Que pintas fenomenal.


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