El Leicester City, décimo quinto clasificado de la Premier, alcanzó los cuartos de final de la Liga de Campeones tras remontarle al Sevilla FC el 2-1 del Sánchez-Pizjuán. Lo logró con más holgura de la que dictó el marcador, llevando el juego a su terreno y a través de dos actuaciones personales que, de no mediar la barbaridad de Neymar JR ante el PSG, opositarían a exhibiciones más decisivas de la ronda de Octavos, las de Kasper Schmeichel y Jamie Vardy.
Jorge Sampaoli atesoraba la baraja ganadora pero no con tanta diferencia como cabía suponer. El mejor momento de su Sevilla en la temporada se cimentó sobre una fortaleza defensiva obtenida desde la recuperación de N´Zonzi en la medular propiciada por el sustento de la línea de tres centrales, así como por un estado de inspiración excepcional de un jugador fascinante pero no del todo fiable como el francés Nasri. El funcionamiento colectivo del ataque hispalense nunca rayó a gran altura, las proezas creativas de Nasri resultaban indispensables para dotarlo de una fluidez positiva, y sabiendo de antemano que el genio no estaba manteniendo esa situación de trance, el entrenador argentino debía tomar decisiones. ¿Era preferible un choque cerrado que priorizase la seguridad defensiva (lo que le valió al Sevilla su buena fase de grupos de la Champions) o había que buscar a toda costa el gol a domicilio? Dicha pregunta jamás hallará contestación. Lo que sí se puede afirmar es que Sampaoli optó por lo segundo y que no le salió bien.
Nasri no estaba para esto y Sampaoli lo aisló en el 1er tiempo.
Durante el primer periodo, el lastrado Samir -posicionado como mediapunta de un 4-2-3-1- fue recurso y no discurso. El discurso anduvo liderado por el doble pivote N´Zonzi-Iborra y el carácter físico que impregnó el plan. A descubrir, el Sevilla buscó un envite de presión, errores y transiciones que, a la postre, terminó dando alas a un equipo que sólo sabe desenvolverse en los ritmos que ello provoca. Era paradigmático notar cómo cada vez que los españoles daben tres pases, el centrocampista Ndidi perdía su sitio y Nasri, sin apenas moverse, recibía entre líneas, pero los de Sampaoli no encadenaron ni tres posesiones duraderas entre el minuto 0 y el 45.
Okazaki y Vardy ahogaban la salida de balón de Pareja y Rami.
Entrando en el detalle, no ponderar que la circulación era la clave y, por tanto, prescindir del sistema de los tres centrales que aliñó con cierta luz su salida desde atrás, favoreció que la caníbal presión del Leicester surtiese efecto a favor de los Shakespeare. La diabólica entrega de Vardy, que como poseído por no se sabe qué espíritu pareció dos delanteros a la vez, forzó infinidad de balones largos a ninguna parte del Sevilla FC. Apenas Vitolo, bajando a recibir el balón de Escudero y conduciéndolo hasta arriba, permitía a los visitantes trasladar la posesión a aquella parcela en la que Ndidi se encargaba de personalizar un hecho: el Leicester City, a día de hoy, es uno de los contendientes menos capacitados de este torneo.
Vardy tuvo una actuación ofensiva estelar martirizando a todos.
Instalando el contexto de transiciones y ritmo alto, Vardy se alzó como una presencia imposible de controlar para Nico Pareja y Rami. Su extrema velocidad -de verdad que impresiona lo rapidísimo que es este delantero-, unida a su don para ir encadenando esfuerzos explosivos (te cae a la banda, luego te viene a un apoyo y después te lanza una ruptura, todo a máxima rapidez), trajo por la calle de la amargura a una zaga que no pudo estar a la altura de la exigencia. Y la pena para Sampaoli residió en que, amén de un puñado de conducciones de Mahrez que fueron tan vistosas como escasas y, eso sí, un trabajo fantástico de Okazaki desde la segunda línea, el ataque inglés no ofreció mucho más. Vardy, en solitario, se estaba bastando para, activando una presión y constituyendo una ofensiva, eliminar al, en teoría, superior Sevilla FC de la Champions League.
Nasri e Iborra invirtieron sus posiciones en el segundo tiempo.
Como siempre, el inquieto técnico hispalense buscó la reacción desde el banquillo apostando por Mariano -cuya suplencia costó entender-, Jovetic y un Joaquín Correa que fue el único hombre del Sevilla que palpó la brillantez en algún instante de la noche, e impulsado por que el Leicester, tras anotar su 2-0, dejó de presionar y se resguardó tanto en su área que incluso regaló la frontal de la misma, acorraló a los de Shakespeare en un ataque sin tregua. Sin embargo, aparte de constancia, había poco más. El plus de finura que se esperaba de Jovetic nunca se materializó, y la variabilidad y el juego interior que se presume en la fase ofensiva de un conjunto español dirigido por Sampaoli, tampoco. La precipitación hizo presa de él y abusó de centros frontales que encontraron en el Leicester una respuesta y un recuerdo: se mostraron infalibles y plasmaron, protegidos por el fenomenal Kasper Schmeichel, la virtud colectiva que se tradujo en la Premier 2015/16 que adorna su sala de trofeos.
Foto: OLI SCARFF/AFP/Getty Images






Jare19 15 marzo, 2017
El Leicester para esta importante cita volvió a su orígenes, con el obligado cambio de Ndidi por Kanté. Y a grandes rasgos también volvió a dar una imagen similar, solidez defensiva, trabajo en el mediocampo y velocidad/mordiente arriba, provocada por un entonadísimo Vardy.
Me lo dicen antes del partido de ida que iba a pasar el Leicester y no me lo creo, por dinámicas y por equipo, pero bueno así es el fútbol, nunca sabes que te va a deparar.