Hegel es un autor oscuro y profundo, muy difícil de transmitir. Sin embargo, es importante hacerlo: su pensamiento es la desembocadura común de la mayor parte de los corrientes filosóficos precedentes y el punto de partida de muchas ramificaciones posteriores. Receptáculo de todo tipo de reflexiones divergentes, un objetivo fundamental de su obra fue poner fin al gran cisma del pensamiento occidental, es decir, alcanzar el ensamblaje definitivo entre dos terrenos pocos dados a entenderse: el estudio de la naturaleza -aquello que es- y el estudio del espíritu -la forma de ser-. Hegel pretendía describir en su totalidad el desarrollo de cualquier fenómeno complejo.
Raúl Tamudo fue un delantero con grandes dotes para la finalización. La determinación de su último toque le señaló como un goleador empedernido, muy peligroso en el corazón del área y todavía temible desde la media distancia. Era un futbolista escurridizo y combativo, siempre atento a la mínima oportunidad. Inteligente en la ruptura, exigente para los centrales por su activación e insistencia y con un punto de conducción que sorprendía de vez en cuando al defensor más incauto. Pero no era una bala ni un futbolista demasiado autosuficiente y sus cifras habituales, aunque buenas, tampoco eran extraordinarias. Su estricta naturaleza futbolística no alcanza a justificar la dimensión adquirida por un nueve a todas luces terrenal que cuelga las botas con vitola de mito. En su relato hay algo más en juego que el propio juego, algo concerniente al espíritu. Y aquí es donde Hegel acude al rescate.
Raúl Tamudo fue un delantero centro de fútbol dinámico y combativo, muy oportuno en el remate.
El filósofo de Stuttgart formuló una compleja propuesta dialéctica para desentrañar este tipo de misterios. Según Hegel, todo en la vida se define por un proceso de cambio constante. Al conciliar en si mismo todo tipo de contradicciones el propio ciclo define una determinada trayectoria, es decir, lo más parecido a un significado concreto que puede extraerse de un concepto de realidad tan voluble. De tan críptica que resulta la propuesta hegeliana es usual que, en aras de un buen ejercicio didáctico, este planteamiento se simplifique en forma de tres momentos distintos que se suceden de forma periódica en la evolución de todo fenómeno. Fichte, precursor del pensamiento hegeliano, llamó «tesis» al primero de estos momentos, una suerte de puesta en escena, la promesa de algo que se insinúa en sus rasgos esenciales, pero cuyo futuro desarrollo no deja de ser una incógnita.
Ya asentado en el primer equipo tras Su gol en Mestalla fue clave para el Espanyolun rosario de cesiones y alternancias con el filial, un Raúl Tamudo de veintritrés años dio con la tesis de su propia trayectoria en el césped de Mestalla, el 27 de mayo de 2000. Haciendo gala de un sopresivo oportunismo que pronto devendría muy característico, el delantero catalán arrebató un balón letal a su antiguo compañero Toni Jiménez, guardameta del Atlético del Madrid, para encarrilar el triunfo blanquiazul en la final de la Copa del Rey. Un hito extraordinario para un club que llevaba 60 años sin alzar un trofeo de esta categoría. Una proeza edificada sobre un gol tan peculiar como a su vez representativo del valor que tendría, a lo largo de muchos años, la presencia de Raúl Tamudo en el once periquito.
El delantero de Santa Coloma asentó de esta forma los fundamentos de una exitosa carrera que había encontrado su primer gran impulso dos años antes. El verano de 1998 el Espanyol había encomendado la participación del club en la Copa Intertoto a un grupo de jugadores del filial apenas reforzado por un puñado de descartes de la primera plantilla. Marcelo Bielsa, responsable visto y no visto del primer equipo blanquiazul, no estaba dispuesto a supeditar la preparación de su equipo a la disputa de tan peculiar torneo, pero sí accedió al concurso de los chavales bajo la dirección de Paco Flores, entrenador del Espanyol B. A la postre, el excelente papel de los canteranos en su aventura europea impactó a propios y extraños y marcó un punto de inflexión en la consideración y la propia gestión de la cantera periquita, tan productiva desde entonces. De la llamada «Quinta de la Intertoto», no obstante, en la que destacaban futbolistas de la talla de Sergio González, Joan Capdevila y Quique de Lucas, sería Raúl Tamudo el único en entregar los mejores años de su fútbol al club catalán.
Su anunciada marcha al Glasgow Rangers se rompió en el ultimísimo momento.
El jugador estuvo muy cerca del Rangers FCPero el proceso de cambio constante implica, según Hegel, afrontar todo tipo de contradicciones. Su colega Fichte llamó «antítesis» al segundo momento del ciclo dialéctico, es decir, la negación de uno mismo, el llevar la contraria, a causa de una evaluación racional de la situación, a la tesis planteada en el momento precedente. De este modo, si la figura de Raúl Tamudo estaba llamada a magnificarse por su íntima relación con el sentimiento periquito es inevitable que esta sociedad estuviera muy cerca de romperse. Esto ocurrió en octubre de 2000, cuando el RCD Espanyol, en respuesta a una grave crisis económica, decidió traspasar a su ídolo al Rangers de Glasgow. La operación, lógica y comprensible juzgada en su contexto, se saldó con un desenlace sorprendente: cuando el futbolista catalán ya se había despedido de los suyos entre lágrimas afectadas el club escocés canceló el trato en el último momento. Nadie se explica todavía el criterio de la revisión médica que descartó de forma tajante la incorporación del delantero. Dos días después de reincorporarse a la disciplina periquita Raúl Tamudo celebraba un nuevo tanto como ariete blanquiazul. Sus mejores años estaban por llegar.
Al poner en tela de juicio su propia tesis, apuntaba Hegel, el sujeto debe resolver un conflicto que le ayuda a conciliar su naturaleza y su espíritu para reafirmarse en su propia trayectoria a un nivel más completo y elevado. No se sabe qué hubiera sido de Raúl Tamudo de desarrollar el grueso de su carrera lejos del césped de Montjuïc. De hecho, ni siquiera está claro si su trayectoria internacional fue un testimonio más o menos preciso de la talla futbolística del ex delantero periquito, o si por el contrario debió haber sumado más y mejores convocatorias con la selección española. Cuesta dudar, en verdad, de la capacidad de este futbolista para haber sobresalido en escenarios futbolísticos ajenos a la rutina blanquiazul. Sin embargo, de forma casi inevitable, se intuye en esta hipótesis un desarrollo menos trascendente de sus propios acontecimientos, la construcción de un Raúl Tamudo menor al que el fútbol despide estos días por todo lo alto.
Percibido como un jugador de un sólo club pese a vestir varios colores, el delantero de Santa Coloma ostenta el mérito de rescatar al Rayo Vallecano del descenso, con un gol salvador de los suyos, en uno de sus postreros servicios lejos de casa. Pero la verdadera grandeza de su figura es indisociable de la propia trayectoria del RCD Espanyol, de su debut en Sarrià, de la forma como sostuvo Montjuïc y de su estreno en Cornellà-el Prat. En consecuencia, la «síntesis» de su relato, el tercero de los momentos dialécticos bautizados por Fichte, debe rastrearse en tantos años de rendimiento generoso, oportuno y certero con la camiseta periquita.
Aunque vistió varios colores a lo largo de su carrera, Raúl Tamudo es patrimonio blanquiazul.
La síntesis supone, en la dialéctica hegeliana, la superación de las contradicciones precedentes, un momento de sublimación en el que el sujeto asume el sentido completo de su propia trayectoria. Raúl Tamudo marcó muchos goles decisivos con el RCD Espanyol. Valieron puntos importantes, billetes para Europa y salvaciones meritorias. Incluso un nuevo triunfo en la final de Copa de 2006. Pero la síntesis de su relato tiene fecha y lugar concretos: el 9 de junio de 2007 dos goles del delantero en el Camp Nou rubricaron el rumbo de toda su carrera. No sólo por su valor en la memoria periquita, que seguirá recordando la tarde en la que su equipo empató en el último suspiro el derbi que privó del título de Liga al gran rival de la ciudad, sino también por la constatación aritmética del mito: con su tanto en el minuto 89, justo en ese instante, Tamudo se convirtió en el máximo goleador histórico del club blanquiazul.


plaentxi 11 septiembre, 2015
Qué buen artículo.
Quizás deberíamos de considerar a la afición perica como una afición Hegeliana. Ellos no seguirían la filosofía anglófona que ve al mundo como una colección de objetos y fuerzas representados en este caso en los gestos técnicos y jugadas de Tamudo que se aprehenden mediante los sentidos. No, la realidad Tamudo en la mente y alma del seguidor del Espanyol no se podría entender sensorial o empíricamente en una serie de eventos tamudianos en el espacio tiempo sino desde la estructura de la mente del españolista donde los conceptos residen solamente en ellos mismos. Es por eso que para la mayoría de nosotros tan Newtonianos todavía, Hegel y la filosofía alemana en general resultan tan opacas y solamente resultan diáfanos para los seguidores pericos de espíritu germánico Hegeliano.