Joaquín Caparrós es crack. Un entrenador carismático donde los haya con un don especial a la hora de crear grupos humanos de gran personalidad, cohesión y convencimiento. Cualidades muy coherentes con su otra gran virtud, la facilidad para generar plusvalías futbolísticas en la mayor parte de los talentos que le toca moldear. Este perfil le convierte, sin duda, en una gran opción para equipos sumidos en crisis de fe, identidad y fútbol, pero no deja de ser cierto que su librillo de juego le condena a ser tapón de los proyectos que eél mismo gesta alcanzado un determinado punto de madurez. En su día Juande Ramos desencadenó a los mejores futbolistas del Sevilla de sus simétricos carriles e hizo que el resto jugara en función de ellos. Hoy la plantilla del Athletic pide una medida parecida.
Iraola, San José, Javi Martínez, Susaeta, Iturraspe, Muniain, Llorente… el norte no fue ajeno a la transformación que Brasil 82 inició en nuestra concepción del juego, y su escuela ha terminado por adoptar la filiación asociativa que hoy representa nuestro fútbol. Cada cachorro de Lezama que pisa San Mamés muestra unos principios asentados en una clara cultura de pase: se esfuerza por crear la línea, la dignifica con precisión técnica y no se desvincula de la jugada cuando el balón escapa de su bota. De ahí que al espectador se le arquee la ceja al notar a los 5 minutos de cada partido del Athletic que los rojiblancos no juegan a eso, sino a lo que siempre jugó Caparrós.
El dibujo más representativo es el 4-4-2, sistematizado en base a unos movimientos excesivamente rígidos que dificultan sobremanera laSu 4-4-2 prioriza tanto sobre el orden que se vuelve algo rígido creación de ventajas. El principio de sobrecarga no existe en ninguna tarea creativa, es difícil ver la incorporación de un central a zona de mediocentros, la diagonal fuera-dentro de un lateral o, mismamente, el descuelgue de uno de los puntas para generar superioridad en el medio. Solo los ramalazos de personalidad de Muniain, al que se debe calificar de aspirante a genio, desafían la inmóvil simetría del esquema. A su vez, también significan todo lo expuesto por el equipo en cuanto a juego interior, pues la influencia de Javi Martínez -interior que acompaña a un mediocentro que siempre queda- se ve limitada por la perenne inferioridad numérica que enfrenta en el carril central. El contexto termina cohibiendo el desarrollo de movimientos puntuales que el Athletic podría ejecutar con facilidad (un pase interior de Iraola, por ejemplo); pero sobre todo extingue las ventajosas consecuencias de tener futbolistas tan formidables como Fernando Llorente.
Si cambiáramos al crack español por Andy Carroll, nuevo ídolo de The Kop, el funcionamiento colectivo del Athletic no mutaría un ápice. Y eso es un problema, porque Fernando es mucho más jugador. Joaquín enfoca sus movimientos hacia la profundidad, empujando a la zaga contraria contra su portería para cargar el área pequeña lo máximo posible, al precio de encadenar rachas de más de 10 minutos sin que el 9 reciba un solo balón al pie. Hasta las batallas aéreas que decanta a su favor tienen un matiz anti-creativo, pues la gran mayoría responde a una necesidad defensiva que exige a Llorente tiempo y espacio para salir de la cueva. Para más inri, cuando el sentido de sus cabezazos es ofensivo, se frecuenta más la prolongación hacia la ruptura que la dejada hacia el apoyo, tendencia acentuada hasta el extremo cuando el segunda punta del equipo es Toquero. Así, el Athletic esconde gran parte del juego de espaldas, el regate, la creación de líneas de pase, la pausa y la visión del súper delantero centro.
El fichaje de Ander techa el potencial del equipo aun más alto.
Fernando sirve de ejemplo por ser el más trascendente, un futbolista que está para condicionar eliminatorias de Copa de Europa, pero su coyuntura es extensible a los otros tres jugadores especiales del club: San José, Javi Martínez y Muniain. Semiconfirmado el fichaje de Ander Herrera, otro que tal baila, el Athletic corrobora una disposición fantástica de cara a volver a tener un equipo a la altura del club. Joaquín Caparrós, responsable de haber llegado hasta aquí, debe dar el siguiente paso. Al frente, o hacia el lado. Pero no puede seguir acotando la libertad de expresión de este grupo de jugadorazos.






DBEcos 25 marzo, 2012
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