El Diego | Ecos del Balón

El Diego


Resulta enigmática, para el resto del mundo, la devoción que profesan los argentinos por Diego Armando Maradona. Sí, es cierto, sus creyentes ya no son todos y puede que cada vez sean menos. Pero, aún hoy en día,Maradona es uno de los máximos exponentes culturales argentinos. la trascendencia del Pelusa entre sus conciudadanos excede por mucho a la de un simple ídolo deportivo. Casi venerado como un dios por algunos, su valor social es el de un mito que, como tal, ha servido y sirve de referencia. Según Jorge Alberto Valdano esta identificación “es algo que se ha vivido otras veces con un equipo pero nunca con respecto a un jugador”. Que Argentina sea un país tradicionalmente mitómano no justifica por sí mismo el fervor por el astro futbolístico pero sí lo resalta. Cuando hace unos meses el gobierno de Cristina Kirchner propuso a la Feria del libro de Frankfurt, en la que Argentina será la invitada de honor en el 2010, que Maradona fuera uno de los representantes de la cultura argentina (junto a Gardel, Evita, Borges, Cortazar y el Che) muchos no podían dar crédito a la noticia. Pero si uno se adentra mínimamente en las interioridades del pueblo argentino resulta absurdo negar que Maradona forma parte de su bagaje cultural. ¿Cuáles son entonces las circunstancias que justifican este ensalzamiento incomprensible para los que lo presencian desde más allá de su contexto mitológico? En primer lugar la vida de Maradona ha transcurrido bajo el estricto cumplimiento de lo que, según Vicente Verdú es el modelo de héroe universal:

“su nacimiento ha de ser invariablemente humilde y milagroso, sus primeras actuaciones públicas darán muestra de una fuerza o inteligencia extraordinarias y le procurarán un rápido encumbramiento a las residencias del poder; sus luchas triunfales contra las fuerzas del mal ocuparán la mayor parte de su historia; su flanco más vulnerable es su pecado de orgullo; y su muerte, por fin, sobrevendrá bien como efecto de una traición o por entrega voluntaria..” (Verdú, “El Fútbol, mitos, ritos y símbolos”. Pág. 15)

Repasemos el patrón: La vida de Maradona está condicionada por sus orígenes en Villa Fiorito, un reducto de marginalidad extrema al sur de Buenos Aires. La pobreza fue la constante durante su infancia, un origen humilde del que nunca renegó. Las primeras apariciones públicas de Maradona resultan extraordinarias, por no decir proféticas.

“En Julio de 1970 a los 9 años, en el descanso de un partido entre Argentina Juniors, su club de origen, y Boca Juniors, su club de llegada, Maradona sale con la pelota y recorre todo el campo llevando el balón con sus pies, sus hombros y su cabeza. Cuando, varios minutos después, los equipos están listos para iniciar la segunda parte los hinchas aplauden y gritan: “¡Que se quede, que se quede!” (Jimmy Burns, “La Mano de Dios”).

La segunda, en la misma época, en un programa televisivo se muestra a Maradona, niño, jugando con el esférico y declarando después: “Mi sueño es jugar en Primera, jugar con Argentina y ser campeón Mundial”. Desde entonces, el fenómeno Maradona germina bajo la atenta mirada de un público que, poco a poco, comienza a verle como un elegido. Como jugador de Argentina Juniors, donde debuta con quince años, consigue proclamarse máximo goleador en cinco torneos consecutivos: Metropolitano 1978, Metropolitano y Nacional 1979 y Metropolitano y Nacional 1980. En 1979 será el capitán del equipo juvenil que disputa la Copa Mundial en Japón. La actuación de Maradona es deslumbrante, ganan todos los partidos y es designado mejor jugador del torneo. Con su fichaje por Boca obtiene el campeonato local y se convierte en el ídolo del equipo más popular del país.

Ascenso

Tras sus contratiempos en el Mundial de 1982, en el que Argentina quedó eliminada en segunda ronda y Maradona fue expulsado en su partido contra Brasil, y en el Barcelona, donde sufre una hepatitis en su primer año y la fractura Copa del Mundo de 1986, cuartos de final contra Inglaterra, su gran momento.de un tobillo en el segundo, se producen las primeras confrontaciones, victoriosas, del héroe contra las fuerzas maléficas. En Nápoles consigue los Scudettos de 1986-1987 y 1989-1990, la Copa de Italia de 1988 y la Copa de la Uefa de 1989. Maradona se convierte en un ídolo regional y los triunfos del Nápoles son interpretados en clave de victoria, de revalida histórica, del Sur, agrario y humilde, contra el explotador y opulento Norte. Con Argentina Diego Armando Maradona logra la Copa del Mundo de 1986. Es el primer Mundial para Argentina fuera de sospecha y coincide con el boom mediático del fútbol, lo que convierte el acontecimiento en el primero de esta naturaleza de alcance planetario. Es en el transcurso de este campeonato cuando se produce el momento cumbre del mito de Maradona: el encuentro, en cuartos de final, contra Inglaterra, reciente enemigo de Argentina en la Guerra de las Malvinas. Maradona convierte los dos goles contra el equipo inglés, ambos igualmente legendarios: la picaresca “Mano de Dios” y, sobre todo, el “mejor gol de todos los tiempos”, la obra futbolística más excelsa. No sólo por la belleza del gol (que quizás haya sido emulado y hasta superado en otras ocasiones) sino por su escenario, su momento, el rival, la carga simbólica de revancha nacional y por haber sido la inspiración del que probablemente haya sido, a su vez, el mejor relato de un gol, protagonizado por Víctor Hugo Morales.

Contexto

Es durante este periodo cuando Maradona se convierte en un símbolo para los desfavorecidos, el pibe de Villa Fiorito transformado en el personaje más conocido del mundo, también en el representante del Sur contra el Norte, y, a su vez, en el patriota que resarce la afrenta de un país herido y frustrado. Porque la herida argentina se desangraba más allá del desagravio de las Malvinas. El fenómeno Maradona no sólo cumplía un patrón mitológico inmaculado sino que, además, se vio abonado por el desamparo de la conciencia colectiva argentina hasta entonces resguardada bajo la gloria de un pasado explendoroso y, posteriormente, del parternalismo peronista. Durante cinco décadas (de 1880 a 1930) Argentina fue una potencia económica mundial. La fecundidad del territorio, que servía de abastecimieno del viejo continente y el fomento de una inmigración masiva, auspiciaron esta época dorada. Como una Europa trasplantada a orillas del Plata, Buenos Aires compitió en lujo y comodidades con las grandes capitales europeas a cuya imagen se construyó. La capital argentina presumía de la calle más larga del mundo, la avenida más ancha, o una ópera más grande que el Palacio Garnier de Paris. Durante el periodo que abarcó la “belle epoque”, los artistas más prestigiosos de Europa engrandecieron y dieron lustre a la “Perla de la Plata”.
 
Pero esta bonanza se truncó con la gran crisis del 29 y el declive del mercado europeo provocado por la Gran Guerra. Tras una década de decadencia irrefrenable, en 1946 fue elegido presidente Juan Domingo Perón, que con su carismática esposa El golpe militar del 76, debilitó profundamente al país., Eva Perón, encabezó un movimiento político que puso el acento en la justicia social. El peronismo, que contaba con una amplia adhesión de la población, fue el eje sociopolítico de argentina hasta que en 1976 se produjo el golpe militar autodenominado Proceso de Reorganización nacional que debilitó el país, en todos los órdenes, bajo una represión atroz. Argentina nunca encontró un camino de retorno. El cuadro posterior a la dictadura mostraba a partidos democráticos claudicando frente a presiones autoritarias (ley de inmunidad a los militares de la dictadura), a partidos populistas reciclados en conservadores y antipopulares (Menem) y un germen de exclusión social creciente a raíz del proceso inflaccionario, lo que describía

“un contexto de inestabilidad y fractura de todos los relatos que habían narrado la Argentina del s. XX. Maradona aparecía entonces, como un último relato de doble significación: como la añeja vinculación entre fútbol y nacionalismo; y por el otro de una serie de marcas del ídolo popular: el origen pobre y la difelidad de ese origen, el modelo de llegada, la picardía, la rebeldía, la denuncia, la persecución, la solidaridad con los suyos”. (Pablo Alabarces)

La Caída

Desde sus inicios Maradona vivió con la soga, de las malas compañias, al cuello. En Barcelona su manager Jorge Cyterszpiler aisló al astro en una burbuja y lo rodeó de un clan de más de 20 personas que debía protegerlo pero que vivía de él y le complacía sus caprichos. Fue en la ciudad condal donde el Pelusa confesó haberse iniciado en el consumo de las drogas.

“Los integrantes de la Brigada de Estupefacientes de la Policía estuvieron durante varios meses siguiendo los pasos del futbolista y del numeroso clan que le rodeaba. Nunca se hizo público, pero hubo un momento en que se planteó su detención” (Jose Maria Sirvent. El Mundo)

Posteriormente, en Nápoles se introdujó, nuevamente de la mano de un nuevo representante, Gillermo Coppola, en los círculos secretos de la Familia Giuliano, uno de los jefes de la droga y la prostitución. La propia policia italiana sospechó de Maradona tras la debacle del Nápoles la temporada 87/88 que terminó con el título en las vitrinas del Milán. A través de las apuestas ilegales, la Camorra se embolsó una fortuna gracias a aquel resultado inexplicable. Los años que van hasta el Mundial de 1990 fueron los más agitados: se transformó en un cocainómano, perdió un juicio por paternidad y se encaró cotidianamente con los dirigentes del Nápoles y de la FIFA. A partir de entonces la dúctil simbología de Maradona comenzó a tomar otro matiz muy argentino: el del victimismo y la teoría conspirativa.
 
En la Copa del Mundo de 1990 Argentina pierde la final con Alemania tras un penalti dudoso que es achacado a un complot en favor de los países ricos. Durante el torneo Maradona arremete, a diario, contra el Norte lo que le cuesta una sonora bronca al equipo argentino en San Siro. En la final disputada en Roma todo el planeta puedo presenciar el “hijos de puta” que dirigió a los que silbaban el himno argentino. Tras el partido, aún con lágrimas en los ojos el Pelusa denunció un robo que también condenaron los medios de comunicación de su país. El héroe había caído pero continuaba generando asociación. En marzo de 1991 se detectó cocaína en su orina y fue suspendido por 15 meses. Las explicaciones paranoicas reaparecieron: la acusación de doping era un castigo por la eliminación de Italia en el Mundial. De regreso a Buenos aires fue detenido tras consumir cocaína. La detención volvió a ser interpretada como una nueva emboscada de la que participaban las autoridades argentinas, ansiosas de distraer a la opinión pública de las continuos casos de corrupción. La suma del gobierno, la FIFA y hasta el Papa configuró un frente al que genéricamente se oponían tanto Maradona como la mayor parte de la sociedad argentina: Poder.
 
Tras su paso por el Sevilla y su retorno a Argentina, en donde fue condenado a dos años de prisión (en suspenso) por disparar con un rifle de aire comprimido contra un grupo de periodistas, vuelve a la selección para disputar el Mundial de 1994. Tras un comienzo esperanzador, Maradona es designado para pasar el controlMaradona dio positivo en un control antidoping en el Mundial de 1994, esta fue su muerte deportiva. antidoping tras el partido contra Nigeria y, nuevamente, da positivo al detectársele cinco sustancias prohibidas que el astro achacó a un medicamento contra la gripe recetado por su médico. El presidente de la AFA, Julio Gorondona, renunció a defenderle. Argentina lloró como nunca el desenlace y Maradona consideró “esta muerte deportiva” producto de una traición. El patrón heroíco de Verdú se había completado. Sus delicados problemas de salud, sus constantes polémicas con la prensa y su sempiterna incapacidad para elegir socios (Coppola, Franchi, Fierro Viera, Barreiro Laborda) prolongaron su declive durante años. En la actualidad, tras su operación de reducción de estómago, su paso como presentador televisivo, su constante filtreo con la izquierda radical latinoamericana y su pólemico nombramiento como seleccionador, Diego Armando Maradona, el que un día recordó al mundo el nombre de Argentina en mayúsculas, simboliza, paradojicamente, el derrotero de un país quebrado. Si bien ya no se le perdona todo y su fulgor social ha perdido brillo con el transcurso de los años y las polémicas, ninguno de sus compatriotas podrá poner en duda que el día que ya no esté, el Diego pasará a formar parte del Olimpo de todos los argentinos.

D10S

La ascendencia de la figura de Maradona en la sociedad argentina no tiene parangón. A un marketing sobreexplotado en innumerables productos hay que añadir toda suerte de expresiones artísticas asociadas a la figura del futbolista. Murales urbanos, obras pictóricas, monumentos escultóricos desperdigados por el país, como las estatuas de Bahía Blanca o la del Museo de la Pasión Boquense, ambas de tres metros de altura. Canciones dedicadas como el “Maradona” de Andrés Calamaro, el “Maradona Blues” de Charly Garcia, el mítico “Maradó” de Los Piojos, o el “Santa Maradona” de Mano Negra. Obras de teatro centradas en su persona, películas como el documental “Amando Maradona”, “El Camino de San Diego” de Carlos Sorín, o “Maradona by Kusturica” del afamado director serbio. Decenas de monográficos, cómics, viñetas y biografías del astro, entre los que destaca su biografía autorizada “Yo soy el Diego” que va por la octava edición. La aparición de la Iglesia Maradoniana, parodia de religión, no es más que una muestra más de un culto, real, que cobró su máxima expresión en la impresionante movilización popular a las puertas de la Clínica Suizo Argentina durante su internación en el 2004. En el rango institucional Diego Armando Maradona ha llegado a adquirir honores de estado. Ha sido recibido en audiencia privada por casi todos los presidentes de la República Argentina en estos últimos veinte años, honrado con la máxima distinción del Senado, el premio Domingo Faustino Sarmiento en un abarrotado y enfervorizado Salón Azul y nombrado, en un gesto sin precedentes, embajador honorario del gobierno argentino presidido por Menem. Pero sin duda, el mayor legado y significación de Maradona fue aquel que nos brindó el mismo protagonista sobre un terreno de juego. Preferimos cerrar con ello. Simplemente, D10S.


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