«Llegué a creer que estaba maldito”. La frase, en boca de un campeón del mundo, de Eurocopa y poseedor del Balón de Oro, impactaba. Con sus clubes, Zinedine Zidane había conocido demasiadas veces el amargor de la derrota. El Bayern Munich impidió que aquel sorprendente Girondins completase el cuento en la Copa de la UEFA de 1996. Mucho más duro para Zizou fue la doble caída en las finales de Champions del 97 y 98. Cuando el Real Madrid (para la crítica, el mejor equipo del continente en esos momentos) enfrentó al Bayer Leverkusen en Glasgow, todos apuntaban al francés como pieza clave del choque. Lo que nadie podía imaginar es que, tras un balón al aire aparentemente estéril de Roberto Carlos, el genio galo iba a dibujar la volea más inolvidable de la historia de las finales de la Copa de Europa.
Ese Mundial al completo fue un milagro. El tobillo de Maradona, una nueva Mano de Dios ante la URSS, los palos de Brasil en Octavos, la tanda de penaltis ante Yugoslavia… Argentina sorteaba cada dificultad desafiando a la lógica y a la razón. En semifinales esperaba la Italia de Baresi, Maldini o Vialli. El partido se iba a disputar en Nápoles, allá donde Maradona era poco menos que una deidad. “Animadme”, pidió sin pudor, ignorando que el rival era el propio conjunto italiano. El duelo terminó en empate, y sobre los once metros, Argentina sellaría una nueva hazaña inexplicable. Diego, que había errado su lanzamiento ante Yugoslavia, esta vez no falló. “Sé que muchos quisieron cantar este gol”. Goycoechea, héroe en silencio, atajaba el tiro de Serena, colocando a los de Bilardo en su segunda final consecutiva.






@SVilarino 17 noviembre, 2012
La semi de Napoles acabó 1-1 (Schilacci y Caniggia en cantadón de Zenga)
Y dadas las horas que son, solo escribiré una cosa más, inevitable cuando pienso en ese partido (cuando no en ese Mundial):
¡¡¡¡VICINI, ¿DÓNDE ESTÁ BAGGIO?!!!!