Holanda – Argentina: Una historia verdadera


“Quiero sentarme con él y mirar las estrellas, como solíamos hacer hace tanto tiempo” (Una historia verdadera, David Lynch, 1999). Cuentan los del lugar que una vez vieron a un anciano hacer caso omiso a toda lógica y cruzar estados durante semanas a lomos de una segadora. Tenía una misión que cumplir, no sabemos si la última, reencontrarse con su hermano después de muchos años. Del Mundial de Brasil contarán que vieron a un entrenador tomar decisiones insólitas, lograr resultados sorprendentes y llevar a su equipo a pasar de ronda. Su misión era otra, de momento hoy se enfrenta a la penúltima, volver a la final del Mundial cuatro años después.

Hablamos de Van Gaalvin Straight, para algunos un señor que ya estaba demasiado mayor, para otros un excéntrico, pero estaremos de acuerdo en apreciar su personalidad intransferible, no siempre negativa, con una filosofía propia y una manera de entender la vida y el fútbol de la que día tras día, en su largo viaje a la final del Mundial, nos enseña lo mucho que nos queda por aprender al resto durante el camino.

Su segadora podrá resultar ridícula circulando lenta pero decididamente por el arcén, con un engañoso sistema de cinco defensas que no es sino otra de sus lecciones durante el torneo. A su paso, la Argentina de Leo Messi puede parece un bólido al que resultará imposible ganar en velocidad de reacción, pero a ritmo de Angelo Badalamenti, Holanda sabe que lo importante no es alcanzar primero la meta, sino sortear los inconvenientes de la carretera hasta llegar a ella.

Con “Una historia verdadera” (“The Straight Story”, 1999) David Lynch se alejó en apariencia de las transgresoras coordenadas a las que había llevado su cine durante los noventa, para regresar al clasicismo más fordiano en busca de las estrellas. Ayer fueron las estrellas del fútbol alemán quienes se aproximaron al surrealismo con un 7-1 que será todo un clásico. Hoy la historia está dispuesta a volver a escribirse y Van Gaalvin Straight tiene una segadora. Pase lo que pase al final de los 90 o 120 minutos, esta sí que será una historia verdadera.

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Referencias:
Revista Magnolia
Antonio M. Arenas


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