Generación Imperial


Durante los últimos 40 años, decir el nombre del Bayern Munich ha sido sinónimo de echarse a temblar para todos los clubes del fútbol europeo. Pero, aunque parezca increíble a ojos de 2014, cuando el fútbol alemán decidió profesionalizar su campeonato, el club bávaro no fue tomado en cuenta para ser uno de los miembros originales de la Bundesliga. Es cierto que el Bayern había tocado algún trofeo en el borroso fútbol de entreguerras, pero para cuando la nueva máxima categoría del fútbol teutón fue creada los rojos de Munich tuvieron que conformarse con reubicarse en segunda división. La capital bávara ya tenía un gran equipo y este vestía de celeste. Los célebres Leones del 1860 Munich, que no tardarían en ganar el título y acariciar las mieles de la competición europea.

La historia cambió cuando una generación de jóvenes jugadores liderada por Franz Beckenbauer, Sepp Maier y Gerd Müller, llegó al cuadro dirigido por el yugoslavo Zlatko Cajkovski. Los muniqueses compartieron temporadas en segunda con el Borussia Moenchengladbach, un equipo en crecimiento y cuya historia estará íntimamenteEl destino unió a Franz Beckenbauer, Sepp Maier y Gerd Müller en un Bayern aún terrenal ligada a la del Bayern en los siguientes años. Así pues, los tres protegidos de Tschik, junto a veteranos como Werner Olk, legendario capitán del club, ascendieron a la Bundesliga en 1965 –de la mano de los Potros, por cierto-, y al año siguiente reabrieron las vitrinas de la sede social del club al ganar la Copa alemana ante el MSV (actual Duisburg). Poco sabían por aquel entonces, queremos pensar, que esas vitrinas ya no se cerrarían más y que, incluso, habría que ampliarlas y cambiarlas a nuevas instalaciones. Seguían siendo el segundo club de la ciudad, pero recortaban terreno a pasos agigantados. Ese verano del 66 vio como Beckenbauer y Maier viajaban a Inglaterra para jugar la Copa del Mundo con Alemania. El portero todavía a la sombra del veterano Hans Tilkowski, del Borussia Dortmund, pero el por entonces centrocampista sí jugó como titular. Franz se consagró como una estrella mundial y con apenas 21 años Europa empezó a estar pendiente de él. Algo se movía en el sur de Alemania, y ya no eran los Leones de Brunnemeier y Konietzka. En la primavera de 1967 el Bayern daba su primer golpe en Europa: la Recopa, ganada al Rangers escocés con un gol de otro de los jóvenes de Cajkovski, Franz Roth. Añadamos al poderoso central Hans Georg Schwarzenbeck y ya tenemos el núcleo de un equipo legendario.

Para más inri, Beckenbauer había elegido el Bayern por un enfrentamiento contra el 1860 cuando era un chavalín de apenas 13 años. Un jugador de ese equipo le abofeteó en un partido. Franz, que ya había decidido ir a jugar al equipo del que era seguidor, cambió de parecer al igual que todos sus compañeros. Y se enrolaron en el Bayern. Allí se juntó con el portero al que nadie quería por su carácter irascible y el delantero al que su primer entrenador recomendó no hacerse ilusiones porque “era demasiado bajito y rechoncho para ser jugador de fútbol profesional”. Y el resto, como se suele decir, es historia.

A finales de los 60 el Bayern se sitúa como uno de los clubes de referencia en el Continente.

El segundo quinquenio de los 60 es el de la apoteosis del fútbol británico. La selección inglesa ha ganado el Mundial con una magnífica generación de futbolistas, sus clubes son referencia europea y muchas de las más reconocibles figuras e instituciones del mundo de las Islas. Jugadores como Bobby Charlton, Dennis Law, Bobby Moore, George Best, Gordon Banks o Jimmy Johnstone, técnicos como Alf Ramsey, Jock Stein o Don Revie y clubs como el United de Matt Busby, el West Ham de The Academy o el Celtic de los Lisbon Lions. El fútbol latino está en declive, y el Norte y Este de Europa toman el relevo. Se está gestando también el advenimiento del “Fútbol Total”. Holanda bulle, revolucionaria, en los terrenos de juego. Lo mismo ocurre al otro lado del Telón de Acero, en Kiev, en Praga, en Sofía, Varsovia o Bratislava. Se vienen los 70, tiempos de físico, táctica y calidad, combinados no siempre en ese orden.

Para entonces, el Bayern es ya un club septuagenario. Desde su fundación, por John Franz, hasta el reinado, curiosamente, del “Kaiser” Franz –como ya era aclamado Beckenbauer tras aquella famosa foto en Viena con la estatua de Franz Josef I- el camino ha sido enrevesadoEn los setenta, Alemania se convierte en la gran potencia del fútbol y, ciertamente, oscuro. Pero los 70 se presentan brillantes para los bávaros. Sus buenos resultados a finales de los 60 sitúan al Bayern como referente en Alemania y, con el cambio de entrenador (Branko Zebec asume el cargo), el Bayern va a conquistar su primera Bundesliga –doblete al conseguir también la Copa- y a iniciar una rivalidad que durará más de una década con el Borussia Moenchengladbach, el otro equipo en alza del fútbol teutón y que también reúne a las nuevas estrellas del fútbol alemán, como Berti Vogts, Jupp Heynckes y Gunther Netzer. La gran rivalidad de ambos clubes, siempre reforzándose, siempre innovando en su manera de jugar llevó a la selección alemana a aglutinar un increíble equipo que le permitió dominar el panorama mundial durante los setenta (campeones de Europa 1972, campeones del mundo 1974, subcampeones de Europa 1976). Además, paralelo a este crecimiento, la Bundesliga atrae a los mejores jugadores del norte, centro y este de Europa, convirtiéndose en el campeonato doméstico más potente del mundo y sus clubes son habituales en las rondas finales de cualquier competición internacional.

A comienzos de los 70, con Europa dominada por el totaalvoetbal del Ajax, el Bayern sigue creciendo e incorpora a dos jóvenes figuras de los equipos juveniles de la selección alemana que habían trabajado ya con el nuevo entrenador, Udo Lattek. Uli Hoeness es un centrocampista derecho o mediapunta y Paul Breitner un lateral izquierdo universal, con influencia en todo el campo, que se convertirá en una referencia como centrocampista a mediados de la década. Se comienza a ver al Bayern como un aspirante a ganar la Copa de Europa pero, en 1973, es aplastado por el tiránico Ajax, en una célebre eliminatoria, en el camino de los holandeses hacia su tercer entorchado consecutivo. El 4-0 recibido en De Meer es el mayor correctivo recibido nunca por esta generación de fenómenos. Y estará siempre presente en sus mentes.

Sin Cruyff, el Ajax se diluye y el Kaiser no rehuye la posibilidad de ceñirse la corona.

El Bayern venía de dominar la Bundesliga los tres años anteriores, en el 72 firmando números de récord -101 goles-, pero Europa se les atragantaba. Lattek, que había sido fichado para dotar de más solidez defensiva al alegre equipo de Cajkovski, había ya conseguido maximizar las virtudes de sus cuatro o cinco fueras de serie. Nadie evoluciona más en este período que Franz Beckenbauer, que definitivamente se asienta como líbero. Por aquel entonces, los líberos eran figuras de corte cavernario, jugadores sombríos y defensivos, a imagen y semejanza de lo que había construido Helenio Herrera en su Grande Inter. Pero Beckenbauer iba a encargarse de lavar la cara al puesto y adaptarlo a él. En el Bayern, el Kaiser Franz empezó a jugar en la línea de defensa, proyectándose hasta el medio del campo y más allá, y llevando el mando de las operaciones siempre que pudiese. Ese “siempre que pudiese” poco a poco se convirtió en “siempre que quisiese”, y eso refleja su tremenda ascendencia en cualquier partido disputado por él.

Desde esa posición retrasada, Beckenbauer lanza medidos balones largos, merced a su excelente toque con el exterior de la pierna derecha, que baten líneas y dejan a sus extremos en posiciones inmejorables para montar una contra. En defensa, qué se puede decir, un jugador no excesivamente rápido en distancias cortas, pero sí tremendamente intuitivo para los cambios de ritmo, para el posicionamiento y en el 1 vs 1.

Además de esto, Beckenbauer adelanta su posición muy a menudo para compartir la base de la jugada con Roth, en una variante tremendamente explotada por este equipo del Bayern. Si desde la defensa, el capitán alemán es capaz de batir líneas con facilidad gracias a su toque de balón, lo mismo podemos decir cuando su presenciaLa gran virtud de Franz Beckenbauer era hacer mejor a sus compañeros es en la base de la jugada o tres cuartos de campo. Además, Beckenbauer conserva cierta capacidad de desborde de su época como centrocampista ofensivo, y su disparo de lejos es muy bueno. Debemos añadir, que llegado a tres cuartos de campo -la zona de aceleración, que se suele decir-, sus combinaciones con Gerd Müller eran extraordinarias, especialmente sus paredes, capaces de desarbolar cualquier entramado defensivo. Y estamos hablando de un jugador no extremadamente habilidoso como “der Bomber”. Éste es otro mérito de Beckenbauer, hacer mejores a sus compañeros, maximizar sus virtudes. Es decir, el Kaiser, condiciona a su equipo y al contrario sea cual sea su posición en el campo. Por último, en el aspecto mental, Beckenbauer era un ganador, era un líder, un animal competitivo. El más grande de su época junto a Johan Cruyff. Beckenbauer condicionaba también desde ese nivel mental y así lo sufrieron auténticos diablos para otras defensas como fueron Rensenbrink, Lato, Gárate, Rocheteau o el mismo Ralf Edstroem. Cuando veían llegar al capitán germano, se apagaban las luces, se bajaba la persiana, y el balón desaparecía.

El Bayern, además de acumular títulos, crecía como institución: dejaba el viejo estadio de Grunwald y se trasladaba al faraónico –y terriblemente frío- Olympiastadion. Construía además una nueva sede e instalaciones en la Säbenerstrasse. Se estaban convirtiendo en un modelo de modernidad para toda Europa. Pero faltaba la coronación que sólo la “Orejona” podía dar. En 1974 el Bayern iniciaba un nuevo asalto al cetro continental con el Mundial en casa de fondo. Sin embargo, lo que sería un gran año estuvo a punto de ser un desastre desde el inicio. Cuando el equipo fichó a Jupp Kapellmann, un prometedor y técnico interior que sería campeón del mundo con la selección, se cometieron irregularidades que conllevaron una sanción económica por parte de la Federación Alemana. Se debían pagar 800 mil marcos al Colonia. El Bayern, incapaz de sufragar tamaño gasto, tiene que jugar 17 partidos en 23 días (entre amistosos para recaudar dinero, y competición oficial). Estos 17 partidos incluyen una goleada en contra por 1-5 contra el Real Madrid y la casi eliminación a manos de los desconocidos suecos del Atvidabergs. Al final, el Bayern consigue pagar, elimina a los suecos en los penalties, y no solo eso, sino que descubre a Conny Torstensson, que será un jugador importante en las temporadas siguientes para el club muniqués.

La historia de la Copa de Europa de 1974 pudo ser mucho diferente desde el inicio.

Tras superar este primer mal trago, llega otro. El bombo depara un enfrentamiento con el Dinamo Dresde, a la sazón campeón de “la otra Alemania”. Polémica política por todo lo alto. El viaje a la RDA fue una odisea para el Bayern, más preocupado por los espías de la Stasi y las amenazas –muchas veces imaginarias- que por medirse a un buen conjunto. El fútbol germano-oriental vivía un gran momento, con la selección de Georg Buschner recién clasificada para el Mundial. El Dinamo, además, venía de eliminar a la Juventus, subcampeona de Europa, en la ronda anterior. Los discípulos de Walter Fritsch a punto estuvieron de dar la campanada de nuevo, pero el Bayern consiguió salvar un empate en la ida. Los goles de Uli Hoeness y Gerd Müller se tornarían decisivos para el futuro de la eliminatoria. Sin su figura, Hans Jurgen Kreische –jugador del año en la RDA, lesionado en un partido internacional contra Rumanía-, el Dinamo fue derrotado 4-3 en el Olympiastadion, pero dejó una gran imagen ante un Bayern que no podía sufrir más. Pero estaban ya en cuartos, y el odiado Ajax había sido eliminado por los rocosos búlgaros del CSKA de Sofía.

Un CSKA que sería el siguiente rival del Bayern. En casa, una tarde de gloria de Conny Torstensson, autor de un doblete, parece sellar el pase a semifinales gracias al 4-1 que reflejaba el marcador. Torstensson a punto había estado de eliminar al Bayern con su equipo sueco, pero ahora acababa de salvarle el pellejo. En la actualidad un jugador no puede actuar con dos equipos distintos en una misma temporada europea, pero entonces sí era posible. En la vuelta, el CSKA gana 2-1 y el gol del Bayern lo marca Breitner de penalti. Será un buen indicador para lo que pasará en la final del Mundial.

En las semifinales se enfrentan el Celtic y el Atlético de Madrid por un lado, y el Bayern y el Ujpest Dozsa húngaro por otro. El Ujpest venía de eliminar al Spartak Trnava, uno de los conjuntos de moda en Europa –y seguramente el más físico junto al CSKA de Sofía- y de retirar a Eusébio del Benfica en rondas anteriores. Era un equipo con experiencia y jugadores técnicos, como Ferenc Bene, Laszlo Fazekas y los hermanos Dunai. Afortunadamente para el Bayern, Antal Dunai, uno de los mejores goleadores europeos, no estará presente. De nuevo Torstensson es decisivo en el Nepstadion de Budapest, adelantando al Bayern, aún cuando los húngaros empatarán por medio de Fazekas. En la vuelta no hay historia. Torstensson abre la lata, Horvath en propia puerta acaba con las ilusiones de los magiares y Müller añade una muesca más a su cuenta. 3-0 y a la final, donde esperaba el Atlético de Madrid, que se había plantado en ella a sangre y fuego –literalmente-, contra el Celtic.

Es una final rara, empezando porque la UEFA había decidido volver al método del partido de desempate en caso de igualada. El miércoles 15 de mayo, en Bruselas, Luis Aragonés marca su gol más importante con una falta directa en la prórroga. El Bayern nunca ha logrado imponer su juego y en el minuto 119 se salva de la derrota con un increíble gol de Schwarzenbeck, que tenía un cañón en sus botas, aunque muy poco reconocido. El portero Miguel Reina pone su granito de arena también. El Atleti está roto y no se recuperará nunca. El viernes, día de la repetición, el Bayern arrasa a los españoles con dos goles de Müller y dos de Hoeness, inspirados por los pequeños Kapellmann y Torstensson, los dos hombres que a punto habían estado de destrozar las ilusiones del Bayern a inicios de año.

Lo más difícil para un campeón es siempre defender el título.

Tras la coronación en tierras belgas, terreno propicio para los jugadores del Bayern, ya que algunos se habían proclamado campeones de Europa de selecciones dos años antes en Bruselas, llegó el momento del Mundial disputado en casa. El grupo del Bayern, siempre en equilibrio de fuerzas con el de Moenchengladbach, toma el poder de la selección tras varios motines y la RFA se proclama campeona del mundo. La larga temporada 73-74 no puede tener mejor balance. El verano, sin embargo, ve como uno de los hombres clave del equipo, el joven radical, rebelde, maoísta afro, activista político y enamorado del dinero, Paul Breitner se va al Real Madrid. Un contratazo, la actitud paternal de Santiago Bernabeu, la presencia de Netzer, el sol y el interés sociológico por ver cómo se vivía bajo una dictadura fueron las razones que le llevaron al Madrid. Razones muy de Breitner, desde luego.

El Bayern sufre una pequeña renovación, y el estado físico de sus mejores jugadores está bajo sospecha. Comienzan la temporada de manera horrible e incluso el Kickers Offenbach les mete seis. Esa pequeña crisis pone en duda incluso la continuidad de Lattek, aunque este renovará. La buena noticia reside en los galones que asume Kapellmann, cuya labor en el centro del campo hace olvidar temporalmente a Breitner.

El Bayern, como campeón, queda exento de la primera ronda eliminatoria, pero luego el bombo lo vuelve a llevar a la RDA. Nunca lo pasará bien el club bávaro en la Alemania comunista, y en este caso sólo Gerd Müller le salva ante el Magdeburgo, campeón de la Recopa y base de la selección germano-oriental que habíaLa Copa de Europa de 1975 estuvo repleta de equipos muy coquetos derrotado a la RFA en el Mundial. El Bayern remontó un 0-2 adverso en el Olympiastadion y sufrió en el Ernst-Grube de Magdeburgo ante un conjunto en el que Jürgen Sparwasser destacó en toda la eliminatoria, marcando en ambos partidos. Mientras el campeón se lamía las heridas, Europa disfrutaba del Leeds United –ya sin Brian Clough, tras sus nefastos 44 días-, que eliminaba al Ujpest, semifinalista el año anterior, aplaudía la solidez del Barcelona de Cruyff y Neeskens, que pasaba con suficiencia ante el potente Feyenoord –intenso duelo entre los dos estandartes del Ajax y van Hanegem-, redescubría a Rob Rensenbrink –que con un hat trick trituraba al Olympiakos- y se mordía las uñas ante el duelo de dos de los equipos más excitantes de Europa: el Hajduk Split ganaba 4-1 al St.Etienne en casa mientras que los franceses remontaban en el Geoffroy Guichard por 5-1.

El Ararat Erevan, campeón soviético, esperaba en cuartos. Un equipo eminentemente defensivo y que tenía en el goleador Eduard Markarov a su mayor amenaza. El 2-0 de Munich puso al Bayern en buena situación, pero Andreasian adelantó pronto al Ararat en la vuelta y, cómo no, los alemanes acabaron pidiendo la hora. Pero vivos. Mientras, el Leeds eliminaba al Anderlecht –último partido de Paul van Himst en Europa- y el St. Etienne salía vivo de Polonia con un 3-2 en contra que remontaría en casa. A mediados de los 70, Chorzow era uno de los campos más difíciles y la selección inglesa puede dar buena cuenta de ello. Por su parte, el Barcelona, que había sido emparejado con la perita en dulce, el Atvidaberg, pagó 75000 dólares a los suecos y jugó los dos partidos en el Camp Nou: 2-0 y 3-0. Aunque había sido una práctica habitual para los partidos de desempate o para una eliminatoria ya sentenciada, no lo era antes de empezar una eliminatoria.

Antes de las semifinales el Bayern cesó a Udo Lattek. El equipo no tenía buenos resultados en liga, sufría ante cualquier rival y además, estaba enfrentado con Beckenbauer. Su sustituto fue Dettmar Cramer, un auténtico estudioso táctico, que en ese momento trabajaba para la FIFA, pero queDettmar Cramer cogió las riendas del Bayern a mitad de temporada había sido asistente de Helmut Schön durante años en la selección. La prueba de fuego para Cramer era enfrentarse al St.Etienne en la Copa de Europa. Nadie iba con el Bayern. Los franceses habían conquistado al pública con su espectacular fútbol, muy técnico, lleno de pasión, y con el ambiente en su estadio. En la ida en Francia el Bayern jugó mal. Plano y defensivo, lo volvió a salvar la figura de Sepp Maier. Excepcional en los balones por alto y genial en dos disparos de Triantafilos y Larqué. No había mejor portero que él en partidos de alta presión. En la vuelta, la magia de Beckenbauer decidió la semifinal. En el primer minuto de partido unió elegancia y contundencia en una de sus subidas al ataque con el balón controlado. Presionado por Larqué, y con el resto de defensores franceses esperando el centro, el Kaiser lanzó un disparo inapelable que Curkovic sólo pudo ver pasar. Aquel antológico gol marcó la diferencia y les Verts no supieron recuperarse en el resto del encuentro. Volverían, pero no este año. El Bayern defendería en París su corona Europea.

Fue ante el Leeds, ganador de una bronca eliminatoria contra el Barcelona. Los ingleses, que habían sufrido una gran crisis a inicios de año con la contratación de Brian Clough, eran ahora un equipo con una sola misión: coronarse campeones de Europa y cerrar el ciclo victorioso de Don Revie –aunque ahora este fuese seleccionador inglés y el entrenador fuese Jimmy Armfield, el Leeds seguía siendo el equipo de Revie-. Un equipo veterano y contundente, pero también buenísimo, personificado en Billy Bremner, Norman Hunter y Johnny Giles. El protagonista, sin embargo, fue el colegiado del encuentro, el francés Kitabdjian, que perjudicó claramente a los ingleses, a los que escamoteó un penalti clarísimo de Beckenbauer a Allan Clarke. El Leeds dominó claramente ante un Bayern defensivo y dubitativo, lastrado por las lesiones de Bjorn Andersson –agredido por Terry Yorath- y Uli Hoeness en la primera parte. Los ingleses no se cortaron a la hora de marcar territorio, y Joe Jordan, el “Tiburón”, abrió una ceja a Beckenbauer de un codazo. Partido bronco, de pierna dura, resuelto por los de siempre: Franz Roth –el D’Artagnan del Bayern, el tipo del que nadie habla pero siempre está- y Gerd Müller. Increíblemente, los bávaros retenían el título.

El camino a la tercera corona también estuvo salpicado de baches. Una prueba de carácter.

La edición 1976 de la Copa de Europa presentaba un reto formidable. Para el Bayern, cuyos jugadores ya habían ganado todo, significaba asentarse como uno de los conjuntos más dominantes de la historia. Además, el nivel era alto, ya queLa Copa de Europa de 1976 reunía a los tres campeones europeos esta edición contaba con los tres campeones continentales: el propio Bayern, el Dinamo de Kiev de Valeri Lobanovskiy, campeón de la Recopa y el Borussia Moenchengladbach, campeón de la UEFA y ganador de la Bundesliga. Además estaba el equipo favorito de Europa, el St.Etienne, el muy buen Derby County –que se había reforzado excelentemente, Charlie George incluído- o el Real Madrid. Por si no hubiese pocas rivalidades y alicientes ya, el Dinamo vapuleó al Bayern en la Supercopa de Europa, con una auténtica exhibición de Oleg Blokhin, el futbolista más en forma del Continente. Por si los problemas no fuesen pocos, Gerd Müller se rompe para varios meses en la vuelta contra el Dinamo y el Bayern tendrá que aprender a vivir sin él.

Una vez más exento de la primera ronda, el Bayern se encomendó a Conny Torstensson para superar al rocoso Malmoe. En el resto de partidos, el Benfica superaba al Ujpest tras una lluvia de goles (6-5 el global), la Juventus parecía no tomarle la medida a la Copa de Europa y caía ante el Borussia Moenchengladbach, el Real Madrid protagonizaba una de sus primeras noches de “Miedo Escénico” para remontar ante el Leeds, el Dinamo ni se despeinaba ante el modesto Akranes, el espectacular Hajduk Split de Ivan Buljan, Ivica Surjak y Slavisa Zungul derrotaba a los campeones belgas del Molenbeek, el PSV daba un golpe de autoridad en Chorzow y el St. Etienne eliminaba al Rangers con más suficiencia en el terreno del juego que en el marcador.

Tras el parón invernal, los cuartos de final se disputaron en marzo, y el Bayern estaba ya prácticamente descartado en la liga. Al menos Müller había vuelto a jugar y Karl-Heinz Rummenigge, de 19 años, era la nueva sensación en la delantera muniquesa. Beckenbauer había declarado que lo habían pasado mal, pero que esta sería “la primavera del Bayern”. No pareció equivocarse cuando los de Dettmar Cramer, desatados, vapulearon al Benfica por 5-1 en el Olympiastadion para sellar su pase a semifinales. Allí esperaba el Real Madrid, verdugo de un Moenchengladbach que era una locomotora y lideraba la Bundesliga muy por encima del Bayern. Por el otro lado iban el St.Etienne, victorioso en una épica eliminatoria contra el Dinamo de Kiev –partido en el barro de Simferopol incluído- y el PSV que había remontado un 2-0 adverso ante el Hajduk.

Esas semifinales son el primer episodio de una rivalidad legendaria, una de las pocas de magnitud continental que se conocen. El Bayern y el Madrid se midieron de poder a poder en el Bernabeu. Breitner no pudo jugar, pero los demás rindieron admirablemente, desdeLas semifinales ante el Madrid fue el primer episodio de su rivalidad un motivado Netzer –viejas rencillas- al veterano Amancio, que disputaba su última temporada. El Bayern, que alineaba una delantera con Hoeness, Müller y Rummenigge por delante de un centro del campo eminentemente trabajador –Horsmann, Roth, Durnberger y Kapellmann-, empató el gol de Roberto Martinez poco antes del descanso. En la segunda parte hizo su aparición “el Loco del Bernabeu”, un aficionado que intentó agredir al colegiado Linemayr y que fue reducido con contundencia por un Sepp Maier que nunca estaba de broma. En la vuelta, con Breitner, un doblete de Gerd Müller antes de la media hora liquidó al Madrid. Amancio se hizo expulsar a un minuto del final al pegarle un patadón al balón cuando no estaba en juego. Nunca más pisaría la Copa de Europa. El Bayern, por su parte, continuaba vivo y viajaría a Glasgow para su tercer final consecutiva. Esta vez contra el equipo que representaba el estilo opuesto al alemán, el Saint Ettiene de Robert Herbin.

Los franceses habían derrotado en una eliminatoria cerradísima al PSV, donde Jan van Beveren, el excelente guardameta al que Cruyff había vetado en la selección, fue un muro tras recibir el gol de Jean Michel Larqué a los quince minutos del partido de ida. No hubo más.

En la final, les Verts dominaron al Bayern casi por completo. Larqué era el cerebro de un equipo en el que los hermanos Revelli eran claves en ataque, mientras Janvion y, sobre todo, el argentino Osvaldo Piazza cerraban la defensa. Incluso tenían su joven figura atacante en Dominique Rocheteau, aunque este solo entró en el tramo final del partido. No hubo mucha historia. Los franceses dominaron la pelota, intentaron aplicar su ritmo y su estilo atacante, pero este era el que mejor le iba al Bayern, que se sintió cómodo esperando atrás salvo en contadas ocasiones –como el cabezazo al larguero de Jacques Santini- y saliendo a la contra. Incluso reclamaron gol en un remate que Ivan Curkovic paró en la línea de gol. Finalmente, faltando media hora, una falta se tornó decisiva. Franz Roth, por tercera final en su carrera, marcaba un gol decisivo con un potente disparo ante el que el guardameta yugoslavo poco pudo hacer. Se clamó por la injusticia del fútbol, pero el Bayern había sellado su tercer año de dominio inapelable. Y lo corroboraría conquistando la Intercontinental ante el Cruzeiro de Jairzinho, en lo que sería su primera participación tras haber renunciado en sus dos primeras oportunidades.

El inevitable declive mermó al Bayern, a sus arcas, y abrió Europa a nuevos equipos.

La paulatina marcha de sus figuras, ya envejecidas, impedirá al Bayern mantener su dominio a nivel continental, y también a nivel nacional, ya que emergen nuevas potencias en la Bundesliga, como el Colonia y el Hamburgo. Beckenbauer se va al Cosmos de Nueva York en 1976 dejando al equipo huérfano de liderazgo, Müller sigue sus pasos en 1979 (se incorpora al Fort Lauderdale Strikers), justo en el año en que Hoeness sufre una grave lesión y Maier un accidente de tráfico que los lleva al retiro. Sólo la vuelta de Paul Breitner (tras su paso por Real Madrid y Eintracht Braunschweig) y la consolidación de Karl-Heinz Rummenigge permiten al Bayern mantener el tipo durante la travesía del desierto en los últimos 70 y primeros 80. “Breitnigge” mantendrá al Bayern en la pomada durante esta época, e incluso se jugará una nueva final de Copa de Europa, perdida sorprendentemente contra el Aston Villa. El club incluso pasa por una crisis económica que el traspaso de Rummenigge al Inter en 1984 aliviará.

Sin embargo, el momento que mejor definirá este momento de declive, y el papel del Bayern como ogro eterno del fútbol europeo que la generación imperial de Beckenbauer moldeó se dio en 1978. El Bayern fue el invitado al partido de despedida de Johan Cruyff en el Ajax. Lo que se esperaba fuese un plácido amistoso para despedir a la leyenda holandesa fue aprovechado por los bávaros para saldar viejas cuentas: el Bayern aplastó al Ajax por 0-8, ante la atónita mirada de los presentes en estadio ajacied. Porque el Bayern, como buen ogro, como buen malo de película, gane o pierda, no olvida.


11 comentarios

  • MarcGallagher74 29 abril, 2014

    Muchas gracias por el artículo Vil, tremendo!

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  • Abel Rojas 29 abril, 2014

    Chicos, los comentarios están para hablar del Bayern Múnich, de sus leyendas y del artículo de Sergio Vilariño.

    En Ecos no se critica la labor de otros profesionales. Por favor, tengámoslo claro.

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  • @smiguelh 29 abril, 2014

    Me encantas estos artículos, se aprenden un montón sobre el contexto y las rivalidades actuales.

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  • @migquintana 29 abril, 2014

    Impresionante, Vil.

    Resulta muy curioso, por cierto, el factor azar que siempre está presente a la hora de formar estos equipos de leyenda. Fichajes que se cierran por casualidad, jugadores que llegan rebotados rompiendo sus planes iniciales, lesiones que ayudan al nacimiento de otras leyendas… Parece que la Copa de Europa te elige a ti, no al revés.

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  • Vilariño 29 abril, 2014

    Es que eso parece, que te elige a ti. En el caso del ciclo del Bayern es increíble la cantidad de anécdotas y casualidades que hay en apenas cuatro años. Y no digamos ya de polémicas y partidos cargados de morbo. Los 70 se prestan mucho a todas estas cosas, y creo que en el artículo se refleja bien.

    Otra cosa que me encanta de esa década, es que todavía hay muchos estilos reconocibles en el fútbol europeo (y mundial). Sus enfrentamientos son épicos.

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  • @snedecor_rdn 29 abril, 2014

    Espectacular repaso. Sobre la figura de Dettmar Cramer escribí algo hace unos años. Ya había sido asistente de Herberger en 1954 y luego se recorrió medio mundo con la FIFA abriendo escuelas de fútbol y de entrenadores, colaboró en la creación de la liga japonesa y trabajó para la selección nipona en los JJ.OO. de 1964 y 1968 (fueron bronce en México), y entre medias acudió como ayudante de Schon a Inglaterra'66. Cuando le llamó el Bayern en 1975 acababa de ser nombrado seleccionador de Estados Unidos, luego anduvo por Arabia, Malasia, Tailandia… en fin, un auténtico maestro.
    http://www.theflagrants.com/blog/2010/08/el-futbo

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  • Abel Rojas 29 abril, 2014

    Snedecor no le anda a la zaga a nuestro Vilariño. Vaya cracks pululan por la red.

    @ Vilariño

    Vamos a jugar ^^

    ¿Cómo sería el Bayern 70-Madrid actual tras el 1-0 de la ida? 😛

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  • MarcGallagher74 29 abril, 2014

    @Abel

    Cierto Abel.

    Ganar 3 años consecutivos la Copa de Europa es alucinante, es que es normal que se creara esa fama de equipo que tuvo varios momentos de fortuna y polémicas arbitrales que no es más que el reflejo de odio y respeto por esa dominación tan brutal.

    Y la exuberancia de equipos y estilos de la época, un gran ejemplo del contexto social en una Europa que aún mantenía diferencias muy marcadas entre países vecinos.

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  • Jorge 29 abril, 2014

    Pero bueno! Pero que barbaridad de articulo! Es que esta pagina se supera dia a dia y, cuando parece imposible llegar mas alto… zas! Os marcais este articulazo.

    Trabajo en EEUU y en dias como hoy llego dos horas antes a la oficina para leerme todos vuestros articulos antes de echar por tierra toda la productividad del dia. Hoy me he extendido ya un poco mas de la cuenta, sobre todo porque a las 14:45 tengo cita con "el fisio". Cinco horas quedan…

    Enhorabuena a todos, incluidos los comentaristas.

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  • Vilariño 29 abril, 2014

    @Abel

    Pues dependería mucho de si ese Bayern setentero incluyese a Breitner (1974), o no (resto del ciclo). Con Breitner y Beckenbauer incorporándose al medio creo que la dominación alemana podría ser aún más grande. Por números y por físico. Sin Breitner, la labor del Kaiser incorporándose a la base de la jugada sería aún más importante. Los restantes tres defensores siendo jugadores netamente defensivos (valga la redundancia), y los centrocampistas, salvo Hoeness y quizá Kapellmann, siendo de ese corte también, la capacidad de Beckenbauer para construír sería decisiva.

    En todo caso, los arreones de ese equipo eran tremendos, muy difíciles de parar. Por físico y por movilidad, nadie te iba a quitar esos 10-15 minutos de "yunque" mientras los alemanes eran el "martillo". Müller fijando centrales, Rummenigge y Torstensson con las diagonales, Hoeness apareciendo por todo el frente de ataque…y luego los excelentes disparos desde lejos de gente como Beckenbauer, Roth, Schwarzenbeck (muy infravalorados), e incluso Breitner convertían a este equipo en un conjunto que mezclaba registros de manera admirable. Quizá eso era lo que los hacía tan competitivos. Su capacidad para cambiar en función del rival y adaptar sus armas para hacer el mayor daño posible. De ser un martillo pilón contra el Dinamo de Kiev, por ejemplo, a ser esperar muy atrás contra el Saint Etienne iba un paso.

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  • uruguayoafull 30 abril, 2014

    EXELENTE ARTICULO.

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