El conde


“Cuando Mario Heras citó a Alfonso de la Dehesa en el reparto de petos del equipo suplente, el Conde no hizo amago de ir a recoger la prenda confiado en un, más que probable, lapsus del mister. Pero la rectificación no llegó y un silencio embarazoso terminó sustituyendo al habitual bullicio previo a la pachanga. A la segunda llamada del entrenador, el Conde apareció por fin de entre el tumulto, parapetado tras una sonrisa grotesca que, lejos de camuflar, resaltaba aún más su desconcierto.

-De nada sirve resistirse a lo inevitable – le advirtió el técnico.

Mario Heras sabía que de la Dehesa no era un jugador cualquiera. El Conde había impulsado a la Unión Deportiva a la conquista de sus más prestigiosos logros. La institución había alcanzado un orden superior merced a sus goles, su abnegada entrega y su notable carisma . A sus treinta y tres años, el delantero constituía, no solamente, el jugador más importante de la historia del club sino, de alguna manera, el club en sí mismo.

Pero para el entrenador de la Unión ya no había marcha atrás. Los mejores días del Conde formaban parte del pasado. Desde hacía dos temporadas, su rendimiento había decaído progresivamente. Su presencia en el once no solo mermaba las posibilidades del equipo sino que obstaculizaba cualquier posibilidad de regeneración.

-¿Se hace a la idea de lo que significa el Conde para nosotros? – le espetó el presidente nada más conocer el suceso.

-Sin duda – asintió el técnico -. Pero también soy consciente de lo que supone el paso del tiempo para cualquiera.

El día del partido, la plantilla atendió con inusitada expectación la anotación del once titular en la pizarra. Mario Heras percibió, a su espalda, el runruneo que prendía entre el corrillo de jugadores al desvelarse el último nombre que excluía al Conde de la partida. El rumor se propagó con rapidez por los pasillos y posteriormente prendió sin control por toda la grada. El rechazo fue unánime. De nada sirvió el primer punto obtenido tras cuatro derrotas seguidas. La afición coreó el nombre del Conde como si no hubiese más disputa que la que presumiblemente ahora sostenían el delantero y su técnico.

Pero lejos de enrocarse en su postura, Mario Heras confiaba en solventar el desencuentro. Transcurridos unos días, citó al jugador a una reunión vespertina. Deseaba confesarle la ausencia de prejuicios en sus decisiones. Confirmarle que, pese a que él oficiaba de verdugo, no había más juez que la manija del reloj y más condena que un adiós ineludible. Y en este tránsito que debía recorrer, él estaría de su lado. Mario Heras conocía el sabor amargo del ocaso. Sabía, por propia experiencia, que ningún jugador estaba preparado para admitir el principio del fin.

Por ello no dejó de sorprenderse cuando Alfonso de la Dehesa se presentó con la mejor predisposición a su despacho: extremadamente amable y jovial y haciendo gala de la elegancia que le había granjeado su apodo nobiliario. Ni rastro del jugador que, tan solo hacía unos días, le había negado con arrogancia el saludo y la palabra.

-Permítame que me disculpe por mi comportamiento reciente -. Se mostró conciliador.

Pero el técnico agitó su mano quitando trascendencia al hecho. Se sentía admirado por la prontitud con la que el Conde había digerido su deriva.  Mario Heras se explayó destacándole la importancia de culminar una carrera con dignidad. Disertó sobre la virtud de reconocer los propios límites y sobre la capacidad de regenerarse en nuevos ámbitos y tareas.

De la Dehesa asintió complacido y le transmitó su alivio y agradecimiento por sus palabras. Sorprendido, Mario Heras entendió que aquella magnanimidad resultaba excesiva, incluso, para alguien tan excepcional como el Conde. Solo cuando ya era demasiado tarde y la firmeza y suficiencia de su interlocutor emergieron sin disimulo, el todavía entrenador de la Unión Deportiva empezó a comprender que en ningún momento se había estado dirigiendo a un subordinado, ni a alguien de gran trascendencia en el club, sino, propiamente, al club en sí mismo.

-Mister. – Le estrechó la mano -. Todos en el equipo le echaremos en falta.

Mario Heras no replicó. De nada servía resistirse a lo inevitable”.

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1 comentario

  • @feli_grana 29 diciembre, 2015

    El Conde, Raúl y Luis Aragones, por suerte para nosotros, el final cambió

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