La alfombra de Wenger

El pecado original del juego del Arsenal se ubica en su ataque organizado, justo al percibir que la circulación no conllevó la pequeña ventaja y aún menos un dónde y un cuándo para el cambio de ritmo. Entonces, alegremente, los centrocampistas deciden ensanchar la medular, abren su posición, movimiento que sin duda ofrece alternativas ofensivas. Se recibe más y mejor por fuera, y se da pie a la sorpresa por dentro. El semáforo se pone en ámbar, se asume el riesgo y la pelota se pierde. El carril central está despejado. Evitar un contraataque peligroso es misión casi imposible.

La constancia del error, partido a partido durante casi ya un lustro, y los kilómetros corridos hacia atrás, en situaciones de milagro o gol, terminaron por hacer más mella en la moral que en las piernas del grupo. La autoestima sobre el césped es la base de la precisión, técnica y analítica. Erradicar vicios del juego, una tarea ineludible para el entrenador competitivo, aparentemente aparcada por un Wenger que tiene margen de maniobra al respecto en forma de talento. En un momento de muy justificadas dudas institucionales, cicatrizar una herida táctica puede ayudar a detener la hemorragia.

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