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	<title>Ecos del Balón &#187; Cuentos Ecos</title>
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	<description>En fútbol nadie tiene razón.</description>
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		<title>El innombrable</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Jun 2013 01:55:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Juan Carlos Paz se detuvo frente al innombrable con las últimas gotas de la ducha aún serpenteando sobre su piel. El capitán permaneció inmóvil frente a su compañero y le atravesó con una mirada que le ratificaba como culpable. Al poco, todo el vestuario le observaba con idéntico veredicto. El innombrable se sabía descubierto. Acababan [&#8230;]]]></description>
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<p style="text-align: justify;">Juan Carlos Paz se detuvo frente al innombrable con las últimas gotas de la ducha aún serpenteando sobre su piel. El capitán permaneció inmóvil frente a su compañero y le atravesó con una mirada que le ratificaba como culpable. Al poco, todo el vestuario le observaba con idéntico veredicto. El innombrable se sabía descubierto. Acababan de perder. Una derrota más. Otra vez con él.</p>
<p style="text-align: justify;">Tan sólo era un niño cuando tuvo constancia de su cruz. Aunque su entorno escolar, obnubilado por su habilidad con el balón, fue reacio a relacionarlo con el infortunio, resultaba inevitable que terminara prendiendo la sospecha: el innombrable jamás había ganado un partido. Sus compañeros de clase, sorprendidos por el sino de quien parecía agraciado con un don para jugar al fútbol, escudriñaron en sus recuerdos e hicieron cábalas. Finalmente, nadie pudo atestiguar haber ganado en su compañía.</p>
<p style="text-align: justify;">Anticipándose al repudio, el muchacho declinó participar en más encuentros en el colegio. No obstante, renunciar a lo que más le apasionaba le resultó tan imposible como ahuyentar a la derrota. Su único deseo era jugar. Cada tarde, arrastrado por un impulso irrefrenable, tomaba el autobús y se apeaba en cualquier lugar donde todavía no llegaran noticias de su mal fario. No le costaba ser aceptado en las escaramuzas balompédicas que se libraban en plazas, parques y descampados. Al tomar contacto con el balón, los testigos caían rendidos víctimas del mismo encantamiento con el que el innombrable cautivaba a la pelota.</p>
<p style="text-align: justify;">Integrarse en un grupo y ser admirado. Jugar y perder. Ser descubierto y buscar otro destino. En ocasiones algunos clubs de categoría superior se hacían con sus servicios incapaces de valorar, ni remotamente, la posibilidad de que aquél fenómeno fuese el culpable de la fatídica racha que asolaba a su equipo. Cuando daban cuenta de su error, o poco antes, al iniciarse el rumor previo a la constatación, el innombrable desaparecía en busca de un nuevo punto de partida.</p>
<blockquote><p>-Debe abandonar la institución &#8211; le comunicó un entrenador al finalizar la sesión preparatoria -. A lo largo de mi carrera he entrenado a pocos futbolistas de su categoría. Pero no puedo revertir un imposible.- Agachó su rostro apesadumbrado -. Siento ser tan duro, pero a partir de hoy su nombre no volverá a ser pronunciado en esta casa.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Cambiar de identidad fue un recurso necesario para evitar la asociación establecida con su gafe. No bastaba con huir cada vez un poco más lejos. La clandestinidad era la única vía para seguir jugando. El nombre cargaba con la culpa y él lo desechaba, con el peso del infortunio, a cada nuevo destino.</p>
<p style="text-align: justify;">El innombrable ya contaba con cuarenta y cuatro años cuando, a raíz de una conversación ajena, escuchada en la barra de un bar, supo de la existencia de un conjunto que había perdido todos los encuentros disputados en liga local. Se trataba de una formación constituida por una asociación de vecinos a modo de actividad lúdica para sus miembros. El grupo lo conformaba un elenco de lo más variopinto: desde adolescentes bulliciosos, pasando por padres de familia tratando de retomar el contacto con sus cuerpos, hasta jubilados en busca de una experiencia más vertiginosa que la caída de los naipes sobre el tapete.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando antes de iniciarse la nueva temporada el innombrable hizo acto de presencia en la explanada donde algunos de ellos efectuaban un simulacro de entrenamiento semanal, ninguno de los congregados pudo dar crédito a lo presenciado. ¿Por qué alguien así se prestaba a participar de un despropósito como el que ellos conformaban? Ni tan siquiera en los mejores equipos de la competición doméstica contaban con un jugador con la calidad que demostraba, en cada acción, aquel misterioso candidato.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando comenzó el campeonato y el equipo de la Asociación cosechó derrota tras derrota, un atisbo de desilusión se apoderó de un vestuario que antes de su flamante fichaje destacaba por su buen ánimo. Tras la disputa de la décima jornada y con el casillero de puntos aún a cero, el grupo le comunicó que deseaban hablar con él. Aunque era la misma escena tantas veces vivida a lo largo de su vida, el innombrable no pudo evitar una sensación de desamparo cuando el más veterano tomó la palabra para emitir el veredicto:</p>
<blockquote><p>-Es evidente que no somos iguales… Eres un formidable jugador… Pero nos gustaría saber… – Se llevó la mano a la cara para ocultar su vergüenza -. ¿Cómo es ganar?</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Un ceremonial silencio se sostuvo mientras el innombrable cogía aire para recuperarse del sobresalto.</p>
<blockquote><p>-Ganar… &#8211; No pudo evitar sonreír -. Ganar es como vosotros.</p></blockquote>
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<p><a href="http://www.ecosdelbalon.com/2015/12/archivo-cuentos-futbol-literatura"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/00.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a> <a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/05/la-familia/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/02.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a></p>
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		<title>La familia</title>
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		<pubDate>Fri, 03 May 2013 01:00:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Cuentos Ecos]]></category>
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		<description><![CDATA[Cada vez que el juego se detenía, Gallardo desviaba su atención hacia el asiento de enfrente con la vana esperanza de encontrar a don Pedro. San Millán ganaba uno a cero, pero esta vez el resultado resultaba intrascendente. El ambiente era de un desconsuelo indisimulado. La presencia de un nuevo socio en la primera fila [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><iframe width="100%" height="120" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?url=https%3A//api.soundcloud.com/tracks/235437448%3Fsecret_token%3Ds-pZzmS&amp;color=00bcf2&amp;auto_play=false&amp;hide_related=false&amp;show_comments=true&amp;show_user=true&amp;show_reposts=false"></iframe></iframe><span id="more-65852"></span></p>
<p style="text-align: justify;">Cada vez que el juego se detenía, Gallardo desviaba su atención hacia el asiento de enfrente con la vana esperanza de encontrar a don Pedro. San Millán ganaba uno a cero, pero esta vez el resultado resultaba intrascendente. El ambiente era de un desconsuelo indisimulado. La presencia de un nuevo socio en la primera fila del segundo anfiteatro, justo en la butaca que, desde hacía ocho temporadas, ocupara don Pedro, había sido interpretada como un indicio trágico. Los habituales del sector guardaban un sepulcral silencio incapaces de eludir el recuerdo de su compañero.</p>
<p style="text-align: justify;">Para Juan Antonio Gallardo sus vecinos de grada constituían una segunda familia. Durante su vida, había cambiado cíclicamente de círculo de amistades, de compañeros de trabajo, incluso, por dos veces, de mujer. La gente del estadio, en cambio, se había mantenido como una constante imperturbable. Tras quince años compartiendo emociones y tedio, todos sabían someramente de la vida del resto. Todos reconocían sus caracteres y rarezas. Todos se hacían compañía a su manera. Pese a su evidente singularidad, don Pedro no constituía una excepción al caso.</p>
<p style="text-align: justify;">En sus primeros días, fue recibido con cierta desconfianza. Pronto constataron que no mostraba ningún tipo de efusividad hacia el equipo. Llegaba, saludaba y permanecía en silencio, impasible, como si en vez de a un partido acudiese a un museo. Su mismo porte, siempre con traje y corbata, resultaba poco acorde a las circunstancias. Pero paulatinamente fue integrándose en el grupo, aceptando algún ofrecimiento, atendiendo a los partes radiofónicos de los aficionados próximos, sonriendo ante la exaltación de los más desaforados y sobre todo dialogando, aunque de forma escueta, con Gallardo, sito a sus espaldas.</p>
<blockquote><p>-Hoy lo veo bien.- Ladeó un poco su cara para que el de atrás le escuchase -. Tiene un gran dominio del espacio. Y criterio. El criterio es fundamental.</p>
<p>-¿Se refiere a Chicote? &#8211; le preguntó Gallardo, sorprendido por el acercamiento.</p>
<p>-No, tan solo hablaba del colegiado &#8211; replicó el misterioso caballero.</p></blockquote>
<p>Pese a las estériles tentativas de Gallardo por retomar la comunicación, no volvieron a tratarse hasta que pasadas varias jornadas don Pedro insistió con el mismo tema.</p>
<blockquote><p>-No recula bien.- Parecía enojado –. Hay conceptos básicos. Como recular de espaldas. Me parece que hoy tocará sufrir.</p>
<p>-¿Es usted árbitro? &#8211; le interrogó Gallardo buscando una explicación a su querencia arbitral.</p>
<p>-¿Yo?- respondió con semblante adusto -. En absoluto.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Nunca nadie consiguió descubrir las razones de aquella inusual afición. Pero, con independencia de los motivos que le impulsaran a pagar su cuota de socio, don Pedro jamás mostró interés por el juego ni por el resultado. Su indiferencia por el San Millán fue tal que en sus inicios propició más de un roce con aquellos que no aceptaban su neutralidad. Y es que, ante la toma de decisiones por parte del colegiado, don Pedro manifestaba su discrepancia o satisfacción con independencia de quien resultase beneficiado. En ocasiones puntuales, se alzaba para aplaudir un pitido que apreciaba de especial mérito. En otras, se desesperaba por la falta de tino. Con el paso del tiempo, la gente del segundo anfiteatro comenzó a aceptarlo como un personaje excéntrico e, incluso, a considerarlo como una referencia a la hora de valorar las decisiones del referí.</p>
<blockquote><p>-¿Vio en televisión la repetición del penalti? &#8211; le consultaron en cierta ocasión.</p>
<p>-No veo imágenes en diferido.- Se mostró tajante -. El fútbol es fruto de sus circunstancias. Resulta absurdo juzgar un acto que solo se debe a su momento. El ruido de la afición, la luz en el estadio, la disposición de los participantes, su estado de ánimo, el guión del partido, las circunstancias atmosféricas&#8230; infinidad de elementos inciden en la decisión. Analizar una repetición es como tomar declaración a un muerto.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">A comienzos de temporada, don Pedro comenzó a faltar con frecuencia. En sus reapariciones se mostraba apagado, cada vez menos proclive a sus habituales análisis arbitrales. En mitad de campeonato, su deterioro físico se hizo patente. Demacrado y enjuto, le afectaba una tos desgarradora que en ocasiones le obligaba a ausentarse en mitad de partido. Tras tres meses de ausencia, en su siguiente visita a final de temporada, don Pedro había perdido todo su cabello. Pese a la emoción, sus vecinos del segundo anfiteatro le mostraron su afecto con la misma discreción que él acostumbraba. Finalmente, un día dejo de asistir.</p>
<p style="text-align: justify;">Una vez más, Juan Antonio Gallardo desvió su atención hacia el asiento de enfrente. El joven socio que por primera vez ocupaba su localidad aún no había recibido una señal de acogida de su nueva familia. La grada permanecía callada, condicionada por una presencia que, involuntariamente, certificaba una pérdida dolorosa. Juan Antonio aprovechó una falta en la medular para romper el hielo.</p>
<blockquote><p>-Hoy lo está bordando.- Se inclinó hacia delante para que el chico les escuchase con nitidez -. Es de esos días en que todo le sale bien.</p>
<p>-¿Lo dice por Chicote? -. Sonrió el joven.</p>
<p>-¡No!– negó Gallardo como si se tratase de una obviedad -. Me refería al colegiado.</p></blockquote>
<p style="text-align: center;">···</p>
<p><a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/06/el-innombrable/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/01.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a> <a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/04/como-la-vida-misma/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/03.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a></p>
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		<title>Como la vida misma</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Apr 2013 01:00:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
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		<description><![CDATA[-¿Qué mira usted todo el rato? &#8211; preguntó don Andrés al recién llegado. -La pelota.- Le contestó el otro anciano que mantenía su mirada al cielo. -¿Qué pelota?- Se sentó a su lado. -La que cae sobre el área. -¡Pero si esto es el jardín de la residencia! -Eso lo dice porque no tiene miedo. [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><iframe width="100%" height="120" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?url=https%3A//api.soundcloud.com/tracks/235437446%3Fsecret_token%3Ds-5Agkc&amp;color=00bcf2&amp;auto_play=false&amp;hide_related=false&amp;show_comments=true&amp;show_user=true&amp;show_reposts=false"></iframe><span id="more-64613"></span></p>
<blockquote><p>-¿Qué mira usted todo el rato? &#8211; preguntó don Andrés al recién llegado.<br />
-La pelota.- Le contestó el otro anciano que mantenía su mirada al cielo.<br />
-¿Qué pelota?- Se sentó a su lado.<br />
-La que cae sobre el área.<br />
-¡Pero si esto es el jardín de la residencia!<br />
-Eso lo dice porque no tiene miedo.<br />
-¿Miedo? ¿Miedo a qué?<br />
-A que un peligro se precipite sobre usted en el momento más inesperado.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Y entonces don Andrés alzó el rostro como si, ahora también, él esperase que algo cayese del cielo.</p>
<blockquote><p>&#8211; Todo comenzó con un corner hace unos cincuenta años- prosiguió el desconocido sin bajar la vista. &#8211; La vida es como un saque de esquina ¿sabe? Un envite que te lanza el destino y frente al cual solo tienes dos opciones: ir a por él o esconderte y fiarlo todo a la suerte. Hasta entonces, aquello no suponía un problema para mí. Yo era un buen portero, créame. Pero aquel día, nada más observar al balón elevarse hasta lo más alto, me invadió una angustia descontrolada. Aunque presuntamente era un centro asequible, en aquel momento tuve la certeza de que el esférico me era inalcanzable. Presa del pánico, permanecí inmóvil sobre la línea de gol. El remate impactó contra la portería. Vibró el poste. Vibré yo. Hasta el final del encuentro no pude abandonar la vertical del larguero. Tan solo deseaba librarme de aquella incertidumbre cuanto antes. &#8211; Y el anciano rindió su rostro cabizbajo -. Pero la esperanza pronto se diluyó. Finalizado el partido, la inquietud se fue conmigo a casa, se levantó junto a mí a la mañana siguiente, se montó a mi lado en el coche y me acompañó de camino al entrenamiento. Así fue cada día a partir de entonces. Allí donde fuese era como si desde todos los puntos me bombeasen balones. En cada esquina de cada calle había un banderín. En cada pequeño compromiso yo experimentaba las mismas sensaciones que me asolaban durante los partidos en el área pequeña: mis piernas flojeando hasta el tembleque, una quemazón oprimiéndome bajo el esternón, los latidos percutiendo y aquella bocanada de aire alterando mi respiración. El resto del equipo no fue ajeno a mi desconcierto. Cualquier jugada a balón parado era defendida con absoluta desesperación. Como puede imaginar, los rivales no tardaron en detectar el problema. Tampoco la afición. No pude continuar&#8230;</p>
<p>&#8230;No recuerdo cómo acabé en un psicólogo. -Levantó su mirada al frente -. Cuando uno se adentra en esa espiral nada perdura en la memoria porque nada es cierto. Pero allí estaba, en la consulta de don Patricio Iturraspe. Resultó difícil al principio. El miedo no concedía margen a mi mente. Abandonar mi domicilio implicaba exponerme a cualquier centro. Pero cuando, transcurridas unas semanas, el doctor me convidó a tomar asiento bajo del vano de la puerta de su despacho, por fin pude sosegarme. Desde esa portería improvisada, fui atendido durante meses por don Patricio que, en la previa de cada visita, situaba una butaca bajo su umbral. “Mire hacia la ventana y visualice un centro”, me pedía. Y yo recreaba el lanzamiento, intuía el declive de su parábola e intentaba sentir el peso de su caída. “¿Cuánta gente ve en el área?”, me preguntaba. «Mucha», le solía contestar. Y él insistía en si eso me tranquilizaba. Pero el tumulto me agobiaba, dificultaba mis movimientos. “¿Entonces se siente más libre si son pocos?” Me siento más desamparado, le respondía.- Y el anciano no pudo evitar una sonrisa –. Como en la vida. ¿Recuerda?</p>
<p>&#8230;Un día don Patricio me propuso imaginar el corner eliminándome a mí de la escena. Me hizo sentarme junto a él y observar de frente el marco de la puerta de la entrada. “No tema nada que ahora estamos en la grada,” me tranquilizó. “Ahora imagine un saque de esquina pero sin portero”, me dio unos segundos. «¿Qué siente?”. Pero sorprendentemente sentía lo mismo. El miedo seguía ahí aunque yo ya no estuviese. El mismo vértigo. La misma congoja. Fueron varias las sesiones observando los corners desde la tribuna que el doctor instalaba tras su mesa. Hasta que finalmente lo vi – suspiró aliviado .- No se trataba del balón, tampoco era el peligro de gol, ni el gol mismo. El problema era yo. Mi intrascendencia. La escena no variaba con o sin mí porque yo, en mi fuero interno, no pintaba nada. No me veía lo suficientemente determinante como para variar lo que el destino o los demás dictasen. Durante mi vida, me había arrinconado de tal modo que había interiorizado mi irrelevancia. Siempre pensando en los otros, siempre pensando en lo que pensaban. La única posibilidad de destacar era al regazo del larguero. Cuando el destino me enviaba un centro ineludible al área, ahí, en mitad de un tumulto a trompicones, yo me sentía irremisiblemente pequeño, casi insignificante, casi como una escena sin mí. &#8211; Y el anciano portero volvió a mirar hacia arriba &#8211; Así que todo pasaba por cobrar forma,  por ponerse en la escena. Y para eso nada mejor que aceptar el envite de un centro tras otro. Aunque al comienzo diera un poco de miedo. Aunque fallara.</p>
<p>&#8211; ¿Qué? &#8211; inclinó los ojos hacia don Andrés que continuaba ensimismado con su vista al cielo- ¿Ya la ve?</p></blockquote>
<p style="text-align: center;">···</p>
<p><a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/05/la-familia/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/02.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a> <a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/04/el-salto/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/04.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a></p>
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<p></p>
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<p style="text-align: center;">···</p>
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		<title>El Salto</title>
		<link>http://www.ecosdelbalon.com/2013/04/el-salto/</link>
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		<pubDate>Fri, 12 Apr 2013 01:00:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos Ecos]]></category>
		<category><![CDATA[Origen]]></category>

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		<description><![CDATA[«La muchedumbre agolpada frente al establecimiento de Suleiman seguía el partido a través de los comentarios que iban llegando, boca a boca, desde el interior. La retransmisión se originaba, desde el mismo umbral, por parte de los últimos privilegiados que disponían de perspectiva y que, apremiados por los que les encimaban a sus espaldas, iban [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><iframe width="100%" height="120" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?url=https%3A//api.soundcloud.com/tracks/235437444%3Fsecret_token%3Ds-AGFxP&amp;color=00bcf2&amp;auto_play=false&amp;hide_related=false&amp;show_comments=true&amp;show_user=true&amp;show_reposts=false"></iframe><span id="more-61805"></span></p>
<p style="text-align: justify;">«La muchedumbre agolpada frente al establecimiento de Suleiman seguía el partido a través de los comentarios que iban llegando, boca a boca, desde el interior. La retransmisión se originaba, desde el mismo umbral, por parte de los últimos privilegiados que disponían de perspectiva y que, apremiados por los que les encimaban a sus espaldas, iban filtrando los lances del juego.</p>
<p style="text-align: justify;">Dentro del local, una multitud desperdigada por el suelo atendía a la pantalla en un solemne mutismo alentado por la ausencia de sonido del viejo televisor. Pape Mbembe imaginaba al recatado público europeo embargado por el mismo silencio ceremonial y a los aficionados, ubicados en las gradas más elevadas de aquellos enormes estadios, recibiendo las noticias de lo que acontecía en el terreno de juego en escrupuloso relevo, fila a fila, tal y como sucedía con los rezagados en la puerta del Suleiman.</p>
<p style="text-align: justify;">Cada viernes, el joven recorría los quince kilómetros que distaban entre su campamento de refugiados y los suburbios de la ciudad para asistir a la proyección en vídeo de partidos internacionales que eran emitidos desde un televisor sito en una planta vacía. Suleiman, el dueño, hacía negocio con el aguardiente y la fruta que dispensaba a los visitantes. Lo que para la mayoría no era más que una rutina con la que endulzar una dura existencia, para el muchacho alcanzaba un sentido trascendental.</p>
<p style="text-align: justify;">Pape Mbembe carecía de más motivación que la de convertirse en uno de esos maravillosos seres del Norte: los futbolistas. Las gestas de aquellos héroes referían, en su fantasía, a las mismas hazañas míticas que habían descrito sus ancestros en cantos y leyendas. Donde antes había guerreros, lanzas y fuego, ahora se proyectaban jugadores, balones y jugadas. Pero en suma, se trataba de la misma lucha de poder, la de la conquista del Destino.</p>
<p style="text-align: justify;">La infancia de Pape transcurrió corriendo tras un bola, inmerso en una estampida de niños, al arbitrio de un pedregal caprichoso, con la pelota como rumbo y un puntapié como único objetivo. Por lo general, la pelota era el producto de una sucesión de trapos anudados, superpuestos y prensados, hasta conformar una madeja redondeada que luego se fijaba con una capa de grasa y cuyo volumen, inevitablemente, volvía a menguar a partir del momento en el que algún extremo se deshilachaba.</p>
<p style="text-align: justify;">La precariedad de los medios, no obstante, lejos de mermar el potencial de los jugadores lo estimulaba sobremanera. La primera vez que mantuvo contacto con un balón reglamentario, el chico constató la dureza del cuero contra el pie desnudo, pero también su docilidad. Nada de giros y cabriolas inesperadas. Bastaba con golpearlo con franqueza para que el esférico obedeciera sin sobresaltos. Con el tiempo, su destreza alcanzó tal nivel que, al término del campeonato humanitario organizado en el campamento, el señor Hayibi, entrenador de su equipo de los arrabales, le sugirió la posibilidad de dar el salto juntos.</p>
<p style="text-align: justify;">Para Pape la idea no resultaba novedosa. Le gustaba imaginarse como miembro de un equipo del Norte, iluminado por infinidad de focos, mientras sostenía con su magía el silencio del público europeo, que lo adoraría para regocijo de la gente del Suleiman.</p>
<p style="text-align: justify;">Al emprender el viaje, el joven no guardaba ningún resquicio de duda. Huérfano de madre, ignorante de padre y con tantos hermanos como para poder reconocerlos, nada quedaba pendiente. No le amilanó la lejanía de la costa. Un futbolista del Norte debía estar preparado para recorrer cualquier distancia. Tampoco el dinero fue un impedimento. Los gastos corrían a cargo del señor Hayibi quien nunca se había enfrascado en mejor inversión. Finalmente, embarcaron en un bote una noche cerrada, hacinados junto a otros cincuentena y seis pasajeros, camino de un nuevo continente.</p>
<p style="text-align: justify;">Durante dos días seguidos, permanecieron sin rumbo en alta mar. Lo que en un principio pretendía ser un trayecto corto se complicó tras quedar atrapados en una tormenta. El chico no sintió miedo cuando el oleaje amenazó con volcar varias veces la embarcación, pero cuando amainó, su cuerpo aterido absorbió la humedad de sus ropas caladas y el frío implacable de la noche le golpeó, durante horas, con la crudeza de un dolor inimaginable. Solo la presencia del señor Hayibi, abrazándolo en su regazo, hizo posible que pudiera ver el sol. Pero para entonces, su entrenador ya había dejado de palpitar.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando a la noche siguiente la patrullera abordó la barca y un cañón de luz iluminó su pasaje, tan solo Pape Mbembe consiguió ponerse en pie. El muchacho tiritaba tanto que apenas le costaba mantenerse. Pero pese a todo, aún le quedaron fuerzas para mirar a la luz que le apuntaba, forzar un esbozo de sonrisa y exclamar a los guardacostas:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-Pape Mbembe, delantero centro.</em></p>
</blockquote>
<p style="text-align: center;">···</p>
<p><a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/04/como-la-vida-misma/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/03.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a> <a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/04/gritos/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/05.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a></p>
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		<title>Gritos</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Apr 2013 00:17:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos Ecos]]></category>
		<category><![CDATA[Origen]]></category>

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		<description><![CDATA[«Una espontánea algarabía era la señal inequívoca de la llegada de Sergio Rubio al vestuario del San José. Cada mañana, Rubio hacía su entrada con estruendo, entonando a grito pelado alguna coletilla graciosa, guaseándose de algún compañero o profiriendo alguna bravuconería para jolgorio de los allí presentes. El propio profesor Guzmán aceptaba impasible el histrionismo [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><iframe width="100%" height="120" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?url=https%3A//api.soundcloud.com/tracks/235437441%3Fsecret_token%3Ds-82RYp&amp;color=00bcf2&amp;auto_play=false&amp;hide_related=false&amp;show_comments=true&amp;show_user=true&amp;show_reposts=false"></iframe><span id="more-60378"></span></p>
<p style="text-align: justify;">«Una espontánea algarabía era la señal inequívoca de la llegada de Sergio Rubio al vestuario del San José. Cada mañana, Rubio hacía su entrada con estruendo, entonando a grito pelado alguna coletilla graciosa, guaseándose de algún compañero o profiriendo alguna bravuconería para jolgorio de los allí presentes. El propio profesor Guzmán aceptaba impasible el histrionismo de su jugador, convencido de su influencia positiva en el ánimo de la plantilla.</p>
<p style="text-align: justify;">La suerte de Rubio cambió en un aciago partido en mitad de temporada. A raíz de dos lances seguidos, perdiendo la pelota tras tratar de jugarla en ausencia de marca, los contrarios comenzaron a presionar al resto de la zaga ofreciéndole a él la salida del balón. Rubio no encontró más respuesta que rifarlo en largo. Jornada tras jornada, los contendientes reincidieron en la estrategia exponiendo al central del San José a la misma tesitura. El equipo tenía una vía de agua.</p>
<p style="text-align: justify;">El profesor Guzmán no tardó en citarlo a una de sus charlas. Aquellos diálogos personalizados provocaban al jugador una incomodidad indisimulada. El profesor era un hombre extremadamente persuasivo, capaz de desnudarte interiormente a poco que perdieras la iniciativa de la conversación. Cada vez que enfrentaba a su entrenador, Rubio trataba de escabullir a su mirada, enfocando la suya hacia otro lado, ante el temor de quedar a merced de su discurso.</p>
<blockquote><p>-Grita usted mucho. ¿No le parece?- planteó el profesor Guzmán.<br />
-Sí, es de familia – Al jugador se le escapó una carcajada –. Los Rubio tenemos un buen vozarrón.<br />
-Su vida privada no es de mi incumbencia – le atajó -. Lo que le cuestiono es por qué grita cuando patea el balón.<br />
-No sé a qué se refiere. &#8211; Frunció el ceño.<br />
-Usted grita con la pelota en los pies. ¿Qué se cree que hace cada vez que desplaza el balón en largo? Chuta lejos porque necesita mantener la distancia con los demás ¿Por qué nunca distribuye en corto?<br />
-Es mi forma de jugar&#8230; – se zafó del acoso.<br />
-¡No! es su forma relacionarse. A usted le cohíben las distancias cortas. Chuta lejos para que le escuchen desde lejos. Sus balonazos no son más que gritos.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Rubio parecía aturdido, pero cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. En plena turbación había alzado el rostro y sus ojos ya miraban fijamente a los de su entrenador.</p>
<blockquote><p>-¿Pretende que a mis treinta años me ponga a tocarla?<br />
-Tan solo deseo que deje de gritar.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Rendido a las palabras de su mentor,  el defensor hizo propósito de enmienda, pero pese a sus esfuerzos iniciales por dirigirse con cautela a sus compañeros, Rubio terminó regresando a sus esencias, adoptando la misma impronta bulliciosa de siempre: Patadón y tentetieso.</p>
<p style="text-align: justify;">Transcurridas dos jornadas, el profesor puso fin a la deriva, exigiendo un cambio por parte de todos:</p>
<blockquote><p>-A partir de hoy a Rubio me lo susurran- ordenó a la plantilla -. ¿Han entendido? – bajó el tono progresivamente-. Me lo susurran.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Y así fue como los jugadores comenzaron a responder a Rubio en un tono, radicalmente, más bajo, en un diálogo en los que ellos parecían sufrir de sordera a tenor del contraste de voces con su escandaloso compañero que, poco a poco, día a día, casi sin darse cuenta, fue cediendo en su volumen hasta sonar, al cabo de dos meses, como el murmullo de un confesionario. Y en consonancia con los vaticinios del profesor, Rubio comenzó a jugarla. Cada vez más persistente. Cada vez más seguro y fluido. El San José la tocaba otra vez.</p>
<p style="text-align: justify;">En el último tramo de campeonato, los equipos ya habían renunciado, por estéril, a la tendencia de liberar a Rubio. Y en el decisivo y último partido redoblaron la presión sobre él con mas énfasis que sobre ningún otro. Pero, lejos de amilanarse, Rubio la siguió jugando arriesgándola incluso en demasía. Cuando en el tramo del descuento, con el San José apunto de proclamarse campeón, el jugador fue asediado por tres rivales que le encimaron al borde del área el profesor Guzmán, desesperado, salió de su banquillo y voceó:</p>
<blockquote><p>-¡Grite Rubio! ¡Grite!</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Pero Rubio la sacó jugando. Con la confianza suficiente como para poder llegar a perderla. Como un susurro.</p>
<p style="text-align: center;">···</p>
<p><a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/04/el-salto/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/04.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a> <a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/03/el-olvido/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/06.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a></p>
<p style="text-align: center;">·</p>
<p></p>
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		<title>El olvido</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Mar 2013 22:45:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos Ecos]]></category>
		<category><![CDATA[Origen]]></category>

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		<description><![CDATA[«Abrumado. Así se mostró Grandeza Cardona al adentrarse en el terreno de juego del Estadio Comunal. Avanzó acompañado por el presidente de la institución, el entrenador del equipo y el directivo encargado de su rehabilitación, don Augusto Cabrales. Puestos en pie, los aficionados que abarrotaban las gradas coreaban el sobrenombre de su ídolo con voz [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><iframe width="100%" height="120" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?url=https%3A//api.soundcloud.com/tracks/235437438%3Fsecret_token%3Ds-MGsM5&amp;color=00bcf2&amp;auto_play=false&amp;hide_related=false&amp;show_comments=true&amp;show_user=true&amp;show_reposts=false"></iframe><span id="more-55598"></span></p>
<p style="text-align: justify;">«Abrumado. Así se mostró Grandeza Cardona al adentrarse en el terreno de juego del Estadio Comunal. Avanzó acompañado por el presidente de la institución, el entrenador del equipo y el directivo encargado de su rehabilitación, don Augusto Cabrales. Puestos en pie, los aficionados que abarrotaban las gradas coreaban el sobrenombre de su ídolo con voz entrecortada. Pocas veces las gargantas del Comunal se fundieron en un clamor semejante.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-Grandeeeeza&#8230; Grandeeeeza.</em></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Al llegar al círculo central la comitiva se detuvo y los tres acompañantes hicieron un aclarado que expuso a Cardona en solitario. De inmediato las luces se apagaron y unos focos rescataron al homenajeado de la oscuridad. El aplauso resonó por espacio de varios minutos.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero en contraste con la emotividad reinante, Grandeza Cardona tan solo reflejaba desconcierto. Cuando el presidente se acercó para entregarle un esférico, Cardona, aturdido, buscó en su proximidad a un apuntador que le dictase el guión previsto. Desamparado, no pudo más que devolver una sonrisa hacia las tinieblas de la grada mientras, con evidente nerviosismo, se pasaba la pelota de una mano a la otra. El presidente no dudó en intervenir.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-¡Con el pie! &#8211; Le señaló su bota -. ¡Vamos! ¡Tócala!</em></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Y Grandeza Cardona la tocó como nunca antes la había tocado en aquel escenario. Primero, tratando de controlarla infructuosamente al dejarla caer al suelo. Luego, en un simulacro de chut que derivó en un golpeo ridículo, de refilón, con el balón grotescamente torcido en su trayectoria dando vueltas como una peonza. El estadio enmudeció de pena.</p>
<p style="text-align: justify;">Había transcurrido poco más de un año desde que Sergio Cardona perdiera la consciencia tras golpearse contra un poste de la portería del gol Norte. Tras unos instantes de pánico generalizado fue trasladado al hospital. Cuando volvió a abrir los ojos ya no recordaba nada. Con el paso de los días, su amnesia fue remitiendo paulatinamente. Cardona comenzó reconociendo su rostro, luego identificando a sus padres, más tarde redescubriendo su nombre, su casa, su ciudad, dando luz a todos los aspectos que conformaban su vida, menos, inexplicablemente, aquel que le hacía tan singular: su condición de futbolista.</p>
<p style="text-align: justify;">Confirmado el fatídico extremo, el club puso todos los medios a su alcance para revertir la situación. El directivo Agusto Cabrales fue encomendado para supervisar su recuperación. Como primera medida se incorporó al jugador a los entrenamientos con la esperanza de que en contacto con el balón emergieran sus condiciones innatas. De nada sirvió. Cada acción evidenciaba una torpeza impropia de un profesional. El desánimo de la plantilla, ante la constatación de la pérdida, aconsejó su exclusión del grupo.</p>
<p style="text-align: justify;">Cabrales sometió a Cardona a incesantes proyecciones de sus mejores partidos, de recopilatorios de jugadas y goles, así como al relato de anécdotas evocadas por compañeros y rivales. Durante semanas, se le instó a sufrir el asedio premeditado de hinchas en la calle, a portar el uniforme del equipo a todas horas y a permanecer en constante relación con la pelota. Pero, aún así, la niebla seguía sin disiparse.</p>
<p style="text-align: justify;">Las sesiones terapéuticas no obtuvieron mejores resultados.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-¿Recuerda su pasado como futbolista?</em></p>
<p style="text-align: justify;">-Me reconozco en las imágenes-  contestó sin mucho énfasis.</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">-Pero no me transmiten nada. – Se encogió de hombros -. No los siento míos.</p>
<p style="text-align: justify;">-¿Y como siente al balón? &#8211; insistió el galeno.</p>
<p style="text-align: justify;">-Como una llave inglesa. Pero yo no soy mecánico, doctor.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">El homenaje en el estadio fue la última tentativa de Augusto Cabrales. El directivo confiaba en resucitar la sensaciones del jugador mediante la invocación de su público enfervorizado. Aquel había sido el lugar en el que había estimulado sus mayores dichas y decepciones. Cabrales estaba convencido de que las palpitaciones de un estadio podían reanimar a cualquier corazón.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero, finalmente, el Comunal terminó sucumbiendo a la pena. Augusto Cabrales desistió y Grandeza Cardona fue abandonado en el olvido de los que fracasan. Presa de la impotencia, el club decidió culpar a la portería del gol Norte y la repuso por una nueva sin antecedentes. Puestos a olvidar, convenía  hacerlo del todo.</p>
<p style="text-align: justify;">Meses después, al término de la temporada, Cabrales acudió al domicilio de Cardona para hacerle entrega de algunos enseres guardados en su taquilla. No lo encontró. De vuelta al club, y mientras permanecía detenido en un semáforo, divisó a un grupo de niños jugando a la pelota en un descampado contiguo a la carretera y entre ellos reconoció la presencia de un adulto que, disfrutando como uno más, realizaba toda suerte de acciones imposibles con el balón.</p>
<p style="text-align: justify;">Antes de arrancar, no pudo evitar una sonrisa. Había cosas imposibles de olvidar».</p>
<p style="text-align: center;">···</p>
<p><a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/04/gritos/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/05.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a> <a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/03/alicatado-minuto-90/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/07.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a></p>
<p style="text-align: center;">·</p>
<p></p>
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		<title>Alicatado minuto 90</title>
		<link>http://www.ecosdelbalon.com/2013/03/alicatado-minuto-90/</link>
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		<pubDate>Wed, 06 Mar 2013 22:45:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos Ecos]]></category>
		<category><![CDATA[Origen]]></category>

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		<description><![CDATA[«Baldomero recitaba variantes del ataque de Académica mientras recorría, una y otra vez, la zancada y media que distaba entre la bañera y el mueble del baño. Su corazón palpitaba frenéticamente. -Andrada y Perico en bandas, Xoxinho de enganche y Peregrín en punta. San Martín y Perico en bandas, Xoxinho de enganche y Blázquez arriba&#8230; [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><iframe width="100%" height="120" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?url=https%3A//api.soundcloud.com/tracks/235437430%3Fsecret_token%3Ds-UdW5M&amp;color=00bcf2&amp;auto_play=false&amp;hide_related=false&amp;show_comments=true&amp;show_user=true&amp;show_reposts=false"></iframe><span id="more-55675"></span></p>
<p style="text-align: justify;">«Baldomero recitaba variantes del ataque de Académica mientras recorría, una y otra vez, la zancada y media que distaba entre la bañera y el mueble del baño. Su corazón palpitaba frenéticamente.</p>
<blockquote><p>-Andrada y Perico en bandas, Xoxinho de enganche y Peregrín en punta. San Martín y Perico en bandas, Xoxinho de enganche y Blázquez arriba&#8230;</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Gracias al mantra táctico y a la presión que ejercía con los dedos sobre sus oídos, Baldo conseguía aislarse del frenético derby entre Académica y Metropolitano. Había presenciado el encuentro hasta sus postrimerías cuando, con empate a cero en el marcador, sus latidos se desbocaron ante el asedio rival. Incapaz de soportarlo, se refugió en el lavabo.</p>
<p style="text-align: justify;">El espacio, interior y sin ventanas, resultaba ideal para escapar de la tensión de un encuentro que continuaba su acecho a través de las manifestaciones acústicas: el brinco del vecino de arriba, hincha de Metropolitano; la exclamación del académico del piso contiguo; el posible bramido de un gol o el temido jolgorio de claxons, bocinas o pirotecnias provenientes de la calle.</p>
<p style="text-align: justify;">Tratando de marcar distancia, su primer impulso fue accionar la cadena del water. El ruido de la cisterna, no obstante, apenas duraría unos minutos. Anticipándose a su cese, Baldomero comenzó a recitar hipotéticas delanteras de Académica. Era un recurso habitual en su día a día. Cuando encallaba en un vacío mental, receloso por la intrusión de pensamientos negativos, entretenía su mente imaginando opciones tácticas de su equipo, fabulando alineaciones o, incluso, añadiendo incorporaciones de jugadores de otros clubs a sus plantillas imaginarias.</p>
<blockquote><p>-Perico y San Martín en bandas, Xoxinho de media punta, Peregrín&#8230;</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Un alboroto resonó tras sus pensamientos e, instintivamente, detuvo sus pasos ¿Se trataba de un grito? ¿Tal vez de un gol? ¿Pero de quién? Sintió una quemazón abrasando su estómago y su respuesta, analgésica, fue abrir el grifo de la bañera y proseguir su andadura de presidiario.</p>
<p style="text-align: justify;">Baldomero Pardo se sabía un hombre corriente, un oficinista gris, de hábitos discretos y aspiraciones escasas, cuya única excentricidad se reducía a su pasión por Académica. Solo desde su adscripción futbolística podía aspirar a cierto aroma de gloria que compensase una existencia tan anodina. Su identificación con el club era tal que había llegado a interiorizar una fatídica relación entre su suerte y la de su equipo. Una derrota ante su histórico enemigo no acarreaba, solo, el suplicio de la mofa al día siguiente sino, sobre todo, una pérdida de valor en términos personales. Si Académica iba mal, su vida también.</p>
<p style="text-align: justify;">Baldo conocía la deriva de la derrota. La rabia de la expectativa frustrada. La posterior furia contra el adversario que había usurpado sus anhelos. Y el derrumbe final, la desolación de quien se sentía mucho más frágil que antes. No, nunca estaba preparado para algo así.</p>
<p style="text-align: justify;">Optó por permanecer enclaustrado a sabiendas de que pronto retumbarían las fanfarrias de la victoria para unos u otros. Cuando, por fin, salió al cabo de hora y media, una calma absoluta reinaba en la noche. Apresuradamente, se introdujo en la cama y se arropó con las sábanas hasta la nariz.</p>
<blockquote><p>-Andrada y Xoxinho de interiores, Peregrín en punta, dos carrileros&#8230; &#8211; tarareó.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Nada más despertarse, su reacción fue proseguir con la cantinela, como si el sueño hubiese aletargado una combinación sin terminar. Quizás todavía anestesiado por el sopor, no dudó en mirar por la ventana para escrutar. Aquella mañana, todo parecía normal, sin evidencias de triunfalismos por parte de nadie, hasta que divisó un muchacho con la guerrera de Metropolitano. ¿Suponía un indicio una sola camiseta?, se alteró. ¿Pero acaso alguien se enfundaba los colores de su equipo tras una derrota de tanto calado?</p>
<p style="text-align: justify;">No pudo resistirlo más. Con la mayor celeridad posible se vistió y salió a la calle. Al adentrarse en el bar evitó fijarse en la gente. La sonrisa de algún conocido, un comentario aislado desde una mesa o la propia televisión bastarían para revelarle el desenlace. Raudo alcanzó el diario deportivo doblado sobre la barra y se parapetó en un rincón al fondo del establecimiento. Manteniendo su vista apartada, el periódico tiritó desplegado por sus manos temblorosas. Su ritmo cardíaco se aceleró. Finalmente, inspiró con fuerza, bajó su rostro y encarando la portada a tumba abierta, su ser entero se tensó súbitamente con el impulso del grito:</p>
<blockquote><p>-¡Goooool!</p></blockquote>
<p style="text-align: center;">···</p>
<p><a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/03/el-olvido/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/06.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a> <a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/02/el-conde/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/08.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a></p>
<p style="text-align: center;">·</p>
<p></p>
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<p style="text-align: center;">···</p>
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		<title>El conde</title>
		<link>http://www.ecosdelbalon.com/2013/02/el-conde/</link>
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		<pubDate>Wed, 20 Feb 2013 22:45:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos Ecos]]></category>
		<category><![CDATA[Origen]]></category>

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		<description><![CDATA[«Cuando Mario Heras citó a Alfonso de la Dehesa en el reparto de petos del equipo suplente, el Conde no hizo amago de ir a recoger la prenda confiado en un, más que probable, lapsus del mister. Pero la rectificación no llegó y un silencio embarazoso terminó sustituyendo al habitual bullicio previo a la pachanga. [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><iframe width="100%" height="120" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?url=https%3A//api.soundcloud.com/tracks/235437425%3Fsecret_token%3Ds-oLcQG&amp;color=00bcf2&amp;auto_play=false&amp;hide_related=false&amp;show_comments=true&amp;show_user=true&amp;show_reposts=false"></iframe><span id="more-55670"></span></p>
<p style="text-align: justify;">«Cuando Mario Heras citó a Alfonso de la Dehesa en el reparto de petos del equipo suplente, el Conde no hizo amago de ir a recoger la prenda confiado en un, más que probable, lapsus del mister. Pero la rectificación no llegó y un silencio embarazoso terminó sustituyendo al habitual bullicio previo a la pachanga. A la segunda llamada del entrenador, el Conde apareció por fin de entre el tumulto, parapetado tras una sonrisa grotesca que, lejos de camuflar, resaltaba aún más su desconcierto.</p>
<blockquote><p>-De nada sirve resistirse a lo inevitable &#8211; le advirtió el técnico.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Mario Heras sabía que de la Dehesa no era un jugador cualquiera. El Conde había impulsado a la Unión Deportiva a la conquista de sus más prestigiosos logros. La institución había alcanzado un orden superior merced a sus goles, su abnegada entrega y su notable carisma . A sus treinta y tres años, el delantero constituía, no solamente, el jugador más importante de la historia del club sino, de alguna manera, el club en sí mismo.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero para el entrenador de la Unión ya no había marcha atrás. Los mejores días del Conde formaban parte del pasado. Desde hacía dos temporadas, su rendimiento había decaído progresivamente. Su presencia en el once no solo mermaba las posibilidades del equipo sino que obstaculizaba cualquier posibilidad de regeneración.</p>
<blockquote><p>-¿Se hace a la idea de lo que significa el Conde para nosotros? &#8211; le espetó el presidente nada más conocer el suceso.</p>
<p>-Sin duda &#8211; asintió el técnico -. Pero también soy consciente de lo que supone el paso del tiempo para cualquiera.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">El día del partido, la plantilla atendió con inusitada expectación la anotación del once titular en la pizarra. Mario Heras percibió, a su espalda, el runruneo que prendía entre el corrillo de jugadores al desvelarse el último nombre que excluía al Conde de la partida. El rumor se propagó con rapidez por los pasillos y posteriormente prendió sin control por toda la grada. El rechazo fue unánime. De nada sirvió el primer punto obtenido tras cuatro derrotas seguidas. La afición coreó el nombre del Conde como si no hubiese más disputa que la que presumiblemente ahora sostenían el delantero y su técnico.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero lejos de enrocarse en su postura, Mario Heras confiaba en solventar el desencuentro. Transcurridos unos días, citó al jugador a una reunión vespertina. Deseaba confesarle la ausencia de prejuicios en sus decisiones. Confirmarle que, pese a que él oficiaba de verdugo, no había más juez que la manija del reloj y más condena que un adiós ineludible. Y en este tránsito que debía recorrer, él estaría de su lado. Mario Heras conocía el sabor amargo del ocaso. Sabía, por propia experiencia, que ningún jugador estaba preparado para admitir el principio del fin.</p>
<p style="text-align: justify;">Por ello no dejó de sorprenderse cuando Alfonso de la Dehesa se presentó con la mejor predisposición a su despacho: extremadamente amable y jovial y haciendo gala de la elegancia que le había granjeado su apodo nobiliario. Ni rastro del jugador que, tan solo hacía unos días, le había negado con arrogancia el saludo y la palabra.</p>
<blockquote><p>-Permítame que me disculpe por mi comportamiento reciente -. Se mostró conciliador.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Pero el técnico agitó su mano quitando trascendencia al hecho. Se sentía admirado por la prontitud con la que el Conde había digerido su deriva.  Mario Heras se explayó destacándole la importancia de culminar una carrera con dignidad. Disertó sobre la virtud de reconocer los propios límites y sobre la capacidad de regenerarse en nuevos ámbitos y tareas.</p>
<p style="text-align: justify;">De la Dehesa asintió complacido y le transmitó su alivio y agradecimiento por sus palabras. Sorprendido, Mario Heras entendió que aquella magnanimidad resultaba excesiva, incluso, para alguien tan excepcional como el Conde. Solo cuando ya era demasiado tarde y la firmeza y suficiencia de su interlocutor emergieron sin disimulo, el todavía entrenador de la Unión Deportiva empezó a comprender que en ningún momento se había estado dirigiendo a un subordinado, ni a alguien de gran trascendencia en el club, sino, propiamente, al club en sí mismo.</p>
<blockquote><p>-Mister. &#8211; Le estrechó la mano -. Todos en el equipo le echaremos en falta.</p></blockquote>
<p>Mario Heras no replicó. De nada servía resistirse a lo inevitable».</p>
<p style="text-align: center;">···</p>
<p><a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/03/alicatado-minuto-90/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/07.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a> <a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/02/el-homenaje/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/09.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a></p>
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		<title>El homenaje</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Feb 2013 22:45:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos Ecos]]></category>
		<category><![CDATA[Origen]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><iframe width="100%" height="120" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?url=https%3A//api.soundcloud.com/tracks/235437424%3Fsecret_token%3Ds-C3rlY&amp;color=00bcf2&amp;auto_play=false&amp;hide_related=false&amp;show_comments=true&amp;show_user=true&amp;show_reposts=false"></iframe><span id="more-55660"></span></p>
<p style="text-align: justify;">«Enfundados con la camiseta del club, los muchachos, antiguos compañeros de grada joven, desfilaron emocionados por el supermercado proyectando en cada rincón el recuerdo de un pasado añorado. Para algunos se trataba de la primera vez que pisaban el terreno de juego. Incluso hubo quien se atrevió a inspirar profundamente con la esperanza de advertir, entre pasillo y pasillo, el olor a césped mojado. Al llegar a la sección de limpieza, la comitiva se detuvo y, tras depositar sus ofrendas en el pavimento, formaron en un pretendido minuto de silencio bajo el asedio de la megafonía publicitaria.</p>
<p style="text-align: justify;">El grupo había continuado reuniéndose cada semana en unos bancos próximos al emplazamiento que antaño ocupara el Estadio de la Congregación. En la que fuera la sede del Cultural Deportivo se erigía desde hacía tres años un majestuoso centro comercial. Aunque había algo de profanación en aquella mole ambiciosa que ahora suplantaba al templo ausente, su presencia tampoco carecía de sentido. La codicia había precipitado el final del Cultural. Consumado el descenso de categoría, la institución no pudo hacerse cargo de sus deudas y quebró. Levantar un santuario del consumismo sobre sus restos constituía todo un aviso para navegantes.</p>
<p style="text-align: justify;">Gracias a un medio local que identificó en el supermercado del primer sótano la coordenadas del antiguo campo, los chicos habían conseguido referenciar los principales elementos del terreno de juego. Y aunque, hasta la fecha, algunos de ellos habían sido reacios a profanar el recinto, aquella mañana todos participaron en la ceremonia.</p>
<p style="text-align: justify;">Se cumplían cinco años desde que Luismi Robles efectuara, a la altura del estante de suavizantes, la salida en falso que dio pie al fatídico gol. El centro, bombeado desde la sección cárnica, aparentemente asequible para un guardameta tan avezado, cobró, a mitad de parábola, un efecto inesperado. Robles quedó en tierra de nadie y el delantero rival remató sin oposición. No quedaba tiempo para más. Pese al intento de Valenciaga y Mayenco de apresurar el saque de centro, el colegiado marcó, desde las cajas registradoras, el pitido final. El Cultural Deportivo había muerto.</p>
<p style="text-align: justify;">Los chicos aún podían recordar con nitidez las dramáticas escenas que se sucedieron. Los miembros del banquillo local abrazando sus sollozos, en menaje y hogar. Valenciaga y Mayenco atrapados en el punto central, sito en frutas y hortalizas. Y Luismi Robles, tendido boca abajo, abatido por el mismo disparo que no consiguió interceptar, en el preciso lugar en el que cinco años después aquellos aficionados conmemoraban el infortunio.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero si una imagen permaneció en la retina de los presentes, esa fue la del Chino Lastra clavado de rodillas, cuerpo erguido y mirada desvaída, con los brazos ligeramente abiertos, como si aguardase en el momento menos esperado su partida al más allá. Días antes, el abnegado lateral había confesado que no podía contemplar un futuro sin la institución en la que había crecido desde que era un niño. Cuando el último aficionado hubo desalojado el estadio, el Chino Lastra aún continuaba, en mitad de la sección de electrónica, a la espera de culminar su tránsito. Nunca nadie supo más de él.</p>
<p style="text-align: justify;">Pelo Pincho no había reparado en la retirada del grupo, absorto en el reguero de bufandas, flores y estampas desperdigados por el suelo, Pero, justo, cuando se disponía a volver con el resto, un sonido llamó su curiosidad tras el aparador a cuyos pies se disponía el improvisado altar.</p>
<p style="text-align: justify;">El joven aficionado no tuvo dificultad en reconocer, al encarar el pasillo del que surgía el lamento, la figura, larga y enjuta, de Luismi Robles, reclinando contra una surtido de cereales, afianzado en el punto del área chica, que jamás debió abandonar, con la cabeza gacha, cual si ofreciese su cuello en el cadalso de un verdugo.</p>
<p style="text-align: justify;">Varias voces reclamaron al chico desde la entrada del establecimiento.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-¿Pasa algo?- le cuestionaron ya en la calle -. ¿Qué es lo que mirabas?</em></p>
<p style="text-align: justify;">-Nada.- Se encogió de hombros, restándole importancia -. Tan solo era un fantasma.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: center;">···</p>
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		<title>El que sobra</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Nov 2012 00:45:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Javier Alberdi]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[Cuentos Ecos]]></category>
		<category><![CDATA[Origen]]></category>

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		<description><![CDATA[«El impacto sufrido, al reconocer al candidato, privó a Joan Sala de cualquier margen de maniobra. El paso del tiempo había hecho mella en Cecilio, pero sus rasgos resultaban tan inconfundibles como ese porte sereno del que ya hacía gala cuando eran niños. Aquella templanza desconcertó aun más al técnico de Recursos Humanos. Por primera [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><iframe width="100%" height="120" scrolling="no" frameborder="no" src="https://w.soundcloud.com/player/?url=https%3A//api.soundcloud.com/tracks/235437417%3Fsecret_token%3Ds-2Vv52&amp;color=00bcf2&amp;auto_play=false&amp;hide_related=false&amp;show_comments=true&amp;show_user=true&amp;show_reposts=false"></iframe><span id="more-55643"></span></p>
<p style="text-align: justify;">«El impacto sufrido, al reconocer al candidato, privó a Joan Sala de cualquier margen de maniobra. El paso del tiempo había hecho mella en Cecilio, pero sus rasgos resultaban tan inconfundibles como ese porte sereno del que ya hacía gala cuando eran niños. Aquella templanza desconcertó aun más al técnico de Recursos Humanos. Por primera vez, en el transcurso de un proceso de selección, las únicas manos temblorosas eran las suyas. Solo su mirada evitaba un posible encuentro, presa de una inquietud que todavía hoy le azoraba desde un pasado lejano.</p>
<p style="text-align: justify;">Un alborozo estallaba, cada mañana, con la bocina del comienzo del recreo. Lo que para el resto del alumnado era el sonido de su liberación, para el pequeño Joan no suponía más que la antesala de un ritual de humillación. Tan pronto como salían al patio, los niños se arremolinaban en torno a los líderes que procedían al reparto de los equipos de fútbol. Tras dilucidar el orden de elección, los capitanes se decantaban por las virtudes de los más habilidosos para luego orientar su criterio hacia las simpatías que despertaban los menos capacitados. Con independencia de la combinación resultante, el desenlace jamás difería: El pequeño Joan, tan desprovisto de cualidades futbolísticas como coartado por su timidez, era proclamado como “el que sobra”, entre risas burlonas, gestos de indiferencia, o, simplemente, de decepción de quien se veía abocado a cargar con él.</p>
<p style="text-align: justify;">Por ello la actitud de Cecilio resultó un misterio para todos. Pese a llegar a mitad de curso, desde bien pronto se erigió, casi sin proponérselo, en uno de los referentes de la clase. De una corpulencia mayor que el resto, la firmeza con la que se expresaba, por contundente y pausada, resultaba apabullante para cualquier chico de su edad. Bastaron unas semanas para que el grupo le concediera el privilegio de elegir.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras un exhaustivo repaso al pelotón, Cecilio, inauguró su mandato decantándose por el escurridizo Alfaro. Su oponente replicó adjudicándose al férreo Balboa. Y cuando ya todos barruntaban si el siguiente sería Ramón, excelente goleador o, quizás, un velocista como Latorre, el nuevo capitán propuso una alternativa por nadie contemplada:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">-Elijo «al que sobra»- rubricó ante el pasmo general.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Durante el resto de la jornada, los chicos especularon si tras aquella frivolidad no se ocultaba una estrategia premeditada, si se trataba de una demostración de suficiencia o si, por un casual, el nuevo cabecilla profesaba algún tipo de simpatía hacia aquel muchacho carente de todo mérito. Nunca se supo, pero desde entonces la rareza no dejó de repetirse.</p>
<p style="text-align: justify;">Joan Sala nunca atisbó un rastro de compasión en aquel gesto. Por más que lo intentó, su mentor futbolístico jamás le correspondió más allá del terreno de juego. Aquella incomprensión le llegó a incomodar casi tanto como su anterior marginación. Cuando al término de las vacaciones estivales tuvo constancia de que Cecilio había abandonado el centro, una sensación de desamparo le embargó, más por no haber resuelto el enigma que por volver a quedar relegado al ostracismo.</p>
<p style="text-align: justify;">Espoleado por esa curiosidad, cesó la aparente lectura del currículum que, hasta ese momento, había disimulado su aturdimiento.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-¿No me recuerdas?<br />
</em></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Tras unos segundos, el hombre asintió levemente.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-Claro. Usted es “el que sobra”.</em></p>
<p style="text-align: justify;">-Pero&#8230; ¿Por qué yo? &#8211; elevó el tono- ¿Por qué me elegías? ¡A mí!</p>
<p style="text-align: justify;">-Pues porque usted me era útil- respondió con suma naturalidad.</p>
<p style="text-align: justify;">-¡Pero si ni tan siquiera era capaz de patear una pelota! &#8211; bramó soliviantado.</p>
<p style="text-align: justify;">-Obedecía &#8211; se mostró rotundo –. Con tan solo doce años, recién liberados de la clase, en el fervor del partido&#8230; para la mayoría resultaba difícil seguir una norma. Cuando yo lo pedía que se quedara pegado a la banda usted habilitaba los carriles centrales. Cuando le reclamaba que se incrustara entre los defensores rivales – gesticuló como si trazara la estrategia en el aire-, estaba fijando a su defensa. Cuando le sugería que me acompañara, en paralelo, a la altura del medio campo, dificultábamos sus líneas de pase. No todo el mundo sabe obedecer.- Sentenció.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Joan Sala sintió que le faltaba aire. El sudor corría por su frente, mientras sus pensamientos se agolpaban a la deriva de una mirada perdida. ¿De verdad sirvió para algo “el que sobra”? Cuando su atención retornó a la escena, reparó en que Cecilio fijaba la vista en el currículum, evidenciando que aún quedaba un asunto por dirimir. Como de costumbre, había analizado, previamente, el perfil del candidato. Carecía de la cualificación exigida. Y superaba, por algunos años, la edad deseada. Antes de iniciarse la entrevista sabía de antemano que iba a rechazarlo.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-De verdad que me gustaría&#8230; &#8211; Un trago de saliva resaltó en su nuez -. Pero las necesidades de la empresa&#8230;<br />
</em></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">No hizo falta proseguir. El aspirante se incorporó confirmando con un gesto que había captado el mensaje.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-Lo siento&#8230;<br />
</em></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Pero Cecilio parecía no sentirlo. Imperturbable, permaneció unos instantes observándolo con detenimiento, como si retornasen al patio del colegio, tratando de sondear por qué aquel niño jamás se había dado una oportunidad.</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>-No se preocupe. – Le compadeció -. No todo el mundo sabe decidir.</em></p>
</blockquote>
<p style="text-align: center;">···</p>
<p><a href="http://www.ecosdelbalon.com/2013/02/el-homenaje/"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/09.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a> <a href="http://www.ecosdelbalon.com/2015/12/archivo-cuentos-futbol-literatura"><img src="http://www.ecosdelbalon.com/media/origen/cuentos/00.jpg" width="230" alt=""  align="left" /></a></p>
<p style="text-align: center;">·</p>
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