La familia


Cada vez que el juego se detenía, Gallardo desviaba su atención hacia el asiento de enfrente con la vana esperanza de encontrar a don Pedro. San Millán ganaba uno a cero, pero esta vez el resultado resultaba intrascendente. El ambiente era de un desconsuelo indisimulado. La presencia de un nuevo socio en la primera fila del segundo anfiteatro, justo en la butaca que, desde hacía ocho temporadas, ocupara don Pedro, había sido interpretada como un indicio trágico. Los habituales del sector guardaban un sepulcral silencio incapaces de eludir el recuerdo de su compañero.

Para Juan Antonio Gallardo sus vecinos de grada constituían una segunda familia. Durante su vida, había cambiado cíclicamente de círculo de amistades, de compañeros de trabajo, incluso, por dos veces, de mujer. La gente del estadio, en cambio, se había mantenido como una constante imperturbable. Tras quince años compartiendo emociones y tedio, todos sabían someramente de la vida del resto. Todos reconocían sus caracteres y rarezas. Todos se hacían compañía a su manera. Pese a su evidente singularidad, don Pedro no constituía una excepción al caso.

En sus primeros días, fue recibido con cierta desconfianza. Pronto constataron que no mostraba ningún tipo de efusividad hacia el equipo. Llegaba, saludaba y permanecía en silencio, impasible, como si en vez de a un partido acudiese a un museo. Su mismo porte, siempre con traje y corbata, resultaba poco acorde a las circunstancias. Pero paulatinamente fue integrándose en el grupo, aceptando algún ofrecimiento, atendiendo a los partes radiofónicos de los aficionados próximos, sonriendo ante la exaltación de los más desaforados y sobre todo dialogando, aunque de forma escueta, con Gallardo, sito a sus espaldas.

-Hoy lo veo bien.- Ladeó un poco su cara para que el de atrás le escuchase -. Tiene un gran dominio del espacio. Y criterio. El criterio es fundamental.

-¿Se refiere a Chicote? – le preguntó Gallardo, sorprendido por el acercamiento.

-No, tan solo hablaba del colegiado – replicó el misterioso caballero.

Pese a las estériles tentativas de Gallardo por retomar la comunicación, no volvieron a tratarse hasta que pasadas varias jornadas don Pedro insistió con el mismo tema.

-No recula bien.- Parecía enojado –. Hay conceptos básicos. Como recular de espaldas. Me parece que hoy tocará sufrir.

-¿Es usted árbitro? – le interrogó Gallardo buscando una explicación a su querencia arbitral.

-¿Yo?- respondió con semblante adusto -. En absoluto.

Nunca nadie consiguió descubrir las razones de aquella inusual afición. Pero, con independencia de los motivos que le impulsaran a pagar su cuota de socio, don Pedro jamás mostró interés por el juego ni por el resultado. Su indiferencia por el San Millán fue tal que en sus inicios propició más de un roce con aquellos que no aceptaban su neutralidad. Y es que, ante la toma de decisiones por parte del colegiado, don Pedro manifestaba su discrepancia o satisfacción con independencia de quien resultase beneficiado. En ocasiones puntuales, se alzaba para aplaudir un pitido que apreciaba de especial mérito. En otras, se desesperaba por la falta de tino. Con el paso del tiempo, la gente del segundo anfiteatro comenzó a aceptarlo como un personaje excéntrico e, incluso, a considerarlo como una referencia a la hora de valorar las decisiones del referí.

-¿Vio en televisión la repetición del penalti? – le consultaron en cierta ocasión.

-No veo imágenes en diferido.- Se mostró tajante -. El fútbol es fruto de sus circunstancias. Resulta absurdo juzgar un acto que solo se debe a su momento. El ruido de la afición, la luz en el estadio, la disposición de los participantes, su estado de ánimo, el guión del partido, las circunstancias atmosféricas… infinidad de elementos inciden en la decisión. Analizar una repetición es como tomar declaración a un muerto.

A comienzos de temporada, don Pedro comenzó a faltar con frecuencia. En sus reapariciones se mostraba apagado, cada vez menos proclive a sus habituales análisis arbitrales. En mitad de campeonato, su deterioro físico se hizo patente. Demacrado y enjuto, le afectaba una tos desgarradora que en ocasiones le obligaba a ausentarse en mitad de partido. Tras tres meses de ausencia, en su siguiente visita a final de temporada, don Pedro había perdido todo su cabello. Pese a la emoción, sus vecinos del segundo anfiteatro le mostraron su afecto con la misma discreción que él acostumbraba. Finalmente, un día dejo de asistir.

Una vez más, Juan Antonio Gallardo desvió su atención hacia el asiento de enfrente. El joven socio que por primera vez ocupaba su localidad aún no había recibido una señal de acogida de su nueva familia. La grada permanecía callada, condicionada por una presencia que, involuntariamente, certificaba una pérdida dolorosa. Juan Antonio aprovechó una falta en la medular para romper el hielo.

-Hoy lo está bordando.- Se inclinó hacia delante para que el chico les escuchase con nitidez -. Es de esos días en que todo le sale bien.

-¿Lo dice por Chicote? -. Sonrió el joven.

-¡No!– negó Gallardo como si se tratase de una obviedad -. Me refería al colegiado.

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4 comentarios

  • @Pinturicchia13 3 mayo, 2013

    Creo que estos cuentos son lo mejor de Ecos :-)

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  • theregista 4 mayo, 2013

    Si no es lo mejor, en el TOP3 fijo 😉

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  • Dedalo 30 mayo, 2014

    "No veo imágenes en diferido.- Se mostró tajante. – El fútbol es fruto de sus circunstancias. Resulta absurdo juzgar un acto que solo se debe a su momento. El ruido de la afición, la luz en el estadio, la disposición de los participantes, su estado de ánimo, el guión del partido, las circunstancias atmosféricas… infinidad de elementos inciden en la decisión. Analizar una repetición es como tomar declaración a un muerto."

    Es demasiado largo para tatuarmelo no?

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  • sobris 13 junio, 2015

    Sisi que lo es jajajaja

    Mas cuentos por favoor !!

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