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	<title>Ecos del Balón &#187; Ponzio</title>
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	<description>En fútbol nadie tiene razón.</description>
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		<title>El miedo escénico para Juan Fernando Quintero</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Dec 2018 12:18:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Arroyo]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Entre Antonio Chenel &#8216;Antoñete&#8217; y Gabriel García Márquez, conversando con el primero y leyendo al segundo, el argentino Jorge Valdano elaboró y acuñó, allá por los años 80, el término miedo escénico para asociarlo al Santiago Bernabéu, el estadio en el que River Plate se coronó ayer campeón de la Copa Libertadores de América al [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Entre Antonio Chenel &#8216;Antoñete&#8217; y Gabriel García Márquez, conversando con el primero y leyendo al segundo, el argentino Jorge Valdano elaboró y acuñó, allá por los años 80, el término <i>miedo escénico</i> para asociarlo al Santiago Bernabéu, el estadio en el que River Plate<span id="more-258879"></span> se coronó ayer campeón de la Copa Libertadores de América al derrotar a Boca Juniors por tres goles a uno. El torero y el escritor hacían referencia al miedo que sentían, no tanto al toro y a la escritura, sino al público; a enfrentar el rumor, la vigilancia, el runrun, la crítica o el desdén. Ese miedo les llevaba a moverse hacia la dirección que cualquier otro entendería como un riesgo -el asta; la espesura ante el folio- y que por medio del miedo al público, alejándose de él, lograban enfrentar con la naturalidad que caracteriza al diferente lo que para otros era el auténtico pánico. </p>
<blockquote><p>River y Boca saltaron presos del pánico, sin apenas intervenir ni acertar con balón</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">A lo desconocido, a la soledad, al futuro, a la enfermedad, a los demás, a la autoridad, al fracaso. A perder y a vivir después. El miedo no se cansa de manifestarse, principalmente porque su victoria nace de no enfrentarlo. En el fútbol, no muchas veces se han conocido los condicionantes y las connotaciones que esta inédita final, por los equipos, por las circunstancias, ha vivido y protagonizado. El fútbol, que conecta con lo social, y con lo mental, y que le vuelve todo de vuelta, se ve afectado por lo que sus actores traen en la mochila. Y así pasó. River y Boca saltaron al desconocido césped del Santiago Bernabéu, con la necesidad de un partido largo, en el que sólo el tiempo consumiéndose les obligaría a afrontar la carga que la posible derrota pesaba sobre la valentía de vencerla. </p>
<p style="text-align: justify;">De entrada, una confirmación y alguna sorpresa: River alineaba cinco centrocampistas, con Ponzio, Enzo Pérez, Pity Martínez, Exequiel Palacios y Nacho Fernández, mientras Barros Schelotto dejaba a Wanchope Ábila en el banco para darle a Benedetto la recepción solitaria, la descarga en apoyo y la responsabilidad del gol. Las consideraciones de índole táctica, que podían constar con valor propio, pronto quedaron relegadas por las dificultades que encontraron ambos colectivos para sentirse con la libertad y la fluidez mental necesarias para hacer visible lo positivo que ambos planteamientos tenían dentro. Ocurrió que River tuvo constantemente la pelota, pero cualquier pase diferente, mezcla de riesgo y miedo en lugar de natural en toda circulación de balón, se vio como una locura. Y no sólo un pase, sino toda clase de movimiento que llevara al receptor a controlar de espaldas y a tomar decisiones, a darle temple al balón sintiendo el pie hecho un flan. El más sencillo de los envíos era entendido como una potencial pérdida. A poco que uno de los dos equipos hubiera actuado con la mente libre, todo hubiera sido completamente diferente.</p>
<blockquote><p>Darío Benedetto fue, además del autor del gol, el más certero y preclaro de los xeneizes</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Por su parte, Boca armó su 4-5-1 en campo propio, pero si bien le terminó saliendo a cuenta tener menos la pelota y esperar un fallo que generara aún más zozobra en los últimos zagueros millonarios, lo cierto es que también contribuyó a todo lo que el partido fue. Solo un vibrante y calibrado Nahitán Nández equilibró los excesos y la ansiedad de Barrios y Pablo Pérez, los dos perdiendo su sitio aún sin notar amenaza alguna a su espalda. La hubo momentáneamente, sí, pero fue más intermitente que otra cosa, pues activar ese espacio a los costados de Wilmar, pareció cosa de revolucionarios. Ni Pity, ni Exequiel ni Enzo se atrevían a perder la posición de partida, de darle una opción al balón y generar sosiego. El pasador, directamente, fuera quien fuera, se vio con los pies redondos. Pero llegó el gol. El que transformó la final y obligó a intervenir.</p>
<p style="text-align: justify;">No es de extrañar que el futbolista que mejor comprendió el ritmo y el sentimiento generalizado fuera el siempre templado en el juego Darío Benedetto. Él y Buffarini fueron los únicos xeneizes que transmitieron un temple propicio para, simplemente, tratar de jugar y relacionarse con la pelota o el compañero. Cada toque del &#8216;Pipa&#8217; tuvo sentido y completó con un soberbio gol una primera parte en la que las tres ocasiones más o menos claras llegaron a balón parado. Nadie filtró un pase, pocos se adaptaron al raso verde europeo, y pocos se movieron para generar dinámica y naturalidad en torno al balón. El miedo se lo estaba comiendo prácticamente todo. Con 1-0 se llegó al descanso. Y tras doce minutos de niebla, llegó el minuto 57.</p>
<p style="text-align: justify;">En ese momento, a poco más de media hora para caer ante su eterno rival, Marcelo Gallardo dio entrada a Juan Fernando Quintero. El resto es historia y toca contarla. </p>
<p style="text-align: justify;">El talentosísimo genio colombiano tuvo un impacto tan instantáneo como profundísimo en la dinámica del encuentro. El esqueleto táctico del mismo siguió siendo muy parecido, pero aquel cuadro fue abordado con la agresividad y la brocha que han caracterizado los pases que mismamente dio el de Medellín a las órdenes de José Pekerman en el pasado Mundial. A dos alturas, haciendo progresar el esférico, Quintero fue tensando pases como si fuera repasando con el dedo cada camiseta de River Plate sudada en la grada; desde el hombro izquierdo hasta la cintura, donde pone la mano cuando bota cada golpeo, y en rojo diagonal, Quintero inventó toques propios y originales, uniendo las piezas que ya se estaban moviendo. El jugador comenzó a fluir y a dominar el campo de Boca, cuyos miembros no llegaban a cada primer toque y a cada pase combinado. El ritmo y el garbo se transformaron y dieron la igualada a un River que había conectado con su versión más desbordante. </p>
<blockquote><p>Juan Fernando Quintero se convirtió en una leyenda en 62 minutos de juego.</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">El encuentro llegó a una prórroga que iba a encontrar un desenlace aún más trascendental en la relevancia que el colombiano tuvo en el encuentro. Producto de su trance, fruto de su poder sobre la pelota y sobre el rival, Quintero coronó su hora de fútbol con un pelotazo, violento, visualizado medio segundo antes, rodeado por tres jugadores de Boca que sólo dieron tiempo a un disparo de corto armado que se estrelló con el larguero para acabar dentro de la portería. Basta ver el contacto previo suyo al tiro para comprender la mordiente agresividad que significó la sola presencia de Quintero en la psique de compañeros y rivales. Así, su incalculable inconsciencia le permitió dar 47 pases en una hora de juego, completar los nueve envíos largos intentados, dar una asistencia y meter el gol de su vida. </p>
<p style="text-align: justify;">Torero como Antoñete, donde anoche nadie lo fue, y colombiano como Gabriel García Márquez, quien tenía terror al público cuando tocaba dar un discurso, incluso siendo leído, Juan Fernando Quintero ganó su final, derrotando a esa oscura nada que paralizó a todos, que amagó con dejar la gloria para los once metros y que encontró en su zurda una lección para los restos. </p>
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		<title>La MSN en el foco</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Dec 2015 03:00:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[David León]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify">Tres goles de diferencia le sacó el FC Barcelona a su rival en la final del Mundial de Clubes. Uno menos que en 2011, cuando el conjunto de Pep usó aquel partido <a target="_blank" href ="https://www.youtube.com/watch?v=puVsKWYXJTk">frente al Santos</a> para grabar a fuego su irrepetible estilo de fútbol.<span id="more-192020"></span> El cuadro de Luis Enrique no completó una actuación ni la mitad de estética pero logró similar renta e incluso pudo marcar más gracias a la calidad ya histórica de su tripleta ofensiva, la <i>MSN</i>. <a target="_blank" href ="http://www.ecosdelbalon.com/2015/12/analisis-historia-barcelona-copas-intercontinentales/">De nuevo, la Copa Intercontinental</a> fue para los culés un preciso resumen en 90 minutos de sus esencias ganadoras.</p>
<blockquote><p>Messi un gol. Neymar 2 asistencias. Suárez 2 goles. La MSN</p></blockquote>
<p style="text-align: justify">Cabe señalar que, pese a todo, River hizo cosas buenas. Gallardo modificó dibujo y once <a target="_blank" href ="http://www.ecosdelbalon.com/2015/12/analisis-semifinal-mundial-clubes-river-plate/">con respecto a la semifinal</a> ante el Sanfrecce japonés. El <i>Muñeco</i> prescindió de su enganche, el desacertado Pisculichi, y optó por Viudez en la banda izquierda. Del 4-3-1-2 se pasaba a un 4-4-2 con la orden de presionar arriba pero con inteligencia. River buscaba el robo con brazos, cuerpo y alma pero sin tacos afilados, exponiendo toda la cultura del fútbol sudamericano en el balón dividido. Ponzio salía a buscar a Iniesta, Alario y Mora tapaban el camino a Busquets –sin marca específica– y <a target="_blank" href ="http://www.ecosdelbalon.com/2014/11/analisis-matias-kranevitter-centrojas/">Kranevitter</a> tapaba la zona de Rakitic con suficiencia. Entonces intervino Messi.</p>
<p style="text-align: justify">Aunque River no estaba forzando pérdidas que le acercaran a Claudio Bravo –o sea, no mandaba–, su plan podía decirse que estaba logrando la igualdad. La cosa cambió cuando Messi entró en contacto con la final. <span class="pullquote_right">Messi hizo del Messi pre-Lucho</span>Ya sea porque el Barça 2015-16 le sitúa mucho más en zonas centrales o porque Leo detectó el problema, el caso es que el <i>Diez</i> se hizo cargo del desequilibrio en el medio. La rigidez de Rakitic ahogaba la circulación culé y Messi se encargó de moverle de ahí. Su rol centrado sirvió para amonestar pronto a Kranevitter y para generar <a target="_blank" href ="https://www.youtube.com/watch?v=7YnryGDEJwE">acciones muy familiares</a>. El primer gol, por ejemplo, es una secuencia típica del <i>Messisistema</i> de otros tiempos: conducción de Leo, pelota a banda, bola que vuelve al centro, gol del Messi. Tercera vez que anotaba en una final del Mundial de Clubes, un récord inédito.</p>
<blockquote><p>Tras el 1-0, River quiso acercarse al empate y así todo acabó</p></blockquote>
<p style="text-align: justify">Tras el descanso, Gallardo sustituyó a Ponzio, cargado también con tarjeta amarilla. El cambio del hombre más maduro de la medular de River tuvo su lógica pero no le sentó bien a los argentinos. El <i>Millonario</i> sintió la necesidad de empatar y adelantó líneas, pero ya desde la tensión y el descontrol. Y este Barça no perdona. Con Busquets de lanzador de la contra (papel no siempre elogiado pero que borda), Suárez puso el 2-0 en la única pelota parable que Barovero no sacó en el torneo. A partir de ahí, con espacios, asistimos a <a target="_blank" href ="https://www.youtube.com/watch?v=6uZZ7NwbCEA">jugadas inauditas de Neymar</a> y Messi y a un nuevo gol de Suárez, casi fijo en la derecha para disfrute de Leo. La zaga de River sufría y solo el corazón del colombiano Balanta evitó una goleada mayor. Eso sí, River buscó su tanto, y si no lo encontró fue porque Bravo culminó un 2015 impresionante. El Barça tiene mucho portero en el chileno. Y una delantera de leyenda, por supuesto.</p>
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