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	<title>Ecos del Balón &#187; Divock Origi</title>
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		<title>En la larga noche, el rompedor de cadenas</title>
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		<pubDate>Wed, 08 May 2019 08:17:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Alejandro Arroyo]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[Al mundo del fútbol le queda aún un terreno que está por abonar y experimentar, pero los equipos no tienen tiempo para ello y parece que la mera experiencia y vivencia acumuladas no le bastan a la mente humana. Es la parcela que pone en duda la ventaja más holgada y el contexto más favorable; [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Al mundo del fútbol le queda aún un terreno que está por abonar y experimentar, pero los equipos no tienen tiempo para ello y parece que la mera experiencia y vivencia acumuladas no le bastan a la mente humana. Es la parcela que pone en duda la ventaja<span id="more-263171"></span> más holgada y el contexto más favorable; la gestión emocional y futbolística de un resultado aparentemente definitivo. Saber bailar cuando la música ya no suena, tener algo muy importante que perder, poder interpretar qué necesita el partido, cómo debe cuidarse la ventaja y cómo se afronta cada golpe recibido. En eso, las eliminatorias a doble partido nacen como la película de una vida: el sentirse arrinconado, moverse hacia adelante para integrar la ansiedad, actuar cuando todo se está bloqueando, marca la diferencia en el máximo nivel. En la noche de ayer, el Liverpool FC, y Jürgen Klopp, el que (no) arde, rompedor de cadenas, padre de tres dragones, se clasificó sin dos de ellos para la final de la Copa de Europa. Lo hizo mirando a la cara a todas las aristas de este deporte tan grande y doloroso, uno que sigue escribiendo historias como si la razón de su existencia fuera únicamente esa, hacer brotar sucesos. Un deporte que se vende solo.</p>
<p style="text-align: justify;">Empezando por lo futbolístico, siendo imposible explicar qué pasa para que suceda todo lo que sucede, por más que lo fotográfico sea tan potente, tan significativo, debe empezarse por la altura de un partido que revisado alcanza un nivel adictivo. El ritmo, la pasión, los puntos de guion son sueños para formatos que traten de competir con un partido así. Arrancando desde la base, Ernesto Valverde y Jürgen Klopp alinearon todo lo que de algún modo tenía cabida más directa. El Barcelona apostó por Coutinho y Vidal; el primero ha sido el tercer miembro del tridente ofensivo en los dos últimos meses, el que ha interpretado las fortalezas del Barça a nivel de sistema. Aunque su incidencia siga muy lejos de lo que necesita el ataque del Barça de Messi y Suárez en días grandes y exigentes, sobre todo sufridos, el brasileño ya sabe lo que tiene que hacer a nivel de movimientos, que es lo que lleva a Valverde a crear cierta seguridad, por más que su recepción de balón, su repertorio de acciones recibiendo al pie y su mentalidad para constar en los partidos no hayan tenido impacto y hayan terminado sin auxiliar al equipo. El segundo, el chileno, simplemente fue uno de los pocos capaces de sobrevivir y manejar lo que, en la raza entera, sería una asfixia. Arturo Vidal, puede decirse, salió vivo de <i>la larga noche</i>.</p>
<blockquote><p>Sólo el chileno Arturo Vidal pudo sobevivir en el eterno estadio de Anfield</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Klopp no tenía mucho margen y quiso respetar los roles del bloque con jugadores en su posición de origen. Sin experimentos, el alemán ubicó a Origi en la punta y a Shaqiri en la derecha, con Henderson, Fabinho y Milner en la medular. Tras el pitido inicial, el Liverpool decide primero: presionar allá donde vaya la pelota, incluido Ter Stegen. No hay excepción que le haya salido cruz a Klopp; nadie ha podido controlar su ímpetu. Aunque presionar al portero implica dejar una pieza libre y una oportunidad para encontrar superioridad en algún tramo del campo, la desventaja de la ida y el magnético poderío de su <i>pressing</i> posibilitan romper mentalmente el encuentro y la resistencia culé. Los primeros 15 minutos son <i>reds</i>, sobre todo por un detalle que puede sonar a clave pero que al final resulta básico. El Liverpool va a cada balón con ánimo intimidatorio. Todo lo que ocurre en campo culé, todo lo que pasa antes de que la pelota cruce la divisoria, gire el plano de la realización y la jugada pase a campo &#8216;red&#8217;, no tiene otra posible interpretación que la máxima implicación de cada pieza inglesa. Cuando Origi va a por Ter Stegen, todos los demás jugadores locales saben lo que va a pasar si la pelota cae cerca suyo. La presión de Klopp, alineada en perfecto posicionamiento y milimétrica intensidad en el momento de la acción defensiva, siempre gana. Ni el máximo exponente del control y el dominio, llamado Pep Guardiola, ha podido mitigar su efecto, adaptándose por completo a su condicionamiento.</p>
<p style="text-align: justify;">Valverde no fue menos, y se preparó con Vidal y una posterior defensa simétrica para controlar lo que vendría después, el Liverpool con balón. Klopp finalmente se atrevió y utilizó su 2-3-5 en ataque posicional para conectar a sus centrales con sus laterales. Los cambios de orientación de Van Dijk, Matip o Fabinho hacia Alexander-Arnold y Robertson hicieron muy ancha la defensa del Barça, dejando líneas de pase, cabos sueltos, por donde poder soltar a los interiores y acumular una cantidad ingente de efectivos sobre el área. La ausencia de gente veloz y amenazante en la transición culé y la impresionante agresividad y calidad posicional de la presión tras pérdida de los ingleses dejaron al Barça en mucho menos de lo que en teoría podría exprimirse en favor de un sistema ofensivo rival tan extremo. Pero más allá del <i>pressing</i> hombre a hombre, a todo campo, o del efecto del 2-3-5, lo que se inoculó en la mente del Barcelona es lo que sucedió desde el minuto 15 o 20 aproximadamente. Porque los blaugranas ganan peso con la pelota, más hacia la media hora de partido. Sin embargo, es una consecuencia de la decisión tomada por Klopp, que decide esperar. Aunque Arturo Vidal y Sergio Busquets interpretan bien algunas acciones puntuales para cambiar la orientación y despresurizar el ahogo del rival, es el Liverpool quien maniobra por decisión propia. El Liverpool domina los tiempos.</p>
<blockquote><p>Klopp dominó el duelo mental desde su pressing y su 2-3-5. El Barça acabó evaporado</p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Lo que sí hace bien el Barça es ocupar el campo cuando activa su circulación de balón en la parcela contraria. Vidal, Roberto, Messi y Busquets suman tiempo con balón, y lo hacen progresar, pero si uno recuerda el error de Alba, y uno prácticamente calcado de Roberto un minuto después, si uno recuerda el ritmo que desprende el juego del Liverpool defendiendo hacia delante, se ve al Barça reconociendo la inferioridad y la poca amenaza que su sistema ofensivo dispone para revertir la dinámica. Se constata que en Anfield, los de Valverde no pudieron disputar ni discutir los ritmos de juego, hallando a un Liverpool poderosísimo. Es así como se llega al descanso, con un ambiente enmascarado, en el que se puede pensar que el Barça templa la escena y aminora el ritmo. Un espejismo que, por más que desde el 7&#8242; hasta el 45&#8242; la creación de ocasiones del Liverpool se reduzca, se comprueba que todo sigue estando en la mente. Y que si Klopp forzaba, el pánico entraría en escena para paralizar a su rival.</p>
<p style="text-align: justify;">Un nuevo error de Alba activa el 2-0 y desde ahí es muy difícil encontrar culpables en directo. El 2-0 ejerce de apagón y encontrar el interruptor de la luz entre una marea de inconscientes que ya no van a parar para impedirlo es tarea imposible. El factor ambiental, muy reducido en el fútbol moderno, pero con márgenes para condicionar como lo hace Anfield Road, en comunión con el proyecto que le ha llevado a dos finales de Champions consecutivas, hace acto de presencia. El grito que se escucha es tan ensordecedor como la ausencia de plan que se vislumbra en las filas azulgranas. Porque al 2-0 le sucede un 3-0 que expone las dudas del más calmado. Piqué no está para apagar fuegos. En el área los pilares caen y Klopp y sus chicos culminan su obra con un momento, el del 4-0, que al menos sí puede servir como prueba gráfica de lo que la mente del futbolista es capaz de crear en favor y de pararse en contra. El colofón a la cúspide levantada por <i>Jürgen de la Tormenta</i>, el dueño de una sonrisa que siempre encuentra recompensa a su locura razonada.</p>
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