Hace justamente 20 años, Ronaldo Nazario eclosionó en una Copa del Mundo habiendo despertado una sensación común de que nada semejante se había situado en un momento temporal inalcanzable. Visto con perspectiva, Pelé era, es y será un jugador del presente. Nada le impediría ser igual de bueno ahora que en 1958, desde todo punto de vista. Por otra parte, el prodigioso Maradona o el genial Leo Messi han llevado a otra dimensión su relación con la pelota y las posibilidades que existen de seducirla con el pie, así como Zidane representó su papel en esta función con un dominio del ritmo de un partido simplemente sublime. Pero Ronaldo se separaba de todos, en forma, porque había logrado, y así seguirá siendo, ser visto como el porvenir. Pasarán 100 años y el futuro del delantero total no tendrá que ser imaginado porque ya existió para siempre. Recientemente, la Champions League 2017 fue un primer aviso y los octavos de final y el Mundial de Rusia en general han permitido a Kylian Mbappé compartir esa cualidad. El galo es un futbolista que conecta con el tiempo; el impacto visual, emocional y sensorial de un movimiento imaginado y ejecutado por Kylian Mbappé conecta al ser humano con la percepción del tiempo, negándole, de alguna manera, una imaginada concepción física del delantero del futuro, pues esa ya es real.
Sampaoli sorprendió: puso a Leo Messi de falso ‘9’
Los octavos de final que midieron a Francia y Argentina en Rusia llevaron el sello de un jugador destinado a serlo todo, cometido que siempre podrá cumplir cuando pueda desplegarse por el campo sin sujeción ni freno, del rival o de la pelota, una realidad que de no discutirse no tendrá final feliz para el portero. Así ocurrió en el primer octavo de final del Mundial ante una Argentina que enfrentó un escenario muy complicado desde muy temprano y que gestionó todo el contexto con más de lo que tenía y ha mostrado en esta Copa del Mundo. Didier Deschamps cuenta con jugadores a los que sólo debe atender con máxima concentración y ninguna duda para ganar partidos. Mientras Francia tenga claro lo que significa defender abajo y salir después, competirá. Y lo hará, casi con cierta seguridad, en más superioridad que en igualdad. Por la gloria de un jugador venido del mañana. Su primera víctima lo comprobó en todo momento.
El encuentro comenzó con una elección de gran trascendencia. Leo Messi jugaría de falso ‘9’, una medida muy relacionada con crear superioridades alrededor del balón para escapar y evitar un contragolpe francés. A su alrededor, Sampaoli ubicó a Pavón y Di María en las bandas, con Banega junto a Mascherano. La medida sonaba peliaguda, por cómo aprovecharían los sudamericanos las ventajas ocasionadas por la medida, pues en el área esperaban jugadores muy preparados para el despeje y Argentina no gozaba de ningún especialista en el movimiento hacia el remate dentro de la misma. La duda nacería en cómo progresaría la albiceleste si Messi salía de zona y se acercaba al balón, teniendo en cuenta que eso implicaría mucho protagonismo de los laterales y los extremos. Francia esperaría abajo, aplicada, física y, desde muy pronto, con marcador a favor.
Francia obró en consecuencia de su estrella: le dio todo el espacio del mundo
Y lo que se observó en los primeros 45 minutos fue complicado para los de Sampaoli. El contexto requería de una fluidez que se define y premia una movilidad y un reparto de espacios natural, asimilado, y una técnica individual para el desborde o el dos contra dos de la que carecen los argentinos. La consecuencia: Argentina era un equipo extremadamente largo. Al no producir una mínima ventaja en una posición adelantada con la que juntar a los medios con un pase atrás, los de Deschamps defendían con las líneas medidas y justas y sólo era cuestión de muy poco tiempo que la pérdida apareciera. Así, Francia comenzó a despegar hacia el ataque con los papeles tan marcados y la comodidad tan evidente que terminó por confundir algunas cosas. No estaba siendo comprometido su plan defensivo, y no necesitaba achicar agua ni recurrir al sobreesfuerzo o al sufrimiento en área propia, pero sus transiciones y su claridad para atacar se precipitaron. En ese contexto, Argentina tiró de lo que permanece, un orgullo propio, independiente a lo necesitado en otros momentos, en los que Otamendi y Mascherano pusieron las piernas a campo abierto.
Los dos equipos, con dificultad para representar o incluso simular diferentes registros de juego, dejaron una curiosidad en los primeros cuatros goles, y es que todos nacieron de acciones puntuales, aparecidas: un penalti tras una memorable galopada de Mbappé, un disparo portentoso a la escuadra de Di María y una jugada azarosa tras una falta lateral. Fue difícil relacionar cada uno de los goles como consecuencia de un dominio continuado. Pero también expresaron una realidad que acercaba, en muchas más hipótesis, a Francia con la victoria. En el intercambio de golpes, en ausencia de solidez con y sin balón, ante el espacio abierto, Kylian Mbappé estaría por encima de los demás. Sobre todo si, como así fue desde el 2-1 hasta el final, Argentina y Messi no podían ser uno solo. El camino de Argentina volvió a estar marcado por el poco feeling que las circunstancias y el contexto adquirido de Messi. Y viceversa.
Messi apenas compareció y su equipo apenas le hizo comparecer en todo el choque
Porque todo en Argentina y todo en Messi en este Mundial, en la historia que desde el enfrentamiento ante Islandia se ha narrado, también en todo el periplo Sampaoli, ha respondido a una cuestión emocional. La clave no ha sido un tema posicional, por más que una decisión o elección táctica facilitara las cosas –un ‘9’, un pasador-, sino de energía y motivaciones compartidas. Argentina y Messi no se encontraron porque no había espacio, tiempo y momento para encontrarse. Algo se rompió tras tanta inversión e ilusión entre ellos y por sí mismos, para que Messi se alejara del juego. Su Mundial, y su partido ante Francia, generando momentáneamente por su inagotable capacidad para producir sin aparecer, se resumió por acciones puntuales y una interrupción continuada. Una falta de sincronía e incomprensión que derivó en la incapacidad para revertir situaciones. Messi y Argentina jugaron en inferioridad mutua pero sin canalizar energías y planes como hace cuatro años. Una falta de feeling sin el plan que sí se percibió en Brasil.
La segunda mitad se descompuso cuando el hábil y creciente Pavard voleó a la red, para comenzar el festín de Kylian Mbappé. El partido que se dio desde el 2-2 expuso lo que significa Mbappé cuando el rival carece de capacidad para controlar situaciones de juego, asuma o no la pelota. Desde lo más esencial de su ser como privilegiado físico, la velocidad punta y la elasticidad para revolver sus piernas en un metro y un segundo, para encender con luz cuando el sol está en todo lo alto y las estrellas no se pueden percibir, el delantero del París Saint-Germain mandó un mensaje a todo aquel que ose asumir la iniciativa en el juego y quiera situar su fase ofensiva a 60 metros de su portero. Contra el futuro siempre vas a perder.


Raul 1 julio, 2018
Genial artículo. Enhorabuena.
Hay pocos jugadores que hoy en día te puedan impresionar en el tiempo de la sobre información. Tuve que ver varias veces el derroche de Kylian Mbappé porque esa carrera fue simple y llanamente alucinante. Lo que se ve bajo el capó de este jugador, día tras día asombra más. Es la nueva referencia del futbol mundial.