El campeón soy yo


“Los sueños se van con la noche. Y tan solo queda una bruma lejana e inatrapable”, O. Soriano.

Un armario ropero con pocos trajes, un surtido infinito de gorras, cachuchas y viseras, y el chandal como manifestación textil de su vocación obrera y esforzada nos puede servir para acercarnos a la persona y leyenda de Carlos Timoteo Griguol, el viejo que ya era tal cuando fue joven por su carisma paternal, el respeto de su voz y la caudalosa sabiduría de las ideas. Cuando uno observa al Griguol de hace cuarenta años y al último, al que se bajó del fútbol hace un tiempo escaso, casi no aprecia contrastes. Es lo mismo: un padre, un viejo, un sabio. Y una gorra. Alguien que con su Ferro Carril Oeste, a principios de los ochenta, le metió un pulso rotundo a los poderes del fútbol y del periodismo de Argentina, construyendo un equipo alejado de todos los dogmas, que salió dos veces campeón, que implantó una tercera vía en el juego y que de tan chico que era debió combatir contra su historia y contra la de todo el fútbol de un país resistente a esas osadas ambiciones. Argentina siempre fue River, Boca, Independiente, Racing y San Lorenzo hasta que los amagos rebeldes y breves de Estudiantes, Newell’s, Rosario Central, Quilmes, Huracán o Chacarita rompieron ese ‘status quo’ ancestral. La epopeya de Ferro Carril Oeste entre 1981 y 1985 con Griguol como piloto de la locomotora fue otro grito eventual, pero permanece agarrado en la memoria porteña por la profundidad de su significado: el Ferro de Griguol forjó su época triunfal a su manera, desmarcándose de las corrientes y tensiones de las antonimias tan comunes en el fútbol argentino. Griguol, en definitiva, abrió su propio espacio. No fue un lírico ni un resultadista: fue todo ello sin nada de eso. Y le bastó para alzarse campeón del Nacional ’82 y del Nacional ’84 o derribar los dominios de River y Boca con un club austero, barrial y con alma, durante ese tiempo, de perseguido por el periodismo.

El Ferro Carril Oeste de Griguol abrió una tercera vía en el anquilosado fúbol argentino.

El relato es capital en el fútbol argentinoArgentina ha moldeado la identidad histórica de su fútbol a través del relato. La palabra escrita ha pesado tanto como las pelotas redondas. En las primeras décadas del siglo pasado, las páginas sepia de “El Gráfico” contribuyeron a romper con la escuela inglesa, académica y rígida, y suplantarla por una cultura nacional del juego, La Nuestra, la ley del engaño, la improvisación, las inspiraciones personales y los códigos del potrero. Las letras fueron su mejor refugio. La inflexible catequesis de Dante Panzeri defendió esa escuela. Surgieron mitos alados, como La Máquina de River o la selección de los Carasucias. Más tarde, los cuentos y viñetas de Fontanarrosa colorearon de popularidad y literatura esa identidad. Y Osvaldo Soriano le dio carácter inmaterial a esas historias con sus párrafos de marfil. Hasta que explotó la dinamita que dividió el país en dos: el debate entre lo romántico del lirismo y la eficacia de un resultado confirmó lo complicado de entenderse con un argentino si no suelen ser capaces de conseguirlo entre ellos. Así, el fútbol argentino avanzó movido y determinado por la lucha de facciones, impecablemente representada por los dilemas filosóficos entre Menotti y Bilardo. Argentina fue siempre fútbol relatado y su narrativa se encapsuló entre esas indisociables posturas, excluyendo sus actores (los entrenadores, los dirigentes, el periodismo…) a cualquier intento renovador y alternativo. Las letras, por lo general, decían qué estaba bien o qué estaba mal.

A la entrada en los años 80, venía Argentina de un periodo entusiasta en el fútbol. La década de los años 70 había traído la primera Copa del Mundo, con Menotti de seleccionador. Aunque ese equipo no fue una representación viva y luminosa de los ideales de La Nuestra, conservaba algunos de sus rasgos y se alimentaba de futbolistas criados en clubes que sí había exhibido ese “regreso a las fuentes” durante esos años: el Huracán de Menotti, el River Plate y el Rosario Central de Labruna o el Boca Juniors de Rogelio Domínguez. Todos ellos conformaron un periodo de reciclaje, en lo que se llamó la “etapa del lirismo”, un giro contrarrevolucionario con el que retomar el hilo perdido en los años 60, cuando Argentina abandonó La Nuestra y sufrió el zarandeo de la crisis de pensamiento provocada por el desastre de la Copa del Mundo de Suecia 58. Habían sido los tiempos de dominio del Estudiantes de Zubeldia, el Racing de Pizzuti, la selección de J.C. Lorenzo y futbolistas telúricos como Rattin, Aguirre Suárez o Bilardo, diferentes modos de reacción alérgica a los valores que La Nuestra había expresado antes en los 40 y 50. El fútbol argentino tomó en ese periodo el camino del juego restrictivo, pragmático, con acento en lo táctico y lo premeditado, con hueco para el cinismo, la provocación o la intimidación, para los atajos hacia el resultado…

El Ferro de Griguol fue uno de los equipos que cerró la puerta a los líricos años 70 junto al Estudiantes de Bilardo. Sublimó la idea del juego como una exposición colectiva y práctica. Griguol no se opuso a los atrevimientos creativos –Ferro producía ataques dinámicos, ligeros y con cierto arrebato estético-, aunque esas declaraciones debían partir de una respuesta coral, compartida. “Los jugadores son la base. Y para alcanzar los más altos niveles ya no sirve solo con el talento individual. Creemos en la gambeta, en el toque, en la marca, en el cabezazo, en el pique, la pausa, en todo lo que implica el fútbol, pero todos unidos detrás del objetivo mayor: el equipo”, resumía Carlos Timoteo al poco de desembarcar en el club.

La idea del técnico cordobés era colectiva, marcado en parte por las condiciones de sus jugadores.

Ante todo, el verdolaga de Griguol fue un equipo de estructuras robustas, compacto, con una insobornable apuesta por el gregarismo y el blindaje defensivo. Ferro fue el equipo menos goleado del fútbol argentino en el 90% de los campeonatos que se celebraron entre 1981 y 1985, con un promedio de menos de un gol encajado por partido. Su portero, Carlos Barisio, nada del otro mundo (“un portero sin manos”), cerró su portería en el torneo Metropolitano ’81 durante 1.075 minutos seguidos, una marca aún récord en la Primera División argentina y una de las diez mejores de la historia del fútbol mundial.

Sus jugadores eran poliédricos, ajustables a varias funciones y dibujos, con un acusado perfil colectivo, pero no suprimía la inspiración de talentos técnicos individuales como Márcico o Miguel Juárez. El Ferro de Griguol bordó el orden y la solidez, se movió con unos automatismos internos inéditos en el fútbol argentino. Era una maquinita práctica y eficiente, de envoltorio adusto y metálico, aunque con unos engranajes conmovedores, bien engrasados y con instantes de fútbol apasionado. Esto último apenas se le tomó en cuenta a Ferro. Al equipo de Griguol se le colgó una etiqueta injusta de escultura del bostezo, fútbol de plomo y aburrimiento dominical. Ese fue el otro partido que jugó Griguol: el combate contra el Grupo Clarín. La gran lanza periodística del país cuestionó el ‘antifútbol’ de Ferro, un equipo cuyas victorias no alcanzaban el valor comercial de los éxitos de Boca o River, masas sociales amplias, hambrientas de triunfos y buenas letras sobre sus colores. Griguol siempre aceptó ese juego con el periodismo, aunque lo entendió como desproporcionado, impertinente y vengativo. Tenía parte de razón.

Cuando apareció Ferro, los grandes estaban viviendo tiempos durosLos años de oro de Ferro coincidieron con la crisis de los grandes. Fue una época en la que Boca sufrió severidades económicas y debió vender a Maradona al Barcelona. Una huelga de futbolistas asfixió River, también con angustias financieras y forzado a traspasar a Ramón Díaz al Nápoles, a Passarella a la Fiorentina y a devolverle al Valencia a Mario Kempes. Los Millonarios rozaron el descenso en 1982: les salvó la imposición de los promedios, una regla ajustada a la medida de los grandes de esa época con el objetivo de sujetarlos a Primera. Aun así, Racing y San Lorenzo bajaron. Los gigantes temblaban. Solo Independiente se mantuvo con regularidad arriba desde 1981. Junto a Argentinos Juniors, ejercía de bandera del “fútbol bien jugado”, mientras que Ferro y Estudiantes quedaban como guardianes del ‘tacticismo’ y las prioridades defensivas. Las atávicas divisiones. Tampoco el país vivía días serenos. Antes de la Copa del Mundo de 1982, Argentina era un volcán: la guerra de las Malvinas, la convulsión social, una devaluación del peso del 30%, una inflación del 131%… El deterioro social, político y económico envolvieron el tiempo en el que el Ferro de Griguol cogió impulso.

Griguol llegó a Caballito con el objetivo de mantener en Primera al equipo.

Al Viejo lo llamaron en 1980 desde Caballito, céntrico barrio donde Ferro plantó su estación en 1904 y donde se levantó su cancha, la más antigua aún vigente en Buenos Aires, El Templo. Venía de Kimberley sin mucho aval reciente. Había ganado el Nacional del 73 entrenando a Rosario Central, con un equipo al que llamaron ‘Los Picapiedras’ por su fútbol rugoso y combativo. Pero su elección fue ante todo una cuestión de carácter. Ferro tenía tradición de club austero y el presidente Santiago Leyden buscaba alguien de perfil bajo, con buena ascendencia en las políticas de cantera y con un talante frugal, riguroso y pedagógico. Griguol cumplía eso. En este lustro apoteósico, las inferiores fueron bandera de Ferro: Saccardi, Óscar Garré (campeón mundial en el 86), Carlos Arregui, Cúper, Crocco, Marchesini, Noremberg… Varios ellos se vistieron de internacionales con la albiceleste.

Fue clave en la llegada de Griguol a Caballito el entrenador de la sección de baloncesto, León Najnudel, quien sugirió el nombre y quien se convertiría en una figura esencial en la fabricación de una de las armas que identificaron a ese Ferro: el balón parado. Griguol se trajo a Caballito a uno de sus fieles compañeros de su época de centrojás en Rosario Central, cuando también el Trinche Carlovich jugaba con ellos: Carlos Aimar. Él fue su ayudante de campo, un hombre con el temperamento ideal para compensar las relaciones humanas con el vestuario. El triángulo de trabajo lo completaba el profe Luis María Bonini, un preparador físico de cuyo método salió otra de las claves de ese equipo: su fortaleza y su resistencia.

Venía para no descender y Griguol solicitó que no se vendiera a nadie. Rápido, consiguió una sintonía exacta con el plantel. No hay exfutbolista del Viejo de aquella época que hable mal de él. Cuidaba a los jugadores como a un hijo. Si alguno llegaba al predio de entrenamiento con algún vehículo de alta gama a prueba, le recomendaba que mejor invirtiera en viviendas su dinero. Sugería a los futbolistas que leyeran, que estudiaran, que vigilaran sus ahorros… “Yo les exijo a los chicos que hagan un curso de algo, que aprendan algún oficio. No acepto que vengan y me digan que lo único que saben es jugar al fútbol. Hay que estar preparado para la vida”, reflexionaba el Viejo.

En 1981, Ferro ya era el equipo argentino con mejores números, sumando todos los torneos. A calendario corrido hubiera ganado un campeonato de dos vueltas. Sin embargo, Boca y River –plagados de estrellas como Maradona, Brindisi, Kempes, Passsarella, Díaz, Gallego…- se repartieron el Metropolitano y el Nacional, con Ferro doblemente subcampeón. Fue el aviso. Los de Griguol ya se definían por su juego. En su identidad, había tres cuestiones innovadoras para Argentina: la sistematización del ‘pressing’, los entrenamientos con pesos y lastres, y las jugadas de pelota parada. Esto último fructificó de las conversaciones de Griguol con León Najnudel, de quien importaba conceptos del baloncesto como los bloqueos o los arrastres para aplicarlos a su pizarra de la estrategia. La presión, no obstante, era la piedra angular de su ideario y así la entendía: “En el fútbol de ahora hay que hacer maravillas en un metro cuadrado. En el fútbol de antes había espacio para tirar para el techo. En la época en que yo jugaba, un futbolista solo quedaba encerrado en un metro cuadrado cuando entraba al baño”.

La versatilidad y la polivalencia definían al Ferro Carril Oeste de Griguol.

Su equipo tenía una exactitud táctica poco vista en ArgentinaEntre 1981 y 1984, Ferro ganó 105 partidos, empató 75 y perdió 32. Anotó 312 y lamentó 152. Uno de los méritos capitales de Griguol fue ganar el Nacional de 1982 (invicto, como pocos equipos han logrado en Argentina) y repetir dos años después a pesar del desmantelamiento del equipo antes campeón. Cambiaron los jugadores, pero no las esencias. Griguol perdió al goleador Miguel Ángel Juárez –su gran apuesta al fichar por Ferro en 1980-, a una institución como ‘Cacho’ Saccardi, a Crocco y a Rocchia. Cuatro titulares de primer orden. Aunque el equipo decayó algo en 1983, un año después volvía ser la misma máquina de competir, con sus valores y su estilo: no era un equipo con una vistosidad continua, pero carburaba como una obra de ingeniería. Todo movimiento tenía un registro en la memoria del equipo. Las coberturas y los relevos posicionales eran seda pura. “A los jugadores que no tienen talento hay una sola manera de respaldarlos: haciéndoles sentir la confianza de la mecanización. Nuestras razones eran orden, respeto, disciplina. El lema siempre era mejorar lo anterior”, analizaba Griguol. Su equipo era cartesiano, equilibrado, con una exactitud táctica poco convencional en Argentina, de físico distinguido y con unas contras imponentes. Desde luego, fue un equipo que defendía y acentuaba esa faceta, pero lo hacía más por calidad que por cantidad. “Ferro en los 80 se destacó por tener un sistema de juego diferente al resto. Para nosotros era algo normal correr y jugar los 90 minutos, mientras que para los otros era un sacrificio”, explicaba el Viejo.

Griguol alternaba varios sistemas, fruto de su elasticidad como técnico y las condiciones versátiles de sus futbolistas. En el campeonato de 1982, el once tipo fue: Barisio en la portería. Mario Gómez en el lateral derecho. El “Cabezón” Héctor Cúper y Rocchia formaban una pareja de centrales muy poderosa por arriba en ambas áreas. Garré era el lateral izquierdo. Saccardi era todo un tótem de Ferro, un centrojás fuerte y solvente con la pelota, buen cabeceador. Le acompañaban volanteado Carlitos Arregui, otro buen rematador arriba, como Saccardi, muy inteligente en los apoyos defensivos y en el juego de espacios; y Adolfino Cañete, paraguayo, el timón que dirigía desde el sector izquierdo. Arriba, a la derecha, jugaba Crocco, veloz y goleador; por el centro, lideraba la ofensiva Miguel Ángel Juárez, un punta móvil, de amplio radio y voraz remate (fue artillero ese año); y en la izquierda el otro extremo, el uruguayo Jiménez. El esquema base se articulaba en un 4-3-3, aunque flexible gracias al comodín táctico de Saccardi. Era el futbolista contextual. Griguol solía retrasarlo desde el pivote y lo instalaba entre centrales, creando una intimidatoria cortina defensiva. Otro signo táctico de ese equipo, a veces, era el cuadrado que formaban en el medio Saccardi, Arregui, Cañete y Juárez, quie se descolgaba. La final se la ganaron a Quilmes (0-0 y 2-0).

La prensa la tomó con Ferro porque no vendía lo suficiente. No era el Boca de Maradona.

Con el Beto Márcico en punta, Ferro volvió a campeonar en 1984La versión campeona del Nacional ’84, por su parte, introdujo a Basigalup en la portería y a Agonil en el lateral derecho. Marchesini reemplazó a Rocchia; Brandoni a Saccardi; Noremberg a Crocco; Gargini a Jiménez; y el Beto Márcico a Juárez. Márcico es uno de esos tantos futbolistas argentinos de quien se ha escrito menos de lo ganado. Márcico era un especie de Maradona de club chico. Fue un delantero con un talento infinito. Para muchos, el mejor de la historia de Ferro. Jugaba por donde quería. Caía abajo, a la zona del enganche, afilaba la punta, se ahuecaba a las bandas… Inspirado, era una lluvia torrencial de magia. Pura clase. Un fogonazo de luz. Inolvidable en Caballito. Nadie pudo frenarlo cuando rompió a jugar en 1984. Tampoco River, la víctima en la final del Nacional. Ferro ganó en el Monumental por 0-3, uno de los partidos más memorables del fútbol argentino. Los de Griguol arrasaron al River de Francescoli o el Beto Alonso. En Caballito, con 1-0 arriba, el partido se suspendió y se decretó la victoria de Ferro: la hinchada visitante reventó a pelear en las gradas. “Ferro es el campeón Nacional, pero eso no significa que seamos la verdad del fútbol ni que yo tenga la fórmula mágica. No es el momento de pontificar, no es mi estilo. Tuve la suerte de caer en un club que dejó trabajar al técnico y eso me permitió reordenar ideas, tirar mi librito y empezar a escribir otro”, sentenciaba Griguol al término de ese campeonato. Luego, Ferro sería subcampeón del Metropolitano, en un pulso con Argentinos Juniors durante el que se recrudeció el conflicto de Griguol con el Grupo Clarín.

Las críticas venían cargadas desde Horacio Pagani, el jefe de la sección de deportes. Ferro no vendía y ya en 1981 se abrió la brecha. Maradona estaba en su punto de ebullición, no había rincón del planeta que lanzara sus ojos sobre Argentina. Boca y el Pelusa componían un matrimonio ideal en la cultura popular porteña: había miles de hinchas ávidos de párrafos triunfales. Había un negocio oceánico. Pero ahí se coló Griguol. Durante esos años, no faltó quien minimizó y arrinconó los logros de Ferro. Pagani prefería abrir los deportes de “Clarín” con turf a hacerlo con una victoria de Griguol. Aún se recuerda en Caballito cuál era la posición del periódico: “Ser fuertes con los débiles y débiles con los fuertes”. Era sencillo pegarle a Ferro. Tres marcas lo definían: defensivo, aburrido y antifútbol. Es cierto que fue un equipo de rigores, con prioridades tácticas, con pocos goles marcados y pocos recibidos. Pero había algo de belleza prohibida en sus cargas, sobre todo, cuando Márcico jugaba como cerca de las nubes.

Desde luego, no fue Ferro un equipo de tópicos. Estudiantes, por ejemplo, resultaba más áspero. Juvenal, una de las fecundas plumas de “El Gráfico”, nos dejó escritas después de la victoria contra River en el Nacional ‘84 algunas palabras que se acercan mejor a la dimensión real del Ferro de Griguol: “Cuando la pelota es propiedad del rival, lo de Ferro no encierra ninguna sorpresa, aunque igual sorprende. Porque parece que sus efectivos se reprodujeran. Su escalonamiento, sin necesidad de marca al hombre pero tomando invariablemente la zona y con cobertura cercana, es admirable. Tanto que en los últimos 55 minutos del partido de ida y en los 70 que duró el segundo, cuando River intentaba armar avances y desplegarlos, teníamos la sensación de que no podía generar peligro de gol ni aunque jugara tres días seguidos. Sus cortinas defensivas, el funcionamiento de sus ´pequeñas sociedades, la multiplicidad ordenada con que todos revelan a todos, puede parecer rutina”. Y así completaba la radiografía: “La rutina desaparece, se hace creación, cuando la pelota es recuperada. En ese preciso momento comenzamos a entender que detrás de esa apariencia de equipo simple y sin misterios, tan denso en su telaraña de pases anunciados, dando la impresión de moverse siempre en el mismo ritmo, en Ferro hay algo más. Ese algo más nos explica por qué este campeonato que ganó es un triunfo rotundo del fútbol que nos gusta a todos”.

En Caballito reinó la felicidad mientras por allí estuvo Carlos Timoteo Griguol.

En Caballito, aún se habla de los años de la persecución de Clarín y otros cañones mediáticos. En la grada de El Templo, se agolparon entre 1981 y 1985 los cánticos de trinchera: “Dicen que somos un equipo aburrido/y que jugamos la pelota para atrás/ me chupa un huevo todo el periodismo/ a Caballito cada vez lo quiero más”. Griguol intentó resbalar entre las críticas. Le decían –aún se hace- que los éxitos de Ferro solo fueron posibles en aquellas circunstancias del fútbol argentino, con la crisis de los grandes, las penas económicas, el bajón competitivo… Quizá sea así, aunque quizá también el país nunca vivió años de tanta igualdad en Primera. Griguol era consciente de su conquista. Un pequeño milagro, desligándose de bandos y saliéndose de la caldera de dilemas del fútbol argentino. Abrió un nuevo camino. Le pintó la cara de cierta modernidad al juego. Dejó huella como el que pisa en la eternidad, signo de esto, del poder de sus ideas y métodos, lo tenemos en sus hijos: Mario Gómez, Rocchia, Saccardi, Garré, Brandoni y, sobre todo, Héctor Cúper, el mejor exportador del legado del ‘griguolismo’.

A Griguol nada le importó más que sus jugadores y su Ferro. Vivió a su aire, con los oídos tapados mientras crecía su obra. Pero cuando tocó el cielo por primera vez, en los vestuarios de Caballito, después de ganarle a Quilmes, mojado de agua y gloria, sacó su raquetazo de revancha con ese aire cáustico que muchas veces se gastaba. Estaba allí un chico con su bloc de notas. Varios plumillas lo tenían complicado en Caballito. No era raro que la gente los apedreara. Algunos tenían prohibida la entrada. Griguol atendía a una nube de entusiasmados periodistas. Había uno, en cambio, algo reservado. El Viejo lo miró y le tiró:

-Oye, Pibe. ¿vos de dónde sos?
-De Clarín
Y Carlos Timoteo, maestro, viejo, ganador, hombre y argentino, le soltó:
-Decile a Pagani que el campeón soy yo.


16 comentarios

  • Renato 26 diciembre, 2014

    Fantástico, hermoso la verdad. Se respira un respeto profundo por la obra de Griguol, un afecto austero como el sujeto del artículo.

    Es la segunda vez que escucho hablar de tercera opción o tercera vía del fútbol argentino en Ecos, antes fue Bielsa. La profunda dicotomía de la cultura argentina parece su rasgo más sustancial; de un tiempo a esta parte y con la crisis social actual se puede sentir su peso asfixiante en prácticamente todas las áreas de opinión pública, uno pensaría que es un síntoma del descalabro actual y sin embargo ha estado allí siempre, en constante espera de la gota exasperante.

    No conozco al Ferro de Griguol, pero por lo que pude ver en algunos videos practicaban una presión tras pérdida insólita en la Argentina, la transición defensiva es muy sólida pero también el ataque posicional se ve lógico y muy trabajado con mecanismos efectivos en las bandas. No parece un equipo al que fuera fácil quitarle la pelota.

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  • @migquintana 26 diciembre, 2014

    @Renato

    Es muy interesante esto de la tercera vía porque, para empezar, tiene algo de contracultural que, en debates así, más que algo positivo es un reto que debe superar. Como si la única forma de demostrar lo positivo de ''ese modo'' o ''ese método'' fuera ganando a todos. Algo que los equipos que ''escogen'' el bilardismo o el menotismo no necesitan, porque en teoría ya fue probado el éxito -y fracaso- con anterioridad. Es un razonamiento bastante primario, pero creo que en cierta medida esto también le pasa a Marcelo Bielsa, que parece que si no gana es porque su método es errado.

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  • Abel Rojas 26 diciembre, 2014

    @ Renato, Quintana

    Pero en el fondo es normal dudar, ¿no? Ha habido muy pocos países, quizás ninguno, que siempre hayan estado convencidos de su estilo. La unanimidad solo se da cuando se gana, y no se gana siempre.

    Brasil ha debatido muchísimo, como vimos en la serie de David Mata dedicada a los mulatos. E Italia viene de Prandelli, con todo lo que sabemos que intentó.

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  • Vilariño 26 diciembre, 2014

    Poca queja tendrán los amigos argentinos del trato que se le da a su fútbol en Ecos.

    Como siempre digo, estoy muy pez en historia del fútbol sudamericano "local". Esto son clases magistrales para mí.

    Fantástico, Chema.

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  • Uruguayoafull 26 diciembre, 2014

    Para empezar grandísimo el articulo de Ferro Carril Oeste que por cierto para mi tiene uno de los nombres de equipo mas lindos que hay.
    En cuanto a la interna del futbol argentino y sus debates, del otro lado del rio de la plata siempre supimos que eran técnicamente superiores pero ese debate y confusión llevaron para mi a que teniendo históricamente tremendo potencial en lo futbolístico recién en 1978 levantaron su primer copa del mundo, llevados de la mano por un "toro" que se llevava todo por delante (kempes) con talento pero mas musculo que tecnica nivel medio para un 9 argentino. Gracias a Grondona comenzaron a tener una organización acorde al futbol profesional a nivel mundial. Es dificil interpretar como hay gente que cree que hay una sola forma de jugar al futbol, o valida, jugar bien no necesariamente es jugar "lindo" y gran parte de los argentinos muchas veces fueron campeones "morales" en este continente pero no levantaron copas mundiales como ya dije 48 años después del primer mundial.
    Hay que reconocer que es mas dificil ganar dando espectáculo, pero si vos no tenes jugadores para darlo haces lo que podes. Defender bien para muchos es mala palabra, para mi es la mitad del juego.

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  • herbaseca 26 diciembre, 2014

    Grandísimo artículo que me retrotrae al que Chema escribió hace casi un año sobre el Hellas Verona: un equipo humilde que pasa de luchar por no descender a ganar la Liga, un entrenador discreto (en lo mediático, no en lo futbolístico) que abre ventanas en la cultura futbolística hegemónica, jugadores desconocidos que encuentran el contexto para brillar…

    Y de la conexión de ambos artículos me surge una duda: ¿qué pasó en la primera mitad de los 80 para que se produjesen este tipo de terremotos futbolísticos? Porque a los casos del Ferro y Hellas hay que sumar la victoria de la Roma en la Serie A del 83 (su segunda liga tras la del 42), las dos ligas consecutivas de la Real Sociedad en el 81 y el 82 (únicas en su historia), la Champions del Aston Villa en el 82… Quizás sea casualidad y no haya motivos fundados para establecer relaciones entre estos acontecimientos, pero me llama mucho la atención.

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  • @_H___H_ 27 diciembre, 2014

    Me pareció un artículo muy atrapante, para mí Griguol es un enigma porque nunca llegué a ver jugar a sus equipos ni está ninguno ligado con la historia que conozco más del fútbol argentino, pero sí he escuchado su nombre mencionado con mucho respeto varias veces, al final me quedó la duda de lo que fue el resto de su carrera, sé que lo he escuchado más ligado a gimnasia que a ferro, pero supongo que es por ser más reciente.

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  • Leandro 27 diciembre, 2014

    Yo era muy chico y los éxitos deportivos del viejo Griguol más me los contaron que otra cosa, pero siempre lo recuerdo con mucho cariño, sobre todo como formador desde lo humano, como un hombre enormemente comprometido a ese rol, algo de lo que bien se menciona en el artículo. Recuerdo haber visto los reportajes a dos jugadores de Gimnasia y Esgrima La Plata, (de los cuales no doy el nombre porque al no estar seguro quizás termine diciendo cualquier cosa) pero que comentaban justamente ésto, uno de ellos decía que Griguol lo obligaba a mostrarle la libreta de la escuela y esa era la primer condición para entrenar en primera, y el segundo contó la anécdota que al cobrar su primer sueldo "grande" fué y se compró un auto, al otro día al llegar al entrenamiento orgullosamente se lo mostró al viejo, y éste muy disgustado lo hechó del entrenamiento a los gritos de "en ladrillos para un techo te tenés que gastar la plata no en chapa y ruedas"…. en algunos países que pueden ser la excepción que confirme la regla lo cierto es que el fútbol como muchos otros deportes puden ser quizás la única puerta de salida para mucha gente que vive en condiciones no soĺo ecónomicas lamentables sino también culturales y sociales (que para mí están ligadas pero no son lo mismo), y hombres como éste recibiendo y formando a esos pibes es un valor agregado aún más importante que las lecciones tácticas que pueda brindarles; creo que esa formación es la que realmente les daría la salida más alla de cuánto éxito puedan tener en el deporte que practiquen, y aún más acentado puede ser también la diferencia si finalmente tienen éxito… se me viene a la cabeza por ej. al pensar en cuánto bien le hubiera hecho a Maradona comenzar con Griguol.

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  • Ismael 27 diciembre, 2014

    Muy buen artículo. No sabía mucho de Griguol y me ha alegrado conocer sus orígenes. Mis primeros recuerdos del fútbol y, por consonancia, del Betis es de Griguol con su gorrita jaja. Fantástico. Enhorabuena.

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  • Luther Blissett 27 diciembre, 2014

    Sin haber visto nunca al Ferro de Griguol por los videos y lo que se dice en el texto me recuerda mucho al Atlético del Cholo.
    Me imagino que, los que no hemos visto a ningún equipo de Griguol, podemos hacernos una idea con el juego de los equipos de sus discipulos Hector Cuper y Carlos Aimar ¿No?

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  • chemaerrebravo 27 diciembre, 2014

    @Luther

    En efecto, los equipos de Cúper sirven com referencia: rocas competitivas, sistemas defensivos muy eficientes, gran precision táctica (relevos, coberturas, apoyos…) y buenas contras. Y la pelota parada.

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  • hernan castro 28 diciembre, 2014

    También el mono Burgos es alumno de Griguol. Llego al Club a los 14 años y estuvo algo como 10 años.

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  • Faetón 28 diciembre, 2014

    La anédota de los ladrillos y el coche es idéntica una protagonizada años después por don luis aragones y samuel etoo en mallorca 😀
    Un gustazo leer estas joyas, aquí, en ecos

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  • El gran verdolaga 29 diciembre, 2014

    Yo he visto jugar al Ferro dirigido por Timoteo ( aclaro que soy hincha de Ferro) y nos daba bronca que los medios sensacionalistas lo despreciaran al equipo, les daba bronca que le jugáramos de igual a igual a los equipos llamados grandes (ya no lo son). En los titulares no era nunca el "Gano Ferro" casi siempre era "Perdio Boca o Perdio River" como para poner ejemplo. Pero no me importa, Ferro salió campeón Nacional en le 82 invicto y en Nacional del 84, con subcampeonatos Metropolitanos en el 81, 84 y Nacional 81. Y nunca nos regalaron nada, al contrario, siempre peleando contra los arbitrajes y los medios periodidísticos (que informan lo que les viene en gana y en $$$$).

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  • Larios84 30 diciembre, 2014

    Yo soy madridista, pero esto me recuerda a cuando comenzo el ciclo Cholo en el Atleti, o al ciclo de Benítez en su Valencia, que como no ganaban los 2 equipos de siempre, en la prensa deportiva de la capital y de Cataluña, se ha solido tender a infravalorar esos éxitos, dado le supuesto caracter "no grande" de dichos equipos.

    Quizás con el Atleti no pasa tanto, ya que pese a no ser uno de los 2 grandes, es el tercero en discordia, pero si que han tenido mucha campaña en contra, lo que ha provocado, que los periodistas afines al Atleti, sean todavía si cabe más parciales con los colchoneros. Esta claro que la imparcialidad en el periodismo deportivo es muy complicado, y que según del club que seas, inclusive en Ecos, puede darte la sensación de que ciertos colaboradores en ocasiones aunque no quieran tiran de filias y fobias, pero esto es un oasis, donde esa imparcialidad, es la mayor que pueda encontrarse en artículos deportivos sobre futbol, pese a que la imparcialidad total, creo que no existe, y que cada uno de nosotros, deberíamos saber asimilar cada noticia que leamos o artículo, y tener la capacidad de coger lo que nos interesa.

    Yo, a Griguol, como otros, solo tengo ese recuerdo de su breve estancia bética, con su chandal y su gorrita, y si como dicen Cúper fue jugador y heredero de algunos de sus dogmas, podemos hacernos una vaga idea de como era aquel Ferro.

    Gran artículo, mi enhorabuena!!

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  • Norberto 19 marzo, 2015

    62 años tengo de apoyar el trasero en los viejos tablones del Templo de Caballito (asi llamamos los hinchas de Ferro a nuestro querido estadio), unico en Capital Federal que mantiene su ubicacion en el mismo lugar en que se fundo en 1904. En estos 62 años, nunca vivi lo que el Viejo Maestro nos regalo en esa decada gloriosa de los 80. Te sentabas los domingos con la sensacion del triunfo cantado, sea quien fuera el rival, los historicamente bancados por el periodi$mo deportivo con Clarin y Pagani a la cabeza, como River, Boca, Independiente, San Lorenzo quien pasara por El Templo, sabia que se jugaba una final indeseable, por que el Viejo Griguol tenia siempre una carta escondida debajo de la manga (o de su gorra en este caso). Recuerdo en un partido con Independiente, a Bochino lo tuvieron que sacar en un primer tiempo a los 25 o 30 minutos por que no pudo recibir una sola pelota, contra Boca la famosa hinchada "la 12" se fue de la cancha abandonando a su equipo, por no poder aguantar la goleada historica que se comieron, los de River en la final del 84, partido de ida y vuelta para definir al Campeon (partido de ida en cancha de River ya se habian comido 3 goles y venian al Templo con un 3 a 0 en el bolso), al comenzar la Fiesta Verdolaga del Campeonato, con gol del paraguayo Adolfino Cañete, los hinchas de River hicieron suspender el partido, intentando quemar los tablones de la tribuna vicitante. Este era el Ferro de Carlos Timoteo Griguol, ese equipo compacto impredesible, que siempre tenia una variante para dejar impotente al los rivales y su publico, llame como se llame y tenga los galardones periodisticos que tenga. En la cancha no eran 11 contra 11, eran 22 contra 11, mas el regalo escondido que el Viejo siempre tenia bajo la gorra y estudiado en la semana. Hoy tengo 65 años y nunca vi un equipo igual al menos en Argentina, el Ferro de Griguol gano dos campeonatos (esto para las estadisticas), el Ferro de Griguol gano 5 Campeonatos…, por que los 3 sub campeonatos fueron definidos de antemano en la Asociacion del Futbol Argentino y el diario Clarin, por que el Viejo no vendia buzones, el Viejo Griguol desparramaba futbol en la cancha y daba catedra de estado fisico, tecnica, astucia, habilidad y oportunismo.
    Pero esto que en Ferro Carril Oeste, ocurrio en el futbol no fue casualidad, Ferro fue y es un Club con Futbol no un Club de Futbol, lo sostenia permanentemente su presidente el Dr. Santiago Leyden, el Dr. Hector Kriscautzky y el Arq. Ricardo Etcheverry (de este ultimo el popula Templo lleva su nombre), tres dirigentes ejemplares que llevaron a todos los deportes que se practican en el Club, al mismo nivel en que brillo el futbol. No por nada en el año 88 ni mas ni menos que la UNESCO, distingio en Rusia al Club Ferro Carril Oeste de Argentina por su aporte en la difusion del deporte en la juventud y en todas sus disiplinas, unico caso en el mundo junto al Milan de Italia (pero en este caso por otro motivo). Este galadon, vale infinitamente mas, que cualquier logro deportivo individual o colectivo, que se pueda lograr en el planeta. Esto es el Club Ferro Carril Oeste de Caballito, centro geografico de la Ciudad Autonoma de Buenos Aires, Argentina…..!

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