El poderoso dragón de Villas Boas


El mes de Abril suele revelar que a la Champions League le faltó algo. En 2006, San Siro no despejó la duda de si su banda derecha podía soportar a Daniel sobre el surco de Cafú, o a Cafú sobre el surco de Daniel. Dos años más tarde, Arshavin maldeciría por primera vez y para siempre no visitar el Camp Nou en aquel justo momento, porque sólo mostrarse a él hubiera bastado para cumplir su sueño de fichar por el FC Barcelona. Mejor suerte recién corrieron David Luiz y Di María, hoy símbolos de dos clubes aspirantes, pese a que Jorge Jesús no tuvo el placer de medirlos en Old Trafford la temporada pasada. En la presente, es otro equipo portugués, el Oporto de Villas Boas, el que deja notar su ausencia. Desgraciadamente, al Villarreal le tocó pagar la cuenta. Durante 45 minutos, tembló.

No fue así en el periodo inaugural, porque el Oporto no jugó bien y Garrido exprimió sus oportunidades. El futbolista más representativo de los dragones azules es Moutinho, un interior de posesión sobre el que descansa la fase ofensiva y que sirve de punto de encuentro posicional para sus compañeros. Se acercan a él si quieren tocarla y aprietan en su zona de influencia cuando la pierden, todos juntitos, para ahogar al contrario haciendo constar su superioridad física. Ayer, Moutinho estaba demasiado lejos de todo el mundo, desterrado al flanco izquierdo y sin recibir apoyos de Fernando o Guarín. Así, las distancias demandaban un recorrido excesivo en cada pase, que desembocaba en una circulación de balón lenta e insegura, con el añadido de que la exagerada expansión del sistema propio cedía muchos espacios al súper técnico centro del campo conformado por Bruno, Valero, Cani y Cazorla cuando recuperaban la bola.

Ese era el punto de arranque de una transición ofensiva cómoda, fluida y con destino señalado para los de Garrido, que en una cadena de tres pases (mediocentro-interior-Nilmar) daba la vuelta a la defensa portuguesa y mostraba que Otamendi nunca iba a llegar a la espalda de Pereira antes que el veloz Nilmar, descaradamente desplazado a zona de extremo derecho cuando no tenían el balón. En las escasas oportunidades en las que el lateral uruguayo conseguía cerrar, el Submarino establecía ataque posicional en zona de mediapuntas mientras sus dos delanteros rompían ilusionados hacia la latifundista extensión que separaba a Otamendi y Rolando de Helton. El gol de Cani hacía honores al desarrollo y al propio futbolista, que cuajó 45 minutos de gran nivel en el cogote de Moutinho.

Era el momento de Villas Boas, y se la devolvió con creces al talentoso entrenador valenciano. Agarró a Pereira, orientó a Guarín a jugar en función de Hulk y acercó a Moutinho a todos los demás, en post de acortar el recorrido de los pases y ganar en fluidez y seguridad. La primera consecuencia fue frenar en seco la salida del Villarreal, que veía cómo cada uno de los ladrones era rodeado de tres portugueses en cuanto se hacían con el balón. La segunda, ir minando la moral del visitante desde la manifiesta inferioridad de Catalá, arrasado en su duelo individual por el desequilibrante Hulk y retratado por el movimiento externo de Guarín cuando El Increíble se desataba hacia la frontal. Era tal el rédito que obtenía Villas Boas por aquí que apenas notó que Pereira había subido la mitad que en la primera parte. Finalmente, Falcao en una exhibición rematadora ajustició a los españoles, firmando una carta de presentación inmejorable para la Champions League del próximo año. Ojalá Rolando, Fernando, Moutinho, Belluschi, Hulk y Falcao sigan a las órdenes del nuevo fenómeno de los banquillos.


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