Historia de una ida y una vuelta


En 1966 se disputaba uno de los Mundiales más polémicos de todos los tiempos. Durante el proceso de gestación se pretendía que la “World Cup of England” tuviese el sabor de vuelta a casa, pero el torneo vino a confirmarnos a todos que si bien Inglaterra había sido la cuna del fútbol, ya no era su principal domicilio.

Este fue el torneo que auspició el eterno rencor futbolístico de los alemanes a los ingleses, el primero en el que no se pudieron alinear internacionales bígamos y el que generó las primeras dudas serias de los preparadores latinoamericanos en relación a su metodología de entrenamiento en contraste con la europea. La mejora del atleticismo y la resistencia física se convertirían a partir de aquí en el discurso dominante.

El combinado italiano llegaba a este envite con confianza. Ya no estaban los “oriundis” como Altafini o Sivori, desautorizados por FIFA, pero si los Facchetti, Mazzola y Rivera.El Calcio se eregía como dominador europeo a nivel de clubs. Además, en aquellos años los transalpinos habían conseguido trasladar la pertinaz dominación latina de la “Copa de Europa” de la península ibérica a la península itálica, y eso, pensaban, debía de significar algo. El exceso de confianza provocó que el mazazo fuese aun más tremendo. Sobretodo teniendo en cuenta las circunstancias de la eliminación. A saber, el final de la estancia británica fue firmado por el cabo norcoreano Pak Doo Ik, interior zurdo de una selección a todos los efectos amateur.

Se intentó camuflar el fracaso acusando a los coreanos de alinear en cada parte un once titular fresco y nuevo en virtud de sus rasgos asiáticos, casi indiferenciables para un caucásico, pero ajo y agua. La selección fue recibida a tomatazos y durante meses cada aparición de seleccionador o de los futbolistas en un estadio italiano venía aparejada del grito “¡¡¡Corea, Corea, Corea!!!”.

A tenor de la ferocidad de las críticas recibidas, la federación italiana ordenó el bloqueo a nuevas incorporaciones extranjeras -prohibición luego extendida a los técnicos foráneos- de cara a fomentar el trabajo técnico con jóvenes nacionales, permitiendo no obstante la estancia e incluso el movimiento de los que ya formaban parte de la liga.

Esta decisión tenía un precedente en el cierre de fronteras de 1927, aunque difícilmente podrían extrapolarse conclusiones deportivas puesto que en aquella ocasión la Figc decidió que no prohibiría el fichaje de “oriundis”, esto es,El cierre de fronteras tenía el lejano precedente de 1927. la importación de descendientes de italianos que hubiesen nacido y crecido en el extranjero. Aquel marco produjo una cacería de pasaportes, reales o fingidos, que encareció el mercado, pero también permitió a los clubes seguir cobrándose excelentes piezas y a Italia apuntarse dos Mundiales gracias a atletas como Michele Andreolo, Enrico Guaita, Luisito Monti o Raimundo Orsi.

Sin embargo, la prohibición del 66 resultaba mucho más estricta, por lo que poco a poco las velas foráneas se fueron apagando hasta que en la temporada 1977-78 se retiró el “Gringo” -el brasileño Sergio Clerici- dejando el pastel del Calcio completamente a oscuras.

Y es que aquella decisión, también tomada por otros países europeos como Inglaterra o España, acabó produciendo consecuencias tan inesperadas como indeseables.

Para empezar, que al reducirse el mercado se volvió a producir un encarecimiento del jugador nacional rayano en lo ridículo. Solo así se entienden casos como el de Beppe Savoldi, veterano delantero traspasado en 1976 al Nápoles por 175 millones de pesetas, una fortuna de aquel entonces y que Savoldi no podía justificar ni por cualidades ni por expectativas de futuro.

Aunque a la postre el problema principal no era tanto el dinero invertido como el resultado del producto obtenido. Cierto que parecía que la decisión del 66 había dado los réditos esperados, puesto que la Selección italiana realizó una buena performance en la década de los 70, pero en cambio el nivel de la competición casera se había empobrecido, el juego practicado resultaba sumamente aburrido y, lo peor, la falta de emociones fuertes empezaba a vaciar las gradas.

No deja de ser revelador que en dicha década uno de los jugadores más populares fuese el veteranísimo oriundi brasileño Altafini, que había arribado a Italia tras el Mundial de 1958. Altafini fue clave para que la “Vecchia Signora” ganase el Scudetto y alcanzase la final de Copa de Europa del 73 como “l’uomo dell’ultimo quarto d’ora”, por su proverbial capacidad para marcar saliendo desde el banquillo. Que no saliese desde la primera parte se debía en buena medida a que su veteranía no le permitía aguantar regularmente un partido completo. Su importancia en el equipo la relaciono con un dato esclarecedor: Con posterioridad a la prohibición solo la Juventus fue capaz de sumar un título europeo (Copa de la UEFA) con una alineación netamente italiana. El Milan, por ejemplo, se había apuntado la Copa de Europa del 1969, pero con el oriundo brasileño Sormani, el sueco Hamrin y el alemán Schnellinger en el equipo, e incluso el Inter llegó a la final del 72 contando aun con el extremo brasileño Jair engastado en la base de veteranos italianos que dejó Helenio Herrera.

Precisamente HH fue siempre un firme defensor de la importación de jugadores, argumentando que los jóvenes valores aprendían de las estrellasH. Herrera fue clave en la apertura del año 1980. extranjeras, enriqueciendo esto técnicamente a la competición. Él fue solo una más de las voces (prensa, aficionados, clubes, entrenadores…) que durante años realizaron una labor de zapa constante en búsqueda de la reapertura. Finalmente, en agosto de 1980, la Federcalcio, siguiendo con retraso el ejemplo de otras Ligas, anunció que autorizaba a cada equipo a contratar un jugador de una federación extranjera.

El Ascoli, el Cagliari, el Catanzaro y los recién ascendidos Como y Brescia fueron los únicos que decidieron mantener la autarquía. El resto se lanzaron al mercado en busca de los primeros foráneos desde que en el verano de 1964 llegasen el peruano Gallardo (Cagliari), el francés Combin (Juventus) y el argentino Longo (Cagliari).

La primera sociedad en abrir fuego fue el Interazionale de Eugenio Bersellini. El vigente campeón había tanteado a Platini, pero finalmente se decidió por el austriaco Herbert Prohaska, un jugador de excelente técnica que se vio muy criticado por la hinchada interista. Le apodaban “lumachina” (caracol) por su lentitud.

En Roma sonaba el nombre del “Pele Blanco” Zico, pero dos vídeocassettes convencieron a Liedholm y al presidente Dino Viola de que era mejor idea invertir un millón y medio de dolares en el pase de Paulo Roberto Falçao. El jugador llegó a ser conocido como “Il Divino” o “l’Ottavo Re di Roma”.

La cifra pagada no parece tan asombrosa si tenemos en cuenta que la Fiorentina iba a pagar el doble por el campeón del mundo Bertoni. Fue el el traspaso más caro de ese verano pero el rendimiento del jugador distó mucho del de el rey romano.

También Boniperti intentó pescar en Argentina, pero la AFA de Julio Grondona bloqueaba cualquier posible traspaso del jovencísimo Maradona. Así que, tras tantear a Kevin Keegan, se decidió a llevar a Turín al internacional irlandés Liam Brady. El ex jugador del Arsenal fue un excelente profesional que sumó dos títulos en sus dos primeras campañas.

No hay duda de que los nobles de esta hornada fueron Brady, Falcao y el sorprendente defensa Ruud Krol. Corrado Ferlaino convenció al holandés de que renunciará al contrato que tenía en Vancouver y este casi hace al Nápoles campeón de Italia. Buen ojo el de Ferlaino puesto que en la recamara tenían a Toninho Cerezo.

Estos fueron los notables. El resto, los Luis Silvio (Pistoiese), Eneas (Boloña), el interior alemán Neumann (Udinese), Fortunato (Perugia), el central holandés Van der Korput (Torino) o el delantero Juary (Avellino) -famoso por celebrar sus tantos bailando en el banderín de corner-, siendo más terrenales tuvieron desigual fortuna, pero todos gozaron del honor de haber sido los primeros once extranjeros de la nueva Liga. De hecho esta distinguida etiqueta ha perseguido hasta a los menos diestros y muy especialmente a la figura de Luis Silvio Daniello, del que campan infinidad de leyendas. Mi preferida es aquella que cuenta que en realidad nunca había sido profesional del fútbol en Brasil. Sus amigos habían organizado un partido amañado para que pareciese el nuevo Pele y así engañar al Pistoiese. Luego, y pese a haber jugado apenas 6 partidos en Italia, siendo devuelto a Brasil, fue frecuente que los aficionados jurasen haberle visto en el estadio, vendiendo helados o bebiendo en el bar. Sin duda otra forma de ser un mito.


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